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sábado, 7 de junio de 2014

ENRIQUE BANCHS, ESCRITOR

-1968
Muere en Buenos Aires el poeta Enrique Banchs, autor de "Las barcas", "La urna", "El cascabel del halcón" y "El libro de los elogios". Los 100 sonetos de "La urna" se cuentan entre lo más sobresaliente de la literatura argentina. Nació en Buenos Aires el 8 de febrero de 1888.

Efemérides Culturales Argentinas.
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1968
Fallece en Buenos Aires el escritor Enrique Banchs
Poeta de verso perfecto, miembro de la Academia Argentina de Letras, asiduo colaborador de La Prensa, es considerado uno de los mayores poetas argentinos, no obstante haber publicado apenas cuatro obras, todas en su juventud: "Las barcas", "El libro de los elogios", "El cascabel del halcón" y "La urna", el último en 1911.
Había nacido en Buenos Aires en 1888.

Efemérides de TELAM.
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sábado, 8 de febrero de 2014

ENRIQUE BANCHS, 10 SONETOS

Enrique Banchs

(1888-1968)

Blog de Pablo Anadón

DIEZ SONETOS DE LA URNA


Cuando en las fiestas vago en el suburbio,
desde las tierras altas la mirada
de albatros tiendo a la ciudad cargada
de hombres, al lado del Estuario turbio.

Como en una visión de grandes valles,
veo, entrando en el cielo, humeantes barras,
las azoteas rojas, las pizarras
y el tajo ceniciento de las calles.

Y veo el barrio donde está tu casa,
(lo veo y la tristeza me traspasa)
y la casa escondida donde estriba

mi vida laboriosa y miserable...
Y se me alza en el pecho, inolvidable,
el gran amor de la ciudad nativa.
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I

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...

El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho... así es mi odio.




II

Odio era: no es. Que ya no existe
esta otra fiebre de la carne viva.
A tanto que me muere no resiste
este otro orgullo de violencia altiva.

Antes era mi ser todo tormenta,
todo contradicción, lucha, mentira;
tendía la mirada turbulenta
el arco de la ira.

Y en divergentes fuerzas me partía,
y hoy soy hogar de sólo una energía
suprema, que alimenta un gesto eterno:

un amor pensativo y doloroso.
Por él soy como un lago silencioso,
entre grandes montañas, en invierno...

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Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.

Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.

Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma.
Y acaso espera que algún día habite

en la ilusión de su azulada calma
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas.
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La firme juventud del verso mío,
como hoy te habla te hablará mañana.
Pasa la bella edad, pero confío
a la estrofa tu bella edad lejana.

Y cuando la vejez tranquila y fría
del color virginal te haga una aureola,
no sabrá tu vejez mi estrofa sola,
y te hablará cual pude hablarte un día.

Y cuando pierdas la belleza, aquella
adolescente, el verso en que te llamo,
te seguirá diciendo que eres bella.

Cuando seas ceniza, amada mía,
mi verso todavía, todavía
te dirá que te amo.
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Los álamos están como soñando,
quietos en la dulzura vespertina;
bajo la rutilancia mortecina
del sol la fronda muda está soñando.

Todo está mudo como siempre cuando
la ilusión de las formas se termina;
y el aire, hecho silencio, disemina
la paz letal de los que están soñando...

¡Otro día que pasa y no la viste!
Ayer tampoco y así siempre. El cielo
como una hoja seca cae del cielo.

El día pasa y caminante triste
todo se lleva en triste compañía,
que triste compañía es mi consuelo.
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¡Cuánto escribí!... Y sin embargo nada
ha dicho un poco, un poco de mi ser;
¡cuánto he deseado! Y vedme: ¿qué deseada
cosa llegué a tener!

¡Cuánto lloré! Mas ¿qué misterio es ese
que yo he sentido y para qué no sé?
Porque lo mismo estoy cual si no hubiese
llorado nunca. ¿Para qué lloré?...

¡Oh, noche! apaga como a un cirio mi alma.
No me dejes pensar, soñar, sentir,
no me digas que quise.

¡Oh, noche! envuelve con tu dulce calma
tanta inutilidad, tanto vivir
en vano, y lo que soy y lo que hice...
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Despedirse de tanta, tanta cosa
que me tuvo tan larga compañía
y al fin y al cabo es lo que más valía,
viéndolo bien, ¿no es cosa dolorosa?

Porque yo escribo este soneto y siento
que divido mi vida en dos mitades:
una es de nube, se la lleva el viento,
y otra es de tierra, toda realidades.

Yo me pregunto si tendré la fuerza
de olvidar tanto si que al fin se tuerza
la ilusión que es preciso me mantenga.

Y de veras no sé, no sé qué hacer...
Acaso nada, no sentir, no ver,
y dejarse llevar por lo que venga.
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Te has ido y no te has ido; te alejaste
¡y nunca tan presente como ahora!
En mi mirada estás cuando te llora,
siempre te llora porque te ausentaste.

Me basta ver la casa en que viviste,
la puerta, el árbol deshojado, el techo,
me basta preguntar: ¿qué hay en mi pecho?
para verte otra vez, pálida y triste.

¿Adónde podrás ir que no te dejes?
¿dónde que no te vea, aunque te alejes?
A tu lado quizás te olvidaría,

pues siempre estoy con lo que está lejano,
(lo sabes, juventud: fausto de un día):
yo siempre estoy con lo que está lejano.
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Todo esto es bueno y tiene misteriosa
gracia. Y alrededor todo es dulzura
y rebosa alegría cual rebosa
la penumbrosa pérgola frescura.

Como es su deber mágico dan flores
los árboles. El sol en los tejados
y en las ventanas brilla. Ruiseñores
quieren decir que están enamorados...

¡Dios mío, todo está como antes era!
Se va el invierno, viene primavera,
y todos son felices; y la vida

pasa en silencio, amada y bendecida;
nada dice que no, nada, jamás...
Pero yo sé que no la veré más.

ENRIQUE BANCHS, LA CIGARRA



LA CIGARRA – ENRIQUE BANCHS

Cuando hace sol y silencio y en la sombra de los emparrados tiemblan manchas claras, canta un largo rato la cigarra.
Con su ruido de leño en el fuego, de alero viejo, de eje de carreta, la cigarra sobresalta la paz del mediodía. Y la gente, que reposa, levanta la cabeza como si oyese hablar a los árboles.
Nunca se la ve. Es la música escondida de las leyendas, la música del gnomo. Uno se acerca al álamo, donde cree que suenan manojos de espigas agitadas y no ve más que retoños, ramas nuevas, dos o tres hormigas y en lo alto, muy alto, los puñados de nidos.
Porque el canto de la cigarra siempre está lejos. Delante o detrás, el canto de la cigarra siempre está lejos. Ay!, quien la quiera hallar siguiendo su canto, tiene que caminar, caminar, como si fuera tras de la felicidad. Y quién sabe si antes no encuentra a la felicidad, sentada en un mármol, con los dedos entrelazados sobre la rodilla y tres o cuatro rosas cerca de sus plantas. Entretanto la cigarra, al oriente o al poniente quién lo sabría?, abre y cierra, poseída de un delirio, las alas suaves y fuertes, como de seda y de oro.
Pero a veces, cuando ha hecho frío y uno espera ver un poco de escarcha brillando sobre el césped al abrir la puerta en el desperezamiento de la mañana, se suele encontrar alguna cigarra aterida, en el camino, debajo de algunas hojas secas que la brisa ha juntado sobre su frágil cuerpecillo musical.
Quien la quiera vaya pronto por ella, pues ya se sabe que las últimas golondrinas se llevan en el pico las cigarras que encuentran dormidas en el camino, para que anuncien las vendimias en tierras de estío.
Pero si alguien las halla, las envuelve en un vellón y las lleva al amparo de un calor, al rato despiertan y renuevan la canción que ha sosegado el frío, lo mismo que se estuviesen en el árbol, desde el cual ven pasar los rebaños y los pastores que golpean los cercos con sus bastones herrados.
Entonces, a la hora en que se pone el mantel y se parte sobre la mesa el pan familiar, se oye de pronto que la casa se hace sonora y también los corazones.
Un atardecer de verano se durmió un mendigo al pie de un árbol. Las ramas más bajas subían y bajaban acariciándole la frente, como manos maternales sobre una cuna. Éste era un viejo mendigo sin casa, pero en las noches de verano es el cielo apacible y suave como un hogar de ancianos y mórbida la hierba susurrante. Éste era un viejo mendigo solitario.
Unos sueños vagabundos le encontraron dormido y burláronse de él, dándole a creer que estaba todavía, como en una lejana juventud, junto a su hermana que lánguidamente hacía sollozar un piano. Y por la ventana se veían surtidores en la sombra, magnolias a la luna. De lejana juventud lo ilusionaron...
En eso la noche sacudió tres o cuatro pétalos de nieve, de una menuda nieve de fín de estío, y cayó una cigarra.
Al despertar el hombre pobre se alzó y caminó. La cigarra había caído sobre su pecho, se metió entre sus ropas y la llevaba consigo.
También se metió entre sus ropas el árido olor cereal al cruzar un trigal.
La cigarra sintió latir el corazón del hombre pobre, con el ruido igual al de las ramas que se mueven.
Y cantó al calor de su corazón.
El mendigo la oyó pero no supo que la llevaba consigo. Ya se sabe: el canto de la cigarra siempre está lejos.


Fuente: VEDIA, LEONIDAS DE, Enrique Banchs, con Antología y apéndice de OSVALDO HORACIO DONDO, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1964 (págs. 149-150)
35 cuentos breves argentinos – Fernando Sorentino

ENRIQUE BANCHS, POEMAS



Enrique Banchs

Argentino Argentina

1888 - 1968



Enrique Banchs nació en Buenos Aires en 1888. Trabajó como periodista en distintas publicaciones de la Ciudad de Buenos Aires y ocupó diversos cargos en el Consejo Nacional de Educación. En 1941 ingresó en la Academia Argentina de Letras y en 1958 recibió el Premio Vaccaro, cuyo importe donó al Hospital de Niños y a la Sociedad Argentina de Escritores. En 1958 definió de esta manera a la poesía: "Es la intimidad de la realidad. La poesía es indiferente a la grandeza de las obras materiales del hombre, a los accidentes históricos, a todas las instituciones y a todos los móviles sociales que arrastran los cotidianos afanes". Su obra, atemporal, refleja la armonía entre el sentimiento y la razón. Banchs se mantuvo siempre al margen de las publicaciones para vivir en su propio mundo. Su producción literaria se reduce a cuatro libros publicados en su juventud, Las barcas (1907), El libro de los elogios (1908), El cascabel del halcón (1909) y La urna (1911). Murió en Buenos Aires el 6 de Junio de 1968.








La senda de los manzanos

Enrique Banchs



Daban sombra a la senda los manzanos,

y cual templos con cálices de aromas,

maduraban los árboles lozanos

la carne blanca y dura de las pomas.



La hierba amarillenta, el puente roto,

las condecoraciones del sol manso

sobre la charca verde y sobre el soto

y la canoa quieta en el remanso,



eran como reposo para el alma

la mendiga de calma

en la senda con sombra de manzanos.



Rodeábanme, al mover paso tardío,

mariposas y sol, silencio y río,

en la senda con sombra de manzanos.

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Sombra

Enrique Banchs



Si la muerte es final, total olvido,

el alma, en ese sueño no sentido,

nada es, pues no sabe que ha vivido;

nada, pues de sí misma está vacía.



O, acaso, sombra es de lo que ha sido,

y en vena vana hay eco de un latido

y oye caer en ilusorio oído

hojas secas de extinta melodía.



Sombra. Sombra de todo lo perdido,

reflejo que por siempre ha recogido

fugaz amor e instante de agonía,



y por siempre, en el Tiempo detenido,

sueña que es cierto su vivir mentido

porque espera la muerte todavía.

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Sombra de árbol
Enrique Banchs



¡Amigo de los pájaros!: tú eres

y por esa humildad de fortaleza

Gracias, sombra sagrada de los árboles

como la casa mía por lo manso

Ahora te derramas en mis brazos,

sombra, y siento un humor como de aurora

sobre la hierba nueva de los prados

que hay en tus ramas bellas como brazos

y una serenidad grave de lago

He parado mi planta en el camino

pones sobre el asombro de mis ojos...

Para el fin de la vida y del trabajo,

como un sudario todo de armonía,

tenga tu gran serenidad, hermano.



fuente:

Escribirte.COM

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ENRIQUE BANCHS, POETA

8 DE FEBRERO 
1888 - Nace en Buenos Aires el poeta y prosista Enrique Banchs, autor de "La urna", "Las barcas", "El cascabel del balcón" y "El libro de los elogios". Los 100 sonetos de "La urna" (1911) tienen un rol sobresaliente de la literatura Argentina. Banchs murió en Buenos Aires el 6 de junio de 1968

Efemérides Folklóricas Argentinas 
de Juan Carlos Fiorillo.
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Un día como hoy... 8 de febrero...pero de 1888...nacía
ENRIQUE BANCHS.
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EnriqueBanchs.JPG
Enrique Banchs
Nombre completo Enrique Banchs
Nacimiento 1888
Defunción 1968
Ocupación Escritor, poeta, periodista
Nacionalidad argentino
Lengua de producción literaria  Español
Lengua materna Español

Enrique Banchs (Buenos Aires, 1888 - 1968) fue un poeta argentino. Cultivó formas clásicas y diáfanas, inspiradas en el Siglo de Oro español, con fuertes reminiscencias hispanogermánicas y modernistas.

Fue miembro de la Academia Argentina de Letras y desarrolló una carrera periodística. Trabajó en la publicación La Prensa, en la revista Atlántida y dirigió por varios años hasta su jubilación la revista del ex Consejo Nacional de Educación El Monitor de la Educación Común.1 Banchs se inició en el mundo literario en el primer número de la revista Nosotros, con solo algunos versos publicados.

Publicó cuatro libros de poesía a comienzos del siglo XX. Su último libro está compuesto de sonetos, una forma lírica poco frecuente en los años en que escribió y dejada casi completamente de lado por los poetas posteriores. Banchs no se apartó de la vida literaria, pero no volvió a publicar poesía a lo largo de más de 50 años. Durante sus últimos días, se mantuvo en aislamiento y guardó silencio hasta su muerte, en 1968.

Obras
Poesía
    1907: Las barcas
    1908: El libro de los elogios
    1909: El cascabel del halcón
    1911: La urna

Prosa
    1941: Discurso de recepeción en la Academia Argentina de Letras
    1943: Averiguaciones sobre la autoridad en el idioma.
fuente: WIKIPEDIA.
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1888
Nace el poeta Enrique Banchs

Trabajó como periodista en distintas publicaciones de la Ciudad de Buenos Aires, ocupó diversos cargos en el Consejo Nacional de Educación y dirigió la publicación El Monitor de la Educación Común. Considerado uno de los poetas más relevantes de su generación, fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, mereció el Premio Severo Vaccaro y la Faja de Honor de la SADE, si bien su producción literaria se reduce a cuatro libros publicados en su juventud: Las barcas, El libro de los elogios, El cascabel del halcón y La urna.

Murió en Buenos Aires el 6 de Junio de 1968.

Efemérides de TELAM.
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jueves, 13 de junio de 2013

ENRIQUE BANCHS- LA CIGARRA



LA CIGARRA - ENRIQUE BANCHS

Cuando hace sol y silencio y en la sombra de los emparrados tiemblan manchas claras, canta un largo rato la cigarra.

Con su ruido de leño en el fuego, de alero viejo, de eje de carreta, la cigarra sobresalta la paz del mediodía. Y la gente, que reposa, levanta la cabeza como si oyese hablar a los árboles.

Nunca se la ve. Es la música escondida de las leyendas, la música del gnomo. Uno se acerca al álamo, donde cree que suenan manojos de espigas agitadas y no ve más que retoños, ramas nuevas, dos o tres hormigas y en lo alto, muy alto, los puñados de nidos.

Porque el canto de la cigarra siempre está lejos. Delante o detrás, el canto de la cigarra siempre está lejos. Ay!, quien la quiera hallar siguiendo su canto, tiene que caminar, caminar, como si fuera tras de la felicidad. Y quién sabe si antes no encuentra a la felicidad, sentada en un mármol, con los dedos entrelazados sobre la rodilla y tres o cuatro rosas cerca de sus plantas. Entretanto la cigarra, al oriente o al poniente quién lo sabría?, abre y cierra, poseída de un delirio, las alas suaves y fuertes, como de seda y de oro.

Pero a veces, cuando ha hecho frío y uno espera ver un poco de escarcha brillando sobre el césped al abrir la puerta en el desperezamiento de la mañana, se suele encontrar alguna cigarra aterida, en el camino, debajo de algunas hojas secas que la brisa ha juntado sobre su frágil cuerpecillo musical.

Quien la quiera vaya pronto por ella, pues ya se sabe que las últimas golondrinas se llevan en el pico las cigarras que encuentran dormidas en el camino, para que anuncien las vendimias en tierras de estío.

Pero si alguien las halla, las envuelve en un vellón y las lleva al amparo de un calor, al rato despiertan y renuevan la canción que ha sosegado el frío, lo mismo que se estuviesen en el árbol, desde el cual ven pasar los rebaños y los pastores que golpean los cercos con sus bastones herrados.

Entonces, a la hora en que se pone el mantel y se parte sobre la mesa el pan familiar, se oye de pronto que la casa se hace sonora y también los corazones.

Un atardecer de verano se durmió un mendigo al pie de un árbol. Las ramas más bajas subían y bajaban acariciándole la frente, como manos maternales sobre una cuna. Éste era un viejo mendigo sin casa, pero en las noches de verano es el cielo apacible y suave como un hogar de ancianos y mórbida la hierba susurrante. Éste era un viejo mendigo solitario.

Unos sueños vagabundos le encontraron dormido y burláronse de él, dándole a creer que estaba todavía, como en una lejana juventud, junto a su hermana que lánguidamente hacía sollozar un piano. Y por la ventana se veían surtidores en la sombra, magnolias a la luna. De lejana juventud lo ilusionaron...

En eso la noche sacudió tres o cuatro pétalos de nieve, de una menuda nieve de fín de estío, y cayó una cigarra.

Al despertar el hombre pobre se alzó y caminó. La cigarra había caído sobre su pecho, se metió entre sus ropas y la llevaba consigo.

También se metió entre sus ropas el árido olor cereal al cruzar un trigal.

La cigarra sintió latir el corazón del hombre pobre, con el ruido igual al de las ramas que se mueven.

Y cantó al calor de su corazón.

El mendigo la oyó pero no supo que la llevaba consigo. Ya se sabe: el canto de la cigarra siempre está lejos.



Fuente: VEDIA, LEONIDAS DE, Enrique Banchs, con Antología y apéndice de OSVALDO HORACIO DONDO, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1964 (págs. 149-150)

35 cuentos breves argentinos – Fernando Sorentino