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lunes, 1 de mayo de 2017

martes, 13 de diciembre de 2016

LAS PRETEXTAS DICIEMBRE 2016

El segundo sábado de cada mes, se lleva a cabo el Encuentro de Poesía del grupo LAS PRETEXTAS, en el bar Ocho Esquinas. 
El pasado sábado 10 se efectuó el encuentro del mes de diciembre, último de este año.



En esta oportunidad los poetas invitados fueron:

* PATRICIA SEVERIN
"en vez de abrazar el silencio
busca a la que nos soy
la que vendrá ya está en mí."

* EDDA SARTORI
"astuto hombre de mi noche (...)
raptor de mí
donde la ausencia sabe."

* RUBEN RECHES
"vivir es para tu alma
como si te mantuvieran (...)
la cabeza en una palangana llena al ras de dolor humano."

* RAMIRO SILBER
"Es que se nos guernica la vida mi amor,
y entre tus pedazos
te rescato
para hacerte mía toda."

Como siempre, las presentadoras del evento, son las propias Pretextas: las poetas Bibi Albert, Alicia Márquez y María Laura Coppié.


En primer término leen los poetas invitados, después hay micrófono abierto, todos los presentes leemos, luego se realiza un sorteo de libros, que son donaciones de la Editorial El Mono Armado y otros.

En el sorteo del mes de Diciembre me tocó el libro:
El insight del Diablo, de MONICA FAZZINI.
cuentos y relatos que ya iremos compartiendo aquí en el blog.

En esta oportunidad leí, por segunda vez mi tema POR ESA PUTA PALABRA, ya que ahora
tiene música...!!!!! y fue estrenado la semana pasada y largado al aire y al Pueblo para poder ser cantado.
Esta canción-tango fue escrita en el Taller de Canciones del poeta Raimundo Rosales. 
Una emoción muy grande...!!!!!

Deseo agradecer dos poemas que me dio la querida poeta BEA VALLAZZA para publicar aquí.
El libro Poesía Reunida, que me obsequió su autor, el poeta RUBEN RECHES, que iremos publicando.
Y el Libro Artesanal que me regaló la querida poeta SILVINA FRIDMAN, y libro único hecho a mano, precioso.
 
Muchas Gracias.

Graciela D'Angelo.
unicabettyboop@yahoo.com.ar

RUBEN RECHES, EL SASTRE Y SUS CLIENTES



Este es uno de los poemas leídos por el poeta RUBEN RECHES, dedicado a su padre:

EL SASTRE Y SUS CLIENTES



Ya nada puede hacerse:

estás viejo

y tus clientes murieron.



En la sastrería, tu cuerpo

va y viene trazando

débiles estelas

de pez de acuario.



Hoy vivir es para tu alma

como si te mantuvieran sumergida la cabeza

en una palangana llena al ras de dolor humano.



Con su lápiz rojo, el sol

te circunda, te señala.

Estás ahí,

pero tus clientes murieron.



Vos protestás, decís

a quien quiera escucharte

que todavía sos fuerte,

que, si se te antoja,

podés levantar por una pata

la silla en que cosés

sin que se te incline;

que quién sabe si no sos

más fuerte que tus hijos.



Pero tus clientes murieron.



Se fueron de todas partes,

se salieron de sus tibiezas

y ya no hay ángel que conozca el paradero

de aquel que, mientras lo medías,

hacía mohines de galán de teatro;

ni el de aquel otro, el que venía con moño;

ni el de que te traía calendarios

con mujeres desnudas;

ni el de ese al que tus hijos bautizaron

“Rinoceronte Perfumado”.



Porque tus clientes murieron.



Nunca más se los verá de lejos

llegando a tu taller,

ya silbando, ya canturreando,

preocupados o sumidos en sueños,

unos erguidos, otros encorvados,

el sombrero en la cabeza o en la mano,

en los labios el cigarrillo o el soliloquio.

Se fueron yendo de a uno

a las entrañas de la tierra.

Se fueron a hacerse trajes

con sastres del otro mundo.

¡La superficie del planeta

los extrañará por siempre!



Porque tus clientes murieron.





RUBEN RECHES

………………………………………

uno de los invitados especiales del Encuentro de Las Pretextas de diciembre 2016.

RUBEN RECHES, EL TELEFONO DE LA CASA PATERNA



El teléfono de la casa paterna

A la memoria de mis padres
Jane Szichman y Samuel Moisés Reches.


Acabo de cambiar el aparato telefónico.

En la casa de mi infancia,
adonde he vuelto a vivir con mujer e hijos.

Desconectado, entre tornillos y pedazos de cable,
el aparato viejo parece esperar en la mesa del comedor
a que se proceda con él a un baño ritual.

Y ahí se está, como resto de un antiguo naufragio
que ha vuelto a tierra firme y se ha puesto a secar:
pierde su envoltura de cosa de humano
en el breve rato que necesita cualquier objeto depositado por el mar
para secarse de siglos de errar sumergido.

Muy pronto me parece que podría vacilar en decir para qué sirve,
qué fue, si es algo que ya estaba en la casa o si lo acaban de traer,
cuando durante cuarenta años por él llegaban y salían las voces
que tejieron la historia de un continente perdido en el que yo fui hijo,
y mis propios dedos pequeños giraban su disco para llamar a amigos de pantalón corto.
Muchas de las escenas centrales de la historia de mi primera familia
se constituyeron a su alrededor y al cabo de un rato se disgregaron,
¡en este caleidoscopio donde cada pedacito de papel es un ser humano!

Por él se anunciaron nacimientos de seres que muy pronto iban a decidir
exponer sus pechos a las balas de la tierra.
Por él un día mi madre oyó después de cincuenta años
la voz de su hermano soviético que acababa de llegar a Israel
mientras en otra pieza esperaban su turno de hablar tías y tíos.
Al volver a la pieza cada uno debía transmitir con la mayor fidelidad
las pocas palabras dichas por el hermano mayor
que se había quedado en Moscú porque ya era un hombre y optaba por guerrear
mientras el padre rabino y la madre cuyo vientre había dado diez veces a luz
decidían emigrar con todos los hijos que pudieran.
Por él nos felicitaban por casamientos,
–por el de mi hermano primero, por el mío después–.
En los días que precedieron al de mi hermano,
recuerdo las llamadas a la modista, a la confitería, a todo lo que se alquilaba.
Por él dije mis primeras palabras de amor.
El ocultó el temblor, el enrojecimiento, el rostro demudado
y sólo dejó pasar las palabras casi puras.
Por él mi padre anunció la muerte de mi hermano
después de arrancar su tubo de las manos de mi madre
para abreviar un llamado que los sollozos de mamá rota para siempre
podían prolongar hasta la exasperación.
Por él llamé y me llamaron amigos para decirnos, sin disculpas ni preámbulos,
poemas recién terminados o un verso que acabábamos de modificar en algo,
en días en que no dudábamos, –¡y con cuánta razón entonces!–
de la incondicional disponibilidad del otro,
de que al otro ese poema anunciado o ese verso imperfecto
lo habían mantenido en vilo con tanta intensidad como a uno mismo.
Por él circularon conversaciones clandestinas
con sus circunlocuciones y sus claves.
Las de mi hermano comunista primero, y luego, muchos años más tarde,
las de yo mismo comunista.

Finalmente, de los cuatro, fui yo quien lo desconectó.

Aunque el balance final de sus días entre nosotros no fue bueno,
lo guardo con respeto junto a las herramientas en la oscuridad de un placard.
Al depositarlo, roza levemente un obstáculo y vuelve a sonar su campanilla.
No descubro razones para que yo quiera sacarlo alguna vez de donde está,
pero me digo que las manos que un día lo hagan
no tendrán motivo para actuar con extrema delicadeza
y la campanilla sonará de nuevo.

Porque él reserva gotas de sonido para cuando yo mismo ya no esté.

RUBEN RECHES
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