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martes, 31 de diciembre de 2019

EL SENTIR DE AME, HISTORIA DE UNA CASA SIN ALMA


Un homenaje, en vida, a mi madre Amelia Requena, que a su vez homenajeó una casa muy amada por toda la familia.
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HISTORIA DE UNA CASA SIN ALMA
Amelia Requena


A vos te digo, casa.

Sos vieja, fea, desteñida, desvencijada, descascarada, triste, solitaria, despreciada, olvidada. Tu color es rosado, ocre, gris. Todo mezclado. Tu zaguán y tus ventanas, piden pintura a gritos. Pero ¿tendrás ganas de que te remocen? ¿o sólo querés descansar y nada más? Como descansan los que compartieron con vos sus vidas. Si serás deslucida y fea, que te elegían a vos, para hacer, en tu vereda, el asado con el que los vecinos despedían el año. Porque las otras casas son más lindas, o más nuevas, o más cuidadas o más habitadas o más alegres. O todo eso junto. Y vos, no sos nada. Sólo un esqueleto de ladrillos, tal vez, lleno de fantasmas. ¿Te acordás de todos los que te habitaron?

Yo te cuento: fueron muchos. Todos de la misma familia. La de mi madre.

Naciste porque mi abuelo te hizo construir. Nunca supe cuándo. Porque siempre estuviste ahí. Y has sido silenciosa, calma, sin música, sin risas, sin conversaciones en voz alta. Porque todos eran así: silenciosos, de poco hablar, de caminar sin hacer ruido. Hablaban poco, leían mucho casi nunca reían. No supiste de fiestas. Sí de enfermedades. Y de muertes. Fueron muchas. Porque vos, casa, eras el lugar obligado para recalar desde el campo. Ahí iban a dar todos. Todos tenían una habitación, una cama. Y gente para cuidarlos. Y muchos murieron, dentro tuyo. De viejos. O enfermos. Mis abuelos, mi madre, mis tíos. Vos , muda, presenciaste todo. Yo no moriré, tal vez, dentro de tus paredes. Pero, siento que estoy ahí. Junto a los que se fueron. 

Mis recuerdos me llevan a la infancia. A veces, soy una niña. Escondida en un altillo, leyendo novelas a la hora de la siesta. Unida a su abuelo por lazos de admiración y amor. Desde siempre. Un abuelo sabio, severo, parco. Más tarde, adolescente, corriendo a contarle cosas del colegio. Y siendo felices. Después, novia. en tu zaguán. Soñando. ¿Te acordás de mí, vestida de blanco? Un día lluvioso de septiembre, pasé por tu zaguán. Y salí para siempre. Más tarde, madre. Y te llevé a mis hijos. en el medio, la muerte de mi abuelo. Un vacío terrible. Un sacudón. Vos lo sabés, no hace falta que te cuente.

Y después, la vida, que sigue…

Y mis hijos. Disfrutando de vos, casa deslucida. Para ellos, no lo eras. Gozaban en tus patios enormes, amplios. Con mosaicos brillantes. Y ladrillos rojos. Y jardines con canteros. Y flores sencillas, simples. Y el gallinero. Y los árboles frutales. Y la hiedra. Y la pared alta. Y era Guille, mi hijo, con su bicicleta. Andando a lo loco por tus corredores. Y la Ñata, abrazada a la columna, por temor a una caída. Y eran las risas confundidas del chico y de la tía vieja. Y eran los veranos. Y eran mis tres hijos, felices, en el agua. Un patio se había convertido en pileta. ¿Yo te dije que nunca tuviste gritos ni risas? Pues, me equivoqué. Sí, los tuviste. En esa época. Por poco tiempo. Porque cuando los chicos crecieron no hubo más risas. Ni gritos. Ni chicos. Ni nada. Te quedaste sola, con tus viejos tristes, mudos, silenciosos.

Y después, ni eso. Y te quedaste más sola. No sé si estarás triste. Tal vez no te des cuenta. Quizás te acompañen los fantasmas. Y de pronto, sientas olor a comidas ricas. Y a pastel de carne. Y a pasteles de dulce. Y pienses que es Ñata que anda por la cocina. Y te haga compañía. O tal vez, oigas escobas que barren tus patios y tu vereda. Y sepas que es China. Y oigas el zaguán y la puerta cerrarse y los pasos de Chano que llega del campo. Y Mito que sale apasear, a sentarse en la plaza, con otros viejos. Solitarios como él. Y tal vez, oigas los pasos de mi madre. Y los míos. Y los de mis chicos. Que ya no son chicos. Son padres y madres. Y yo soy abuela. Y entonces, ya no te sientas tan sola. Ni triste, ni abandonada. Ni vieja. Ni fea. Ni desvencijada. Ni solitaria. Ni despreciada. Ni ocre. Ni gris. Ni desteñida. Tal vez, vuelvas a sentirte feliz, acompañada, alegre, luminosa, florida, ventilada, contenta, linda, útil, importante. ¡Qué vas a ser una casa sin alma!

Tenés un pedacito del alma de cada uno de los que vivieron con vos. Y yo, que te puse candados y cadenas, y te cerré no sé hasta cuándo, me quedo con las lágrimas. Esas que vos no podés llorar. Y yo, que te dejé sola, me quedo con la angustia y la congoja. No quiero que llores. No quiero que sufras. Perdoname. Tuve que cerrar tus puertas y tus ventanas. No sé hasta cuándo. ¿Vos, una casa sin alma?

¡Qué disparate!

Hasta que vuelva a transitar tus patios y dormitorios. Hasta que pueda volver a tocar tus ladrillos, te dejo mi afecto. Y mis recuerdos. Y mis emociones. Y mis afectos, mis recuerdos, mis emociones, serán recogidos, por mí. Algún día. En tus umbrales. Y entonces, sabré que me has perdonado. Y serás, de nuevo, mi amiga. Y veré tu alma: ¡grande como una casa!






AMELIA REQUENA

6-9-91, Mar del Plata
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ANTEOJOS NEGROS
Amelia Requena
Editorial Hylas - Buenos Aires 2007

miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL SENTIR DE AME, CORREO SENTIMENTAL



CORREO SENTIMENTAL
Amelia Requena



Correo Sentimental de la revista "Almas Solitarias"



Por favor necesito su ayuda, estoy sola, tengo mis años. Mis padres viejos y achacosos ya me resultan insoportables y al mismo tiempo sufro por su próxima ausencia. Sufro tanto, estoy tan sola, veo mi futuro tan vacío que no sé qué hacer. ¿Qué me aconseja? ¿Me hago monja o busco un hombre? Si es esto último, ¿cómo debería ser? ¿dónde lo encuentro? Espero que Ud. despeje mis dudas. Ansiosa, lo espero.



Estimada Sufrida:

El panorama que pintas es bastante desalentador, pero no debes darte por vencida y seguir adelante. Que vas a estar sola?  Que no sabes si hacerte monja o buscar un hombre?  
Amiga ansiosa: lo primero que te aconsejo es que te tranquilices. No por mucho preguntar se consigue ser feliz. 
Si tu vocación es servir a Dios y te queda bien el hábito, adelante con el convento. Si sólo te gusta servir y que alguna vez te sirvan, buscate un hombre que sin hábito o con él (entiéndase ropa), se puede disfrutar de la vida. 
Lo que me extraña es que hayas planteado dos opciones tan opuestas. Creo que deberías pensar una tercera: ¿Qué tal ser una alegre monja, divertida y amorosa? ¿ Por qué privarse del amor, si es amor lo que uno ha de entregar al otro?  Que viva el hábito! 
O que habites con el hombre que elijas! Buena suerte !

Amelia Requena
ANTEOJOS NEGROS
publicado 2007

EL SENTIR DE AME, ELLOS ERAN ASI

ELLOS ERAN ASI
Amelia Requena



Parecían hechos con un mismo molde: huraños, solitarios, toscos, ermitaños, encerrados en sí mismos.

Y así vivieron.

Con todas las carencias que les dio la vida que eligieron. 

Eso sí, no se quejaban. ¿Por qué habrían de quejarse? 

Si para ellos, la vida era ésa y no otra.

En todo caso,la ambición no cabía en sus vidas. 

Tampoco sabían lo que era  la envidia ni la codicia. 

Ambiciosos, envidiosos y codiciosos eran los demás, aunque ellos tampoco lo sabían.

A veces los pienso y me da pena. 

Pudieron haber vivido  una vida mejor, más placentera, pero...bueno...

ellos eran así.





Amelia  Requena

17-08-20
ANTEOJOS NEGROS
publicado 2007

-EL SENTIR DE AME, AVES DE RAPIÑA

AVES DE RAPIÑA  
Amelia REquena

  
Me habían invitado a pasar unos días en la casa de las sierras.

Mi prima Rosario, quien vivía ahí desde la muerte de la abuela, me llamó por teléfono para eso. Al principio pensé no ir. Después me pareció una buena ocasión para recordar, en ese ambiente pintoresco algunas vivencias de nuestra niñez y adolescencia que habíamos compartido allí.

Desde el momento en que resolví ir, empecé a imaginarme unos días fantásticos: en buena compañía, con buen tiempo. Además caminatas, paseos, cabalgatas y todo eso en medio de  los paisajes lindísimos de Carlos Paz. Pintaba como para paladear de antemano, unos días placenteros inolvidables.

Me equivoqué. Nada más lejano. Apenas si alcanzamos a almorzar junto a los otros invitados, la prima Haydeé y el primo Luis, cuando se desató una tormenta verbal, horrorosa, entre los huéspedes quienes mostraban las peores intenciones.Intercambiaron comentarios venenosos entre unos y otros:

- Vos, por qué te adueñaste de las piezas de porcelana de la abuela?

- Y aquel sillón tan bonito a dónde fue a parar?

- Y el cofre con el oro y las perlas?

Así, mientras hacían listas interminables de reclamos sacaban a relucir sus miserias más profundas. Parecían aves de rapiña. De huéspedes contentos dispuestos a disfrutar nos habíamos convertido en unos seres irascibles,  violentos, dueños de lenguas sin freno y con cargas de resentimientos arrastradas por años. En ese ambiente de furias, de pasiones, hasta el paisaje parecía haber desaparecido.

Cambié mi decisión: pensaba quedarme unos días pero me volví esa misma  noche.

AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS
publicado 2007

EL SENTIR DE AME, EL REBENCAZO

EL REBENCAZO
Amelia Requena.

Como en todos los pueblos de campo, los domingos el boliche ardía. ahí se daban cita con sus pilchas domingueras: bombachas batarazas, alpargatas negras, algunos más poderosos con botas, rastras con monedas o una simple faja y boina negra.

Jacinto no faltaba nunca. Había dejado su caballo, atado en el palenque frente al almacén de ramos generales, que los surtía de todo: desde la galleta, el vino, los fideos hasta las rejas del arado y el querosén.

Pero, que era al mismo tiempo, el sitio de esparcimiento de los lugareños, donde jugaban a las bochas, a la taba y al truco con porotos.

Se conocían de toda la vida. Y tenían sus apodos: el Negro, 

el Gallego, el Vasco, el Chacho, el Chano y el Mito. 
Al Jacinto, como se las daba de guapo y de macho invencible le decían “Come-gente”. Nunca se supo si era realmente así, más bien creían que era medio macaneador.

Y así, entre risas y ginebras, aceptó el desafío. Debía ir hasta la tumba del tal Almirón, quien no se sabe si por flojo o por valiente, se había ahorcado en un árbol en la parte de atrás de su rancho. Como no era cosa de achicarse, el Jacinto debió decir que sí, que él iba a ir, tal como se lo habían pedido, traería tierra de esa tumba y unas violetitas que crecían por ahí.

Entre risas y chicaneos el hombre se fue. Quedó en volver enseguida, apenas cumpliera con lo pedido. 


Pasaron las horas. El boliche cerró. Los parroquianos, cansados de esperar que regresara, se fueron también.

Al día siguiente, lo encontraron frente a la tumba del tal Almirón, con el brazo incrustado en la cruz de hierro labrado. Pero muerto. Duro. Irremediablemente muerto, con los ojos abiertos, desorbitados, con una mueca de espanto.
 

Corrieron por el lugar tantos cuentos como personas, quienes daban al suceso la interpretación que querían.

Yo no tengo por qué dudar de ninguna, pero me quedo con la que daba el Chano quien aseguraba que el Jacinto había seducido a la mujer de Almirón, a tal punto, que según decían, uno de sus hijos, el Rubio, era suyo.

Y cuentan que, cuando el Come-gente se acercó a la cruz, cuchillo en mano, se le apareció la imagen de la Casilda con su hijo en brazos, y fue tan fuerte su impresión, o su miedo, o su cobardía, que ahí nomás se quedó seco. Seco para siempre. Decían en el pueblo, que Almirón desde la tumba le dio un rebencazo.

No iba a jorobar más mujeres. No iba a tener más hijos desparramados por ahí. Y sobre todo, no iba a seguir macaneando con sus amigos dándoselas de guapo.

Seguro que habría en el pueblo unos cuantos que se sentirían vengados por el ahorcado Almirón.

Pero igual cuando volvían a encontrarse en el boliche, entre vasos de vidrio grueso llenos de ginebra, el humo de los cigarros y los porotos del truco, alguien con risas o con cierta nostalgia, recordaba las andanzas del Jacinto, el “Come-gente”, famoso por los pagos de Gobernador Ugarte.

Pero lo mismo podía haber sido en cualquier pueblo perdido. 

Cualquier boliche de campo. 
En todos hay paisanos macaneadores. 
En todos hay historias que se repiten de boca en boca. 
Y que uno puede creer...
o no. 


AMELIA REQUENA
Anteojos Negros.
2007 publicado.

EL SENTIR DE AME, DOMINGO SIN TUCO

En el día de hoy, 25 de septiembre...
mi mamá, AMELIA REQUENA, cumplió 81 años...!!!!!!

Y mi humilde homenaje para ella, es publicarle sus escritos, porque creo que son muy buenos.

Así que aquí van.
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DOMINGO SIN TUCO 
Amelia Requena.




Llegó de vuelta al barrio después de estar toda la noche dedicado a sus "faenas". Mejor dicho, a sus "afanos". 

Cuando estuvo junto a su casilla, vio en la ventana, a su mujer, la Luisa. Esta tenía las mejillas mojadas por sus lágrimas, sus ojos achicados y enrojecidos por el llanto, la nariz colorada. Cuando vio a su hombre se largó a llorar como una loca. Este no sabía para qué lado agarrar: 
-Luisa...qué tené? 
-Anoche despué que te fuiste cayó la yuta y se lo llevaron a mi hermano el Pedro. Lo acusan que él fue que se afanó el carrito del Ramón y éste no puede salir a laburar ni juntar más botella ni cartone. Y el Pedro está en cana y no sabemo hasta cuándo. Encima  le patearon las costiya cuando estaba tirado en el piso antes de meterlo en un patrullero. Ah...¿ y sabé cuántos patrulleros vinieron? Nueve. El barrio ardía lleno de luce azule y con todas la sirena sonando a lo loco. Armaron un kilombo de novela. Eso fue lindo, digo, porque la villa estaba fenómena con luces y música. Parecía una fiesta. Lástima el Pedro, pobre...  vó no podé ir a la cana a ver qué se puede hacer? 
 -Y... no Luisa, qué queré? Que a mí también me dejen guardado? Vó sabé que yo tengo mis cosa y que alguna vez estuve en cana.
 
Y el tipo pensaba: "Qué lo tiró, ¡qué domingo más jodido! Yo que venía saboreándome los fideo con tuco de la Luisa, que lo hace rico, me vengo a encontrar con esto. Y este Pedro, ¡qué chambón! No podía haberse afanado otra cosa!"

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AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS
2007 publicado 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

-EL SENTIR DE AME, MAL DE DUPUYTREN

Mal de Dupuytren.
Amelia Requena.

 

Yo suponía que ya estaba.

Basta de médicos, hospitales, cirugías. Basta de angustias, de sufrimiento. Creía que la cuota de dolor que me correspondía, ya la había pagado. Pero no. Todavía faltaba algo más. Yo creía, inocentemente, que el motivo de mi consulta médica, mi mano derecha, y sus ligeros indicios de mal funcionamiento, era lo más importante. No fue así.

Cuando el especialista prestó especial atención a la otra mano, la que ya había pasado por cirugía tantos años atrás, creí morirme, fue tan fuerte el sacudón que no entendía nada. No sé con certeza dónde terminaba mi embotamiento y dónde empezaban el miedo y la angustia.

¿Otra vez lo mismo? ¿De nuevo pasar por el quirófano con todo lo que eso significa? ¿Por qué a mí?

No me sirve de consuelo que me digan que todo va a salir bien, que es un equipo de médicos fantástico, que si no me someto a cirugía ese dedo corre el riesgo de una amputación.

Tampoco me sirve que mi familia me asegure que cuento con ellos, que van a estar a mi lado. Yo lo sé. Sé que son de hierro y que
me van a apoyar.

Pero la protagonista de esta historia soy yo. Yo soy la que irá al quirófano, la que sufrirá, la que no sabe en qué condiciones quedará su mano. Además me siento como el último de los cobayos. Serviré de muestra para que estos médicos, que son muy humanos y considerados tengan una ocasión más de experimentar y saber más acerca de este “Mal de Dupuytren”, de origen desconocido y muy raro, rarísimo. ¡Qué gran halago! Este mal tan especial me eligió justito a mí.

Trataré de engañarme un poco pensando que, una vez que todo haya concluído, cuando trasponga la puerta del Hospital quedarán los miedos, los médicos, las cirugías, las camillas, el yeso, las curaciones, hasta el clavo que me pondrán en ese dedo tan chico y tan problemático.

Y del otro lado, cuando pase la puerta, la esperanza de poder contar con mis manos, con las dos, en plenitud. 


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AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS.
Editorial Hylas
Buenos Aires- 2007  

-EL SENTIR DE AME, CARTA A UN EX-ALUMNO

Carta a un ex alumno
Amelia Requena






Siempre te tuve en mi recuerdo como uno de mis alumnos queridos, alguien especial.

Tus pecas, tus ojitos azules, y tu sonrisa de chico tímido, se me aparecían como tus señales más clásicas.

Con el transcurso del tiempo, tenía noticias tuyas.

Fue así que supe de tus estudios universitarios y de tu título de abogado en La Plata.

En un encuentro casual, me contaste de tus logros, me mostraste a uno de tus cuatro hijos, me diste la imagen de alguien bueno, y tal vez feliz.

También me dijiste de tu afición a escribir cartas. Coincidimos en el gusto y empezamos a cartearnos, contándonos cosas de nuestras vidas.

Hasta que tu ascenso en el ámbito político te llevó a mostrar aspectos de tu personalidad que me eran desconocidos. Y nada gratos, por cierto. Así supe que con sólo treinta y nueve años ya sos todo un traidor. Traicionaste a tu mujer y a tus hijos, y hasta hablan de otras traiciones para lograr tu lugar en el campo político

¡Qué lástima!

Y… ¿Sabés? Ya no tengo ganas de intercambiar cartas con vos.

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AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS.
Editorial Hylas
Buenos Aires- 2007  

-EL SENTIR DE AME, SILVINA SANTILLAN

SILVINA SANTILLAN

Amelia Requena

   

Silvina Santillán. 
Soltera. 
Sudaca. 
Su signo, Sagitario.

Silvina sola. 

San Sebastián. 
Silvina sale. 
Sin saco, sin sombrero, sin sueños, 
se siente segura, saludable, 
sobria, sensitiva, sensual. 
Saluda, sencillamente saluda. 
Sigue su sendero, siempre sola. 
Sobre suelos sucios, sobresale su silueta seductora. 
Sigue su senda. 

Sentada, sin sandalias sorbe su sangría. 
Sacia su sed. 
Sonríe. 
Sonriente, siempre sonriente. 
Sueños. 
Suspiros. 
Sola. 
Si supiera suplir su soledad... 

Silvina se santigua. 
San Simón, su santo. 
Santuario secular. 
Sitio sagrado. 
Sacerdotes salesianos. 
Suenan sonidos sacros. 
Silvina serenidad. 
Sacristía. 
Se sobresalta. 
Sorpresa. 
Susto. 
Sudor. 
Sacrílegos secuestradores. 
Secuestro. 
Silvina secuestrada. 

Silvina sola, sufre, suplica, solloza. 
¿Secta secreta?  
¿Siniestros separatistas! 
Sentencia. 
Silvina sentenciada, sin sentido, sin salida, sin solución. 
Sin salvación.   
Silvina Santillán sometida. 
Semblante sombrío. 
Suceso sangriento.
Silencio sepulcral. 
Silvina sola. 
Sola siempre. 
Silvina sufrimiento. 
Silvina soledad. 
Silvina silencio.

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AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS.
Editorial Hylas
Buenos Aires- 2007 


Este trabajo fue leído en varios cafés literarios, en Buenos Aires,
en el Centro Cultural Ricardo Rojas, y en todos lados donde fue
leído, hubo un profundo... profundo silencio....
y luego un gran... gran aplauso emocionado.
Felicitaciones AME....!!!!!

-EL SENTIR DE AME, TE VEO BUENOS AIRES

Hoy, en el día del maestro... quiero homenajear a mi mamá, ya que ha sido maestra, luego fue directora de escuela, y ahora que está jubilada.... escribe.
Y como lo que escribe, a mí me gusta, yo se lo publico acá con todo cariño.
Dentro de poquito cumplirá 81 años.

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TE VEO BUENOS AIRES
Amelia Requena

Te veo Buenos Aires, con aroma a jazmines y color de jacarandá.
Te veo con tus muchedumbres, tus piquetes. 
Te veo de noche, con las sombras que te envuelven. 
Con esqueletos iluminados que no te iluminan. 
Con gente durmiendo en la calle, sin abrigos y con cartones. Caras dormidas, mostrando el olvido momentáneo que les da el sueño.
Te veo triste, viendo la miseria de tu gente, contemplando angustiada su dolor.
Te veo ilusionada, casi mística, rezando por ellos para que todo sea mejor.
Para que recuperen su sonrisa.
Para que tengan trabajo y pan.
Para que tengan justicia y seguridad.
Para desterrar el miedo.
Pero había que esperar que pase el tiempo.
Mientras tanto… ¿Qué hacemos?
Estaremos con vos, dándote ánimo.
Esperaremos juntos.
Te diremos: ¡Arriba, Buenos Aires!
En tanto, vos, esperanzada, seguís aguardando.
Y nosotros junto a vos.
Como vos, con aroma a jazmines, con tus mismos colores, tus mismas esperanzas, tus mismos deseos.

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AMELIA REQUENA
ANTEOJOS NEGROS.
Editorial Hylas
Buenos Aires- 2007 

jueves, 13 de junio de 2013

AMELIA REQUENA - NOCHE DE LLUVIA

NOCHE DE LLUVIA - AMELIA REQUENA




Los dos vivíamos en la calle. Chicos de la calle, nos dicen. 
Esa noche estábamos en el semáforo. Noche de mala suerte. Nadie nos daba nada. Ni una miserable moneda. Nada. 
La gente cada vez más mezquina. Ellos, calentitos, abrigados dentro del auto. Yo y el Negro, muertos de frío, en patas, con los mocos colgando y la panza vacía.


Para colmo se largó la lluvia. Con una furia terrible: relámpagos que hacían de la noche, día y unos truenos que nos dejaban sordos. Las calles con tanta agua, parecían ríos.

El Negro y yo, empezamos a rajar. Corríamos como podíamos. Cada vez más empapados. Cada vez más muertos de frío. 
Cuando por fin llegamos a la estación, no dábamos más. Apenas podíamos respirar.


Buscamos nuestro escondite de siempre. De ahí sacamos otras pilchas y dejamos las mojadas. Pero, igual, seguíamos muertos de frío.  Nos acostamos en el banco que nos hacía de cama y nos abrazamos, bien apretaditos para ver si nos dábamos un poco de calor y así nos llegaba el sueño.

Mientras, yo pensaba en mi vieja y mis hermanos. Estarían en la casilla con los techos agujereados, con la lluvia dando contra las chapas con un ruido infernal. Igual que acá. ¿Habrían comido? ¿O estarían como nosotros?¿También tendrían frío?  Ellos... ¿pensarían en mí?

¿Cómo será vivir en una casa sin goteras, en una cama calentita y limpia, con los besos y abrazos de los padres?
¿Cómo será no tener miedo a la lluvia y no tener frío ni hambre?

¿Existirá eso? ¿Lo conoceré alguna vez?



De repente, un trueno me mete un miedo bárbaro y me acurruco

contra el Negro, como si fuera mi mamá. 
 

AMELIA REQUENA 

NOCHE DE LLUVIA
Publicado en el libro ANTEOJOS NEGROS