CONVERSACION - Por Eduardo Mallea
La ciudad junto al río inmóvil,
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 3º edición, 1954
Él no contestó, entraron en el bar. Él pidió un whisky con
agua; ella pidió un whisky con agua. Él la miró; ella tenía un gorro de
terciopelo negro apretándole la pequeña cabeza; sus ojos se abrían, oscuros, en
una zona azul; ella se fijó en la corbata de él, roja, con las pintas blancas
sucias, con el nudo mal hecho. Por el ventanal se veía el frente de una
tintorería; al lado de la puerta de la tintorería jugaba un niño; la acera
mostraba una gran boca por la que, inconcebible nacimiento, surgía el grueso
tronco de un castaño; la calle era muy ancha. El mozo vino con la botella y dos
vasos grandes y hielo: -"Cigarrillos -le dijo él-, Máspero"; el mozo
recibió la orden sin mover la cabeza, pasó la servilleta por la superficie
manchada de la mesa, donde colocó después los vasos; en el salón casi todas las
mesas estaban vacías; detrás de una kentia gigantesca escribía el patrón en las
hojas de un bibliorato; en una mesa del extremo rincón hablaban dos hombres,
las cabezas descubiertas, uno con bigote recortado y grueso, el otro rasurado,
repugnante, calvo y amarillento; no se oía, en el salón, el vuelo de una mosca;
el más joven de los dos hombres del extremo rincón hablaba precipitadamente,
haciendo pausas bruscas; el patrón levantaba los ojos y lo miraba, escuchaba
ese hablar rudo e irregular, luego volvía a hundirse en los números; eran las
siete.
Él le sirvió whisky, cerca de dos centímetros, y luego le
sirvió un poco de hielo, y agua; luego se sirvió a sí mismo y probó en seguida
un trago corto y enérgico; prendió un cigarrillo y el cigarrillo le quedó
colgando de un ángulo de la boca y tuvo que cerrar los ojos contra el humo,
mirándola; ella tenía su vista fija en la criatura que jugaba junto a la
tintorería; las letras de la tintorería eran plateadas y la T, que había sido
una mayúscula pretenciosa, barroca, tenía sus dos extremos quebrados y en lugar
del adorno quedaban dos manchas más claras que el fondo homogéneo de la tabla
sobre la que muchos años habían acumulado su hollín; él tenía una voz
autoritaria, viril, seca.
-Ya no te pones el traje blanco -dijo.
-No -dijo ella.
-Te quedaba mejor que eso -dijo él.
-Seguramente.
-Mucho mejor.
-Te has vuelto descuidada. Realmente te has vuelto
descuidada.
Ella miró el rostro del hombre, las dos arrugas que caían a
pico sobre el ángulo de la boca pálida y fuerte; vio la corbata, desprolijamente
hecha, las manchas que la cubrían en diagonal, como salpicaduras.
-Sí -dijo.
-¿Quieres hacerte ropa?
-Más adelante -dijo ella.
-El eterno "más adelante" -dijo él-. Ya ni
siquiera vivimos. No vivimos el momento que pasa. Todo es "más
adelante".
Ella no dijo nada; el sabor del whisky era agradable, fresco
y con cierto amargor apenas sensible; el salón servía de refugio a la huida
final de la tarde; entró un hombre vestido con traje de brín blanco y una
camisa oscura y un pañuelo de puntas castaño saliéndole por el bolsillo del
saco - miró a su alrededor y fue a sentarse al lado del mostrador y el patrón
levantó los ojos y lo miró y el mozo vino y pasó la servilleta sobre la mesa y
escuchó lo que el hombre pedía y luego lo repitió en voz alta; el hombre de la
mesa lejana que oía al que hablaba volublemente volvió unos ojos lentos y
pesados hacia el cliente que acababa de entrar; un gato soñoliento estaba
tendido sobre la trunca balaustrada de roble negro que separaba dos sectores
del salón, a partir de la vidriera donde se leía, al revés, la inscripción:
"Café de la Legalidad"; ella pensó: ¿por qué se llamará café de la
Legalidad? - una vez había visto, en el puerto, una barca que se llamaba
Causalidad; ¿qué quería decir Causalidad, por qué había pensado el patrón en la
palabra Causalidad, qué podía saber de Causalidad un navegante gris a menos de
ser un hombre de ciertas lecturas venido a menos?; tal vez tuviera que ver con
ese mismo desastre la palabra Causalidad; o sencillamente habría querido poner
Casualidad -es decir, podía ser lo contrario, esa palabra, puesta allí por
ignorancia o por un asomo de conocimiento-; junto a la tintorería, las puertas
ya cerradas pero los escaparates mostrando el acumulamiento ordenado de
carátulas grises, blancas, amarillas, con cabezas de intelectuales fotográficos
y avisos escritos en grandes letras negras.
-Este no es un buen whisky -dijo él.
-¿No es? -preguntó ella.
-Tiene un gusto raro.
Ella no le tomaba ningún gusto raro; verdad que había tomado
whisky tan pocas veces; él tampoco tomaba mucho; algunas veces, al volver a
casa cansado, cinco dedos, antes de comer; otros alcoholes tomaba, con
preferencia, pero nunca solo sino con amigos, al mediodía; pero no se podía
deber a eso, a tan poca cosa, aquel color verdoso que le bajaba de la frente,
por la cara ósea, magra, hasta el mentón; no era un color enfermizo pero
tampoco eso puede indicar salud -ninguno de los remedios habituales había
podido transformar el tono mate que tendía algunas veces hacia lo ligeramente cárdeno-.
Le preguntó, él:
-¿Qué me miras?
-Nada -dijo ella.
-Al fin vamos a ir o no, mañana, a lo de Leites...
-Sí -dijo ella-, por supuesto, si quieres. ¿No les hemos
dicho que íbamos a ir?
-No tiene nada que ver -dijo él.
-Ya sé que no tiene nada que ver; pero en caso de no ir
habría que avisar ya.
-Está bien. Iremos.
Hubo una pausa.
- ¿Por qué dices así que iremos?-preguntó ella.
- ¿Cómo "así"?
- Sí, con un aire resignado. Como si no te gustara ir.
-No es de las cosas que más me entusiasman, ir.
Hubo una pausa.
-Sí. Siempre dices eso. Y sin embargo, cuando estás allí...
-Cuando estoy ahí qué -dijo él.
-Cuando estás allí parece que te gustara y que te gustara de
un modo especial...
-No entiendo -dijo él.
-Que te gustara de un modo especial. Que la conversación con
Ema te fuera una especie de respiración, algo refrescante, porque cambias...
-No seas tonta.
-Cambias -dijo ella-. Creo que cambias. O no sé. En cambio,
no lo niegues, por verlo a él no darías un paso.
-Es un hombre insignificante y gris, pero al que debo cosas
-dijo él.
-Sí. En cambio, no sé, me parece que dos palabras de Ema te
levantaran, te hicieran bien.
-No seas tonta -dijo él-. También me aburre.
-¿Por qué pretender que te aburre? ¿Por qué decir lo
contrario de lo que realmente es?
-No tengo por qué decir lo contrario de lo que realmente es.
Eres terca. Me aburre Leites y me aburre Ema y me aburre todo lo que los rodea
y las cosas que tocan.
-Te fastidia todo lo que los rodea. Pero por otra cosa-dijo
ella.
-¿Por qué otra cosa?
-Porque no puedes soportar la idea de esa cosa grotesca que
es Ema unida a un hombre tan inferior, tan trivial.
-Pero es absurdo lo que dices. ¿Qué se te ha metido en la
cabeza? Cada cual crea relaciones en la medida de su propia exigencia. Si Ema
vive con Leites no será por una imposición divina, por una ley fatal, sino
tranquilamente porque no ve más allá de él.
-Te es difícil concebir que no vea más allá de él.
-Por Dios, basta, no seas ridícula.
Hubo otra pausa. El hombre del traje blanco salió del bar...
-No soy ridícula -dijo ella.
Habría querido agregar algo más, decir algo más
significativo que echara una luz sobre todas esas frases vagas que cambiaban;
pero no dijo nada; volvió a mirar las letras de la palabra Tintorería; el
patrón llamó al mozo y le dio una orden en voz baja y el mozo fue y habló con
uno de los dos clientes que ocupaban la mesa extrema del salón; ella sorbió la
última gota del aguardiente ámbar.
-En el fondo, Ema es una mujer bastante conforme con su
suerte -dijo él.
Ella no contestó nada.
-Una mujer fría de corazón -dijo él.
Ella no contestó nada.
-¿No crees? -dijo él.
-Tal vez -dijo ella.
-Y a ti a veces te da por decir cosas tan absolutamente
fantásticas.
Ella no dijo nada.
-¿Qué crees que me puede interesar en Ema? ¿Qué es lo que
crees?
-Pero, ¿para qué volver sobre lo mismo? -dijo ella-. Es una
cosa que he dicho al pasar. Sencillamente al pasar.
Los dos permanecieron callados; él la miraba, ella miraba
hacia fuera, la calle que iba llenándose, muy lentamente, de oscuridad, la
calle donde la noche entraba en turno; el pavimento que, de blanco, estaba ya
gris, que iba a estar pronto negro, con cierto reflejo azul mar brillando sobre
su superficie; pasaban automóviles, raudos, alguno que otro ómnibus, cargado;
de pronto se oía una campanilla extraña - ¿de dónde era esa campanilla?; la voz
de un chico se oyó, lejana, voceando los diarios de la tarde, la quinta
edición, que aparecía; el hombre pidió otro whisky para él; ella no tomaba
nunca más de una pequeña porción; el mozo volvió la espalda a la mesa y gritó
el pedido con la misma voz estentórea y enfática con que había hecho los otros
pedidos y con que se dan el gusto de ser autoritarios estos subordinados de un
patrón tiránico; el hombre golpeó la vidriera y el chico que pasaba corriendo con
la carga de diarios oliendo a tinta entró en el salón y el hombre compró un
diario y lo desplegó y se puso a leer los títulos; ella se fijó en dos o tres
fotografías que había en la página postrera, una joven de la aristocracia que
se casaba y un fabricante de automóviles británicos que acababa de llegar a la
Argentina en gira comercial; el gato se había levantado sobre la balaustrada y
jugaba con la pata en un tiesto de flores, moviendo los tallos de las flores
viejas y escuálidas; ella preguntó al hombre si había alguna novedad importante
y el hombre vaciló antes de contestar y después dijo:
-La eterna cosa. No se entienden los rusos con los alemanes.
No se entienden los alemanes con los franceses. No se entienden los franceses
con los ingleses. Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada. Todo parece que
de un momento a otro se va a ir al diablo. O que las cosas van a durar así:
todo el mundo sin entenderse, y el planeta andando.
El hombre movió el periódico hacia uno de los flancos, llenó
la copa con un poco de whisky y después le echó un terrón de hielo y después
agua.
-Es mejor no revolverlo. Los que saben tomarlo dicen que es
mejor no revolverlo.
-¿Habrá guerra, crees? -le preguntó ella.
-¿Quién puede decir sí, quién puede decir no? Ni ellos
mismos; yo creo. Ni ellos mismos.
-Duraría dos semanas, la guerra, con todos esos inventos...
-La otra también, la otra también dijeron que iba a durar
dos semanas.
-Era distinto...
-Era lo mismo. Siempre es lo mismo. ¿Detendrían al hombre
unos gramos más de sangre, unos millares más de sacrificados? Es como la plata
del avaro. Nada sacia el amor de la plata por la plata. Ninguna cantidad de
odio saciará el odio del hombre por el hombre.
-Nadie tiene ganas de ser masacrado -dijo ella-. Eso es más
fuerte que todos los odios.
-¿Qué? -dijo él-. Una ceguera general todo lo nubla. En la
guerra la atroz plenitud de matar es más grande que el pavor de morir.
Ella calló; pensó en aquello, iba a contestar pero no dijo
nada; pensó que no valía la pena; una joven de cabeza canosa, envuelta en un
guardapolvo gris, había salido a la acera de enfrente y con ayuda de un hierro
largo bajaba las cortinas metálicas de la tintorería, que cayeron con seco estrépito;
la luz eléctrica era muy débil en la calle y el tránsito se había hecho ahora
ralo, pero seguía pasando gente con intermitencias.
-Me das rabia cada vez que tocas el asunto de Ema -dijo él.
Ella no dijo nada. Él tenía ganas de seguir hablando.
-Las mujeres deberían callarse a veces -dijo.
Ella no dijo nada; el hombre rasurado de piel amarillenta se
despidió de su amigo y caminó por entre las mesas y salió del bar; el
propietario levantó los ojos hacia él y luego los volvió a bajar.
-¿Quieres ir a alguna parte a comer? -preguntó él con
agriedad.
-No sé -dijo ella-, como quieras.
Cuando hubo pasado un momento, ella dijo:
-Si uno pudiera dar a su vida un fin.
Seguía, él, callado.
Estuvieron allí un rato más y luego salieron; echaron a
andar por esas calles donde rodaban la soledad, la pobreza y el templado aire
nocturno; parecía haberse establecido entre los dos una atmósfera, una
temperatura que no tenía nada que ver con el clima de la calle; caminaron unas
pocas cuadras, hasta el barrio céntrico donde ardían los arcos galvánicos, y
entraron en el restaurante.
¡Qué risas, estrépito, hablar de gentes! Sostenía la
orquesta de diez hombres su extraño ritmo; comieron en silencio; de vez en
cuando cruzaba entre los dos una pregunta, una réplica; no pidieron nada
después del pavo frío; más que la fruta, el café; la orquesta sólo se imponía
pequeñas pausas.
Cuando salieron, cuando los recibió nuevamente el aire
nocturno, la ciudad, caminaron un poco a la deriva entre las luces de los
cinematógrafos. Él estaba distraído, exacerbado, y ella miraba los carteles
rosa y amarillo - habría deseado decir muchas cosas, pero no valía la pena,
callaba.
-Volvamos a casa -dijo él-. No hay ninguna parte adonde ir.
-Volvamos -dijo ella-. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
EDUARDO MALLEA, CONVERSACION
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digo yo.... me pregunto.... habrá muchas parejas así...???
tal vez...
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