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sábado, 8 de marzo de 2014

RAFAEL OBLIGADO, POETA

Un día como hoy...8 de marzo...pero de 1920...fallecía
RAFAEL OBLIGADO.
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Rafael Obligado.



Buenos Aires, 27 de enero de 1851
Mendoza, 8 de marzo de 1920

RAFAEL OBLIGADO 

lunes, 27 de enero de 2014

RAFAEL OBLIGADO, ESCRITOR

27 DE ENERO
1851 -
Nace en Buenos Aires el poeta Rafael Obligado, autor de "Las quintas de mi tiempo" y leyendas en verso, la más famosa de las cuales es "Santos Vega". Fue designado "doctor honoris causa" de la Facultad de Filosofía y Letras, en cuya fundación participó. Falleció en Mendoza el 8 de marzo de 1920. 


Efemérides Folklóricas Argentinas
de Juan Carlos Fiorillo.
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Un día como hoy...27 de enero...pero de 1851...nacía
RAFAEL OBLIGADO.
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Rafael Obligado.



Rafael Obligado (Buenos Aires, 27 de enero de 1851 - Mendoza, 8 de marzo de 1920) fue un escritor, poeta y académico argentino, padre del también poeta Carlos Obligado.

Biografía

Sus padres Luis Obligado y Saavedra y María Jacinta Ortiz Urién eran de la clase patricia, y le brindaron excelente educación. Cursó estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Inició estudios en la Facultad de Derecho, pero los abandonó rápidamente. Su vocación lo llevó al estudio de los clásicos, antiguos y españoles.



Conocido como "el poeta del Paraná" y perteneciente a la generación de 1880, escribió poesía con temática "gauchesca" pero con palabras "cultas", influido por la poesía francesa de fines del siglo XIX. Vivió en la estancia paterna, con un bellísimo castillo en el paraje de la Vuelta de Obligado, un recodo de las Barrancas del río Paraná ubicado exactamente dentro del Partido de Ramallo cercano al límite con el partido de San Pedro en la provincia de Buenos Aires. Se casó a los 35 años, en 1886. Tres años más tarde, en 1889, le nombraron correspondiente de la Academia Española.



Su obra más importante, es el "Santos Vega".



Fue uno de los fundadores de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires); consejero y vicedecano en varias oportunidades; recibiendo en 1909, el doctorado honoris causa.



En "El hogar paterno", "En la ribera", "Primavera", "Nido de boyeros", el paisaje es una constante. El Paraná, las islas, su flora, "En la ribera" "Santos Vega" es el poema más perfecto de entre las "Leyendas argentinas";
R. Obligado. Caricatura de Cao.

fuente: WIKIPEDIA.
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En este blog, EL BOLICHO, hemos publicado completo el SANTOS VEGA de RAFAEL OBLIGADO, verso por verso.
Ytambién se puede leer su poema referido a la leyenda de la MULÁNIMA.

miércoles, 24 de octubre de 2012

LA MULÁNIMA, RAFAEL OBLIGADO



LA MULANIMA
Rafael Obligado.


Iba un anciano trepando
en ágil mula la sierra,
desde el sombrero a la barba
suelto el barbijo de seda;
poncho de agreste vicuña
con franjas, flecos y hojuelas,
ha medio siglo bordado
por su finada la prenda;
llevaba usutas (sandalias
no he de decir en mi tierra),
que así le guardan los pies
como le sirven de espuelas;
un guardamonte de cuero
con que se cubre las piernas,
a cuyo empuje se inclinan
arbustos, cardos, malezas,
y huyen guanacos y cabras
cuando, al trotar de la bestia,
con resonantes crujidos
sobre sus flancos golpea.

Lleva aquel viejo en el alma
la triste música interna
de los recuerdos: los besos
de las ternuras maternas,
el dulce abrazo infinito
y el largo ¡adiós! de su prenda,
cuando, a través de los Andes,
fue a combatir y a quererla;
y allá en lo oculto, en lo hermoso,
la imagen fulgida, eterna,
de nuestra patria... la patria
de las heroicas proezas,
de William Brown en los mares,
de San Martín, en la tierra.

Él fue con Dávila a Chile,
con Güemes a la frontera,
con La Madrid a Tarija,
a Junín con Necochea,
y era tan fiel en amores
como atrevido en la guerra.
Tiene este viejo una enjundia
que ni el demonio la tuesta,
y donde asoma un peligro
es para hollarlo una fiera.
De la espantosa Mula ánima
tantos horrores le cuentan,
que, por hallarla a su paso
y refrenarle las riendas,
hizo a la Virgen del Valle
esta sencilla promesa
Por: unicabettyboop
24/08/2012 01:13:33 p.m.
"-Haz que la encuentre, y de alfombra
pondré a tus plantas de reina
este mi poncho, tejido
por mi finada la prenda".

Embebecido iba el hombre
en sus recuerdos y penas,
cuando, de un rancho asentado
sobre la abrupta ladera
salióle al paso, en tumulto,
un mocetón, una vieja,
una serrana, dos niños,
y hasta una cabra casera;
sucias las caras, y un susto
lívido y áspero en ellas.

-¡Va por allí! -le gritaron-,
¡va por allí, por la cuesta!"
"-¿Quién? -preguntó, deteniéndose,
el del barbijo de seda.
-¡Ella! ¡La mula maldita
que por la noche anda suelta!"
"-Sí, dijo el mozo, la he visto
al despertar de la siesta."
"-Y yo, añadió la serrana,
desvanecerse en la niebla."
"-Mas, cuando pasa de día,
como esta vez, se presenta
de viuda, toda enlutada,
en dirección a una iglesia."
"-Y al regresar cada noche,
es mula en llamas envuelta."
"-Pues a esperarla me quedo",
dijo el del poncho de hojuelas.
"-¡Ah, qué mujer!" -persignándose
murmura al cabo la abuela,
mientras el viejo soldado
entra a su rancho y se sienta-.
"¡Ah, qué mujer!... Era blanca
como las nieves eternas,
y rubia como esos cardos
que dan flor en primavera.
Se enamoró de un soldado
de la santa independencia,
que con Dávila fue a Chile
a luchar por su bandera;
y como era tejedora
de las pocas y las buenas,
le hizo un poncho de vicuña
más liviano que hoja seca. 

El buen joven se marchó
a libertar nuestra América,
bajo fe de su palabra
de casamiento a la vuelta;
y ella, dos años corridos,
fue tan loca y sinvergüenza,
que se enredo con un cura
para curarse de ausencias.
Dios, el gran Dios, la maldijo
hiriéndola con su diestra,
y echó, su ánima a penar
por las quebradas desiertas,
convertida en esa mula
que en la noche se pasea,
que de ojos, boca y narices
arroja llamas siniestras.
Por un decreto divino
lleva colgando las riendas,
hasta que un hombre muy hombre,
por redimirle la pena,
con fuerte brazo y fe santa
la refrene en su carrera."

lba cayendo la noche
al terminar la conseja,
y conmovido el soldado
por unas ansias secretas,
mudo besó, al despedirse,
a los niños y a la abuela,
y, cabalgando en su mula,
se echó a vagar por la sierra.
 
Era una noche sombría
fúnebre noche, de aquellas
en que los genios medrosos
salen de grutas y cuevas;
en que una mano, asomada
de algún recodo, hace señas;
en que está oculto un misterio
que hace temblar las tinieblas,
y hasta el rumor del torrente
es un rodar de cadenas.

El noble viejo marchaba
por la sinuosa vereda,
cuando unas luces rojizas,
hiriendo a saltos las peñas,
le iluminaron un arria
de pardas mulas cargueras,
cegadas, quietas, bufando
bajo las vivas centellas,
y a los arrieros, postrados,
la faz oculta en las piedras.

Luego, por boca y narices,
echando ardientes culebras,
que, retorcidas, los muros
suben y en lo alto chispean,
se apareció la Mula ánima,
al aire flojas las riendas.

Echó pie a tierra el soldado
de las batallas homéricas,
y se avanzó a recibirla
con toda el alma en la empresa.
Hizo a la Virgen del Valle,
como a sus jefes, la venia,
y cuando estaba ya encima
la mula, en llamas envuelta,
la refrenó, y a su pecho
vino a estrellarse, ya muerta,
pero en mujer convertida...
¡Y era su novia, la prenda!

Se echó a llorar como un niño
el de las lides de América...
Mientras, la Virgen del Valle
bajó ceñida de estrellas.
Él le tendió como alfombra
su rico poncho de hojuelas,
y ella, posada un instante
para aceptar la promesa,
volvióse al cielo llevando
purificada en su esencia,
un alma mísera, indigna,
pero que ha amado en la tierra.


La Mulánima // Rafael Obligado.

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martes, 24 de julio de 2012

SANTOS VEGA, de Rafael Obligado (parte 4)


LA MUERTE DEL PAYADOR


Bajo el ombú corpulento,
de las tórtolas amado,
porque su nido han labrado
allí al amparo del viento;
en el amplísimo asiento
que la raíz desparrama,
donde en las siestas la llama
de nuestro sol no se allega,
dormido está Santos Vega,
aquel de la larga fama .

En los ramajes vecinos
ha colgado, silenciosa,
la guitarra melodiosa
de los cantos argentinos.
Al pasar, los campesinos
ante Vega se detienen;
en silencio se convienen
a guardarle allí dormido;
y hacen señas no hagan ruido
los que están a los que vienen.

El más viejo se adelanta
del grupo inmóvil, y llega
a palpar a Santos Vega,
moviendo apenas la planta.
Una morocha que encanta
por su aire suelto y travieso,
causa eléctrico embeleso
porque, gentil y bizarra,
se aproxima a la guitarra
y en las cuerdas pone un beso.

Turba entonces el sagrado
silencio que a Vega cerca,
un jinete que se acerca
a la carrera lanzado;
retumba el desierto hollado
por el casco volador;
y aunque el grupo, en su estupor,
contenerlo pretendía,
llega, salta, lo desvía,
y sacude al payador.

No bien el rostro sombrío
de aquel hombre mudos vieron,
horrorizados, sintieron
temblar las carnes de frío.
Miró en torno con bravío
y desenvuelto ademán,
y dijo: "Entre los que están
no tengo ningún amigo,
pero, al fin, para testigo
lo mismo es Pedro que Juan."

Alzó Vega la alta frente,
y le contempló un instante,
enseñando en el semblante
cierto hastío indiferente.
"-Por fin, dijo fríamente
el recién llegado, estamos
juntos los dos, y encontramos
la ocasión, que éstos provocan,
de saber cómo se chocan
las canciones que cantamos".

Así diciendo, enseñó
una guitarra en sus manos,
y en los raigones cercanos
preludiando se sentó.
Vega entonces sonrió,
y al volverse al instrumento,
la morocha hasta su asiento
ya su guitarra traía,
con un gesto que decía:
"La he besado hace un momento".

Juan Sin Ropa (se llamaba
Juan Sin Ropa el forastero)
comenzó por un ligero
dulce acorde que encantaba.
Y con voz que modulaba
blandamente los sonidos,
cantó tristes nunca oídos,
cantó cielos no escuchados,
que llevaban, derramados,
la embriaguez a los sentidos.

Santos Vega oyó suspenso
al cantor; y toda inquieta,
sintió su alma de poeta
como un aleteo inmenso.
Luego, en un preludio intenso,
hirió las cuerdas sonoras,
y cantó de las auroras
y las tardes pampeanas,
endechas americanas
más dulces que aquellas horas.

Al dar Vega fin al canto,
ya una triste noche oscura
desplegaba en la llanura,
las tinieblas de su manto.
Juan Sin Ropa se alzó en tanto,
bajo el árbol se empinó,
un verde gajo tocó,
y tembló la muchedumbre,
porque, echando roja lumbre,
aquel gajo se inflamó.

Chispearon sus miradas,
y torciendo el talle esbelto,
fue a sentarse, medio envuelto
por las rojas llamaradas.
¡Oh, qué voces levantadas
las que entonces se escucharon!
¡Cuántos ecos despertaron
en la Pampa misteriosa,
a esa música grandiosa
que los vientos se llevaron!

Era aquélla esa canción
que en el alma sólo vibra,
modulada en cada fibra
secreta del corazón;
el orgullo, la ambición,
los más íntimos anhelos,
los desmayos y los vuelos
del espíritu genial,
que va, en pos del ideal,
como el cóndor a los cielos.

Era el grito poderoso
del progreso, dado al viento;
el solemne llamamiento
al combate más glorioso.
Era, en medio del reposo
de la Pampa ayer dormida,
la visión ennoblecida
del trabajo, antes no honrado;
la promesa del arado
que abre cauces a la vida.

Como en mágico espejismo,
al compás de ese concierto,
mil ciudades el desierto
levantaba de sí mismo.
Y a la par que en el abismo
una edad se desmorona,
al conjuro, en la ancha zona
derramábase la Europa,
que sin duda Juan Sin Ropa
era la ciencia en persona.

Oyó Vega embebecido
aquel himno prodigioso,
e, inclinando el rostro hermoso,
dijo: "-Sé que me has vencido".
El semblante humedecido
por nobles gotas de llanto,
volvió a la joven, su encanto,
y en los ojos de su amada
clavó una larga mirada,
y entonó su postrer canto:

"-Adiós, luz del alma mía,
adiós, flor de mis llanuras,
manantial de las dulzuras
que mi espíritu bebía;
adiós, mi única alegría,
dulce afán de mi existir;
Santos Vega se va a hundir
en lo inmenso de esos llanos...
¡Lo han vencido! ¡Llegó, hermanos,
el momento de morir!"

Aún sus lágrimas cayeron
en la guitarra, copiosas,
y las cuerdas temblorosas
a cada gota gimieron;
pero súbito cundieron
del gajo ardiente las llamas,
y trocado entre las ramas
en serpiente, Juan Sin Ropa,
arrojó de la alta copa
brillante lluvia de escamas.

Ni aun cenizas en el suelo
de Santos Vega quedaron,
y los años dispersaron
los testigos de aquel duelo;
pero un viejo y noble abuelo,
así el cuento terminó:
"-Y si cantando murió
aquél que vivió cantando,
fue, decía suspirando,
porque el diablo lo venció".



SANTOS VEGA, de Rafael Obligado ( parte 3)


EL HIMNO DEL PAYADOR

En pos del alba azulada,
ya por los campos rutila
del sol la grande, tranquila
y victoriosa mirada.
Sobre la curva lomada
que asalta el cardo bravío,
y allá en el bajo sombrío
donde el arroyo serpea,
de cada hierba gotea
la viva luz del rocío.
 
De los opuestos confines
de la Pampa, uno tras otro,
sobre el indómito potro
que vuelca y bate las crines,
abandonando fortines,
estancias, rancho, mujer,
vienen mil gauchos a ver
si en otro pago distante,
hay quien se ponga delante
cuando se grita: -¡A vencer!
 
Sobre el inmenso escenario
vanse formando en dos alas,
y el sol reluce en las galas
de cada bando contrario;
puéblase el aire del vario
rumor que en torno desata
la brillante cabalgata
que hace sonar, de luz llenas,
las espuelas nazarenas
y las virolas de plata.
 
De entre ellos el más anciano
divide el campo después,
señalando de través
larga huella por el llano;
y alzando luego en su mano
una pelota de cuero
con dos manijas, certero
la arroja al aire, gritando:
"-¡Vuela el pato !... ¡Va buscando
un valiente verdadero!"
 
Y cada bando a correr
suelta el potro vigoroso,
y aquel sale victorioso
que logra asirlo al caer.
Puesto el que supo vencer
en medio, la turba calla,
y a ambos lados de la valla
de nuevo parten el llano,
esperando del anciano
la alta señal de batalla.
 
Dala al fin. Hondo clamor
ronco truena en el circuito,
y el caballo salta al grito
de su impávido señor;
y vencido y vencedor,
del noble triunfo sedientos,
se atropellan turbulentos
en largas filas cerradas,
cual dos olas encrespadas
que azotan contrarios vientos.
 
Alza en alto la presea
su feliz conquistador,
y su bando en derredor
le defiende y clamorea.
Uno y otro aguijonea
el ágil bruto, y chocando
entre sí, corren dejando
por los inciertos caminos,
polvorosos remolinos
sobre las pampas rodando.
 
Vuela el símbolo del juego
por el campo arrebatado,
de los unos conquistado,
de los otros presa luego;
vense, entre hálitos de fuego,
varios jinetes rodar,
otros súbito avanzar
pisoteando los caídos;
y en el aire sacudidos,
rojos ponchos ondear.
 
Huyen en tanto, azoradas,
de las lagunas vecinas,
como vivientes neblinas,
estrepitosas bandadas;
las grandes plumas cansadas,
tiende el chajá corpulento;
y con veloz movimiento
y con silbido de balas,
bate el carancho las alas
hiriendo a hachazos el viento.
 
Con fuerte brazo les quita
robusto joven la prenda,
y tendido, a toda rienda:
"-¡Yo solo me basto!" grita.
En pos de él se precipita,
y tierra y cielos asorda,
lanzada a escape la horda
tras el audaz desafío,
con la pujanza de un río
que anchuroso se desborda.
 
Y allá van, todos unidos,
y él los azuza y provoca
golpeándose la boca,
con salvajes alaridos.
Danle caza, y confundidos,
todos el cuerpo inclinado
sobre el arzón del recado,
temen que el triunfo les roben,
cuando, volviéndose, el joven
echa al tropel su tostado...
 
El sol ya la hermosa frente
abatía, y silencioso,
su abanico luminoso
desplegaba en occidente,
cuando un grito de repente
llenó el campo, y al clamor
cesó la lucha, en honor
de un solo nombre bendito,
que aquel grito era este grito:
"¡Santos Vega, el payador!"
 
Mudos ante él se volvieron,
y, ya la rienda sujeta,
en derredor del poeta
un vasto círculo hicieron.
Todos el alma pusieron
en los atentos oídos,
porque los labios queridos
de Santos Vega cantaban
y en su guitarra zumbaban
estos vibrantes sonidos:
 
"-¡Los que tengan corazón,
los que el alma libre tengan,
los valientes, ésos vengan
a escuchar esta canción!
Nuestro dueño es la nación
que en el mar vence la ola,
que en los montes reina sola,
que en los campos nos domina,
y que en la tierra argentina
clavó la enseña española.
 
"Hoy mi guitarra, en los llanos,
cuerda por cuerda, así vibre:
¡hasta el chimango es más libre
en nuestra tierra, paisanos!
Mujeres, niños, ancianos,
el rancho aquel que primero
llenó con sólo un ¡te quiero!
la dulce prenda querida,
¡todo!... ¡el amor y la vida,
todo es de un monarca extranjero!
 
"Ya Buenos Aires, que encierra,
como las nubes, el rayo,
el Veinticinco de Mayo
clamó de súbito: "¡Guerra!"
¡Hijos del llano y la ALICIA sierra,
pueblo argentino! ¿Qué haremos?
¿Menos valientes seremos
que los que libres se aclaman?
¡De Buenos Aires nos llaman,
a Buenos Aires volemos!
 
"¡Ah!, ¡Si es mi voz impotente
para arrojar, con vosotros,
nuestra lanza y nuestros potros
por el vasto continente;
si jamás independiente
veo el suelo en que he cantado,
no me entierren en sagrado
donde una cruz me recuerde:
entiérrenme en campo verde,
donde me pise el ganado!"
 
Cuando cesó esta armonía,
que los conmueve y asombra,
era ya Vega una sombra
que allá en la noche se hundía...
¡Patria! a sus almas decía
el cielo, de astros cubierto,
¡Patria! el sonoro concierto
de las lagunas de plata,
¡Patria! la trémula mata
del pajonal del desierto.
 
Y a Buenos Aires volaron,
y el himno audaz repitieron,
cuando a Belgrano siguieron,
cuando con Güemes lucharon,
cuando por fin se lanzaron
tras el Andes colosal,
hasta aquel día inmortal
en que un grande americano
batió al sol ecuatoriano
nuestra enseña nacional.