1884
Se crea, en Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Maestros. Fue dirigida por el poeta Leopoldo Lugones y hoy lleva su nombre.
Efemérides Culturales Argentinas.
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Un lugar de reunión, para cantar, payar, decir poesías y mostrar nuestras tradiciones, nuestros artistas tanto de FOLKLORE como de TANGO. Un bolichopulpería para mostrar las tradiciones argentinas, nuestras costumbres, leyendas, nuestros pájaros, nuestros árboles, flores, y paisajes. ...y de otros pagos también... por qué no?? conocer otras culturas... Un lugar para compartir... tomar mate, o un vino en amistad.
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miércoles, 5 de noviembre de 2014
viernes, 13 de junio de 2014
LEOPOLDO LUGONES, YZUR
Yzur - Leopoldo Lugones
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a
cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde,
que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los
monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que
no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por
preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de
hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros
cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos
y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano
primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían
explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan
singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al
lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo
cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención,
y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi
seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté
toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable.
Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica
para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo
ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal
notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al
mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me
incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es
entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual
aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las
manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero
borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule
absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se
comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que
resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin
embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este
último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también
rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras.
Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo
total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el
sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor
establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego
incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas
condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa;
la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de
disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es,
pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud
constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La
dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle
la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y
está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de
todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto
pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación
del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes
de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando
las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que
compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja
de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de
aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la
diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la
certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente
reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al
marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia
de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un
sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer
comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector
verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el
que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur
de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La
lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros
movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues
a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera
relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación
perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que
estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia
de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los
movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa
con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o
alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas
por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo
prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su
desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en
efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con
el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su
ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor
del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia
filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas",
frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma
situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era
mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por
su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino
también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que
asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de
inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con
reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es
extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente
una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen
al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para
llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja
al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de
enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su
articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se
refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método
empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una
golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar,
haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina,
ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los
dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea
los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince
días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una
rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco
hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación
entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo
estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco
vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas
consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto
como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que
sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra
alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo
sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus
compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para
arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía.
Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas.
Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en
su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y
adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de
contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele
notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con
inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a
convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a
emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una
sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su
mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí,
cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado,
vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando
verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una
higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto,
es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de
puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran
emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a
perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva
curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la
manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por
obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto,
las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en
la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes.
Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los
gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría
demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías,
purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la
terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a
impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una
víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a
la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan
débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo
ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí,
siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese
detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi
gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del
espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias.
En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía
pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del
tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o
su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban
de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu
amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi
mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu
la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no
producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de
comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos,
hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de
estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera
loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía
estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba
enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso
de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más,
a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su
silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía.
Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su
milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces
mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es
decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su
secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella
decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo.
Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el
humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a
las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes,
raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el
propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de
dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior
también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en
la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido
los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después
de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las
biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante
igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su
inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran
cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus
espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece
en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado
mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la
palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa
tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la
memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía
también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce
agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta,
que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una
desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la
última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria
que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la
quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la
muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos,
se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me
infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia
él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último
suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza,
brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una
voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya
humanidad reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...
Yzur - Leopoldo Lugones
LEOPOLDO LUGONES, ESCRITOR
-1874
Nace en Córdoba el escritor Leopoldo Lugones, uno de los máximos valores de la literatura argentina. Fundó la Sociedad Argentina de Escritores y dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros, que hoy lleva su nombre. Falleció en San Fernando (provincia de Buenos Aires) el 18 de febrero de 1938.
Efemérides Culturales Argentinas.
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Nace en Córdoba el escritor Leopoldo Lugones, uno de los máximos valores de la literatura argentina. Fundó la Sociedad Argentina de Escritores y dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros, que hoy lleva su nombre. Falleció en San Fernando (provincia de Buenos Aires) el 18 de febrero de 1938.
Efemérides Culturales Argentinas.
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13 DE JUNIO
-1874 - Día del Escritor. Nace en Villa de María del Río Seco
(Córdoba), Leopoldo Lugones, poeta,
escritor. Autor de los libros “La guerra gaucha” (llevado al cine), “Lunario
sentimental”, “La grande Argentina”, “El imperio jesuítico”, “Las montañas del
oro”, “El payador” y “Romances del Río Seco”, etc. Vivió modestamente como director
de una biblioteca pública y periodista. Muere a los 63 años.
Efemérides Foloklóricas Argentinas
de Juan Carlos Fiorillo.
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Efemérides Foloklóricas Argentinas
de Juan Carlos Fiorillo.
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13 Junio (1874)
En Córdoba
Nace Leopoldo
Lugones
Poeta modernista,
ensayista, periodista y político. A comienzos del siglo XX, se unió al grupo socialista que integraban,
entre otros escritores, José Ingenieros, Alberto Gerchunoff, Manuel Baldomero
Ugarte y Roberto Payró y escribió de manera esporádica para varios medios,
entre los que se cuentan el periódico socialista La Vanguardia, y el periódico
roquista Tribuna.
Su amistad con Rubén Darío le valió el ingreso al diario La
Nación. Publicó, entre otras obras, Las fuerzas extrañas, Cuentos fatales, Historia
de Sarmiento, La guerra gaucha y Las horas doradas. Su discurso "La hora
de la espada", pronunciado en 1924, fue una adhesión al fascismo que le
valió la crítica del mundo literario y político. En 1926 recibió el Premio
Nacional de Literatura y en 1928 presidió la Sociedad Argentina de Escritores.
Lugones fue, además, un importante propagandista del golpe militar
protagonizado por José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930, que derrocó de
la presidencia al caudillo radical Hipólito Yrigoyen.
Su estrecha relación con
el régimen instaurado ese año le valió el rechazo de los círculos intelectuales
porteños. Se suicidó en 1938 en una isla de Tigre.
Efemérides de TELAM.
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martes, 18 de febrero de 2014
-LEOPOLDO LUGONES, ESCRITOR
1938
Se suicida en San Fernando (provincia de Buenos Aires) uno de los escritores más importantes de Argentina, Leopoldo Lugones, autor de obras en verso y en prosa. Nació en Río Seco (provincia de Córdoba) el 13 de junio de 1874.
Se suicida en San Fernando (provincia de Buenos Aires) uno de los escritores más importantes de Argentina, Leopoldo Lugones, autor de obras en verso y en prosa. Nació en Río Seco (provincia de Córdoba) el 13 de junio de 1874.
Efemérides Culturales Argentinas.
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Un día como hoy... 18 de febrero...pero de 1938...fallecía
LEOPOLDO LUGONES.
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Un día como hoy... 18 de febrero...pero de 1938...fallecía
LEOPOLDO LUGONES.
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13 de junio de 1874 - 18 de febrero de 1938
ESCRITOR, POETA, PERIODISTA, ENSAYISTA
Hay dos biografías publicadas en este blog de LEOPOLDO LUGONES, el día 13 de junio de 2013, y varios cuentos de su autoría para quienes deseen leerlos.
El espíritu nuevo
Leopoldo Lugones
En un barrio mal afamado de Jafa, cierto discípulo anónimo
de Jesús disputaba con las cortesanas.
-La Magdalena se ha enamorado del rabí -dijo una.
-Su amor es divino -replicó el hombre.
-¿Divino?... ¿Me negarás que adora sus cabellos blondos, sus
ojos profundos, su sangre real, su saber misterioso, su dominio sobre las
gentes; su belleza, en fin?
-No cabe duda; pero lo ama sin esperanza, y por esto es
divino su amor.
Filosofícula, 1924
martes, 5 de noviembre de 2013
BIBLIOTECA NACIONAL DE MAESTROS
1884
Se crea, en Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Maestros. Fue dirigida por el poeta Leopoldo Lugones y hoy lleva su nombre.
Efemérides.
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Se crea, en Buenos Aires, la Biblioteca Nacional de Maestros. Fue dirigida por el poeta Leopoldo Lugones y hoy lleva su nombre.
Efemérides.
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lunes, 23 de septiembre de 2013
LA GUERRA GAUCHA
23 DE SEPTIEMBRE
1905 - Aparece la
primera edición del libro “La Guerra Gaucha”, de Leopoldo Lugones, editado por
Moen y Hno., de Florida 323, Bs.As., 398 p. “El hombre de la guerra gaucha, su
numen simbólico por decirlo así, es Güemes, a quien está destinado el capítulo
final en una sintética glorificación”.
EFEMERIDES FOLKLORICAS ARGENTINAS
de JUAN CARLOS FIORILLO.
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EFEMERIDES FOLKLORICAS ARGENTINAS
de JUAN CARLOS FIORILLO.
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jueves, 13 de junio de 2013
LEOPOLDO LUGONES, EL ESCUERZO
EL ESCUERZO - LEOPOLDO LUGONES
Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde
habitaba la familia, di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus
congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas.
Horrorizábanme los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así que el
pequeño y obstinado reptil no tardó en sucumbir a los golpes de mis piedras.
Como todos los muchachos criados en la vida semicampestre de nuestras ciudades
de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Además, la casa estaba
situada cerca de un arroyo que cruza la ciudad, lo cual contribuía a aumentar
la frecuencia de mis relaciones con tales bichos. Entro en estos detalles para
que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario sapo me
era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi
víctima con toda la precaución del caso, fui a preguntar por ella a la vieja
criada, confidente de mis primeras empresas de cazador. Tenía yo ocho años y
ella sesenta. El asunto había, pues, de interesarnos a ambos. La buena mujer
estaba, como de costumbre, sentada a la puerta de la cocina, y yo esperaba ver
acogido mi relato con la acostumbrada benevolencia, cuando apenas hube
comenzado la vi levantarse apresuradamente y arrebatarme de las manos el
despanzurrado animalejo.
-¡Gracias a Dios que no lo hayas dejado! -exclamó con
muestras de la mayor alegría-, en este mismo instante vamos a quemarlo.
-¿Quemarlo? -dije yo-; pero qué va a hacer, si ya está
muerto...
-¿No sabés lo que es un escuerzo -replicó en tono misterioso
mi interlocutora- y que este animalito resucita si no lo queman? ¡Quién mandó
matarlo! ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a contarte lo
que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en paz descanse.
Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas
astillas sobre las cuales puso el cadáver del escuerzo.
¡Un escuerzo!, decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho
travieso: ¡un escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del sapo se me
hubiera pegado a ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula a un
hombre de barba entera.
-¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquía?
-interrumpió aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta
años.
-De ningún modo, señorita. Es una historia que ha pasado.
Julia sonrió.
-No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla...
-Será usted complacida, tanto más cuando que tengo la
pretensión de vengarme con ella de su sonrisa.
Así, pues, proseguí, mientras se asaba mi fatídica pieza de
caza, la vieja criada hilvanó su narración, que es como sigue:
Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo
único que había tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda
población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando maderas en el vecino
bosque, y así pasaban año tras año, haciendo a pie la jornada de la vida. Un
día volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano,
vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo hacía, refirió a su madre que
en la raíz de cierto árbol muy viejo había encontrado un escuerzo, al cual no
le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharla,
pidiéndole que por favor la acompañara al sitio, para quemar el cadáver del
animal.
-Has de saber -le dijo- que el escuerzo no perdona jamás al
que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no
descansa hasta que pueda hacer con él otro tanto.
El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando
convencer a la pobre vieja que aquello era una paparrucha buena para asustar
chicos molestos, pero indigna de preocupar a una persona de cierta reflexión.
Ella insistió, sin embargo, en que la acompañara a quemar los restos del
animal.
Inútil fue toda broma, toda indicación sobre lo distante del
sitio, sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de
aquella tarde de noviembre. A toda costa quiso ir, y él tuvo que decidirse a
acompañarla.
No era tan distante, unas seis cuadras a lo más. Fácilmente
dieron con el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las
astillas y las ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.
-¿No te dije? -exclamó ella echándose a llorar-. Ya se ha
ido; ahora ya no tiene remedio esto. ¡Mi padre San Antonio te ampare!
-Pero qué tontera, afligirse así. Se lo habrán llevado las
hormigas o lo comería algún zorro hambriento. ¡Habráse visto extravagancia,
llorar por un sapo!. Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad
de los pastos es dañosa.
Regresaron, pues, a la casita, ella siempre llora, él
procurando distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha
si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo a las bromas y risas en presencia de
su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron. Después de un
registro minuicioso por todos los rincones, que excitó de nuevo la risa del
muchacho, comieron en el patio, silenciosamente, a la luz de la luna, y ya se
disponía él a tenderse sobre su montura para dormir, cuando Antonia le suplicó
que por aquella noche, siquiera, consintiese en encerrarse dentro de una caja
de madera que poseía y dormir allí.
La protesta contra semejante petición fue viva. Estaba
chocha, la pobre, no había duda. ¡A quién se le ocurría pensar en hacerlo
dormir con aquel calor dentro de una caja que seguramente estaría llena de
sabandijas!
Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el
muchacho la quería tanto decidió acceder a semejante capricho. La caja era
grande, y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud
fue arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste viuda tomó asiento
al lado del mueble, decidida a pasar la noche en vela para cerrarlo apenas
hubiera la menor señal de peligro.
Calculaba ella que sería la medianoche, pues la luna muy
baja empezaba a bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito
negro, casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había
cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia,
Allí estaba, pues, el vengativo animal, sentado sobre las
patas traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en
reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna, se
agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo. ¿Pero si no era
más que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche a la casa en
busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Más el escuerzo
dio de pronto un saltito, después otro, en dirección a la caja. Su intención
era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia
miró con indecible expresión de terror a su hijo; dormía, vencido por el sueño,
respirando acompasadamente.
Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la
tapa del pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al
pie de la caja. Rodeóla pausamente, se detuvo en uno de los ángulos, y de
súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó sobre la tapa.
Antonia no se atrevió a hacer el menor movimiento. Toda su
vida se había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la pieza.
Y he aquí lo que sucedió: el sapo comenzó a hincharse por grados, aumentó,
aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar su volumen. Permaneció así
durante un minuto, en que la pobre mujer sintió pasar por su corazón todos los
ahogos de la muerte. Después fue reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su
primitiva forma, saltó a tierra, se dirigió a la puerta y atravesando el patio
acabó por perderse entre las hierbas.
Entonces se atrevió Antonia a levantarse, toda temblorosa.
Con un violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fue de tal
modo horrible, que a los pocos meses murió víctima del espanto que le produjo.
Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho
estaba helado y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel
despojo sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.
EL ESCUERZO
Leopoldo Lugones.
LEOPOLDO LUGONES, LA ESTATUA DE SAL
*LA ESTATUA DE SAL – LEOPOLDO LUGONES
He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del
monje Sosistrato:
-Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de San
Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio
situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se
deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de
terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una
palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita,
sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómadas que trasladan sus
rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia
amuralla el horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena
impalpable; cuando el viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de
sal. El ocaso y la aurora se confunden en una misma tristeza. Sólo aquellos que
deben expiar grandes crímenes, arrostran semejantes soledades. En el convento
se puede oír misa y comulgar. Los monjes que no son ya más que cinco, y todos
por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles
fritos, uvas, aguas del río y algunas veces vino de palmera. Jamás salen del
monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos.
Cuando muere alguno, le sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del
río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules,
amigas del convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los
primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato cuya historia he
prometido contaros. Ayúdeme nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con
atención. Lo que vais a oír me lo refirió palabra por palabra el hermano
Porfirio, que ahora está sepultado en una de las cuevas de San Sabas, donde
acabó su santa vida a los ochenta años en la virtud y la penitencia. Dios le
haya acogido en su gracia. Amén.
Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su
vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién
convertidos a la religión del crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza
de los estilitas. Después de largo vagar por el desierto, encontraron un día
las cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas. El agua del Jordán,
los frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban para
llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas
surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante
bóveda de los cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mundo. El sacrificio
de aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de sus carnes y
la pena de sus ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla, evitó muchas
pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen con ligereza
de las penitencias de los cenobitas. Y sin embargo, los sacrificios y oraciones
de los justos son las claves del techo del universo.
Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato
y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de
impotencia bajo el pie de los santos monjes. Estos fueron acabando sus vidas
uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy
pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas
diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada tarde algunos
granos de granada y se los daban a comer con el pico. Nada más que de eso
vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el viernes
doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de ramas, una
copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose
en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues
bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta
el día de su ascensión a la bienaventuranza, continuaba soportando sus años.
Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había pasado por allí.
Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas,
éstas asustadas de pronto, echaron a volar abandonándole. Un peregrino acababa
de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato, después de saludarle con
santas palabras, le invitó a reposar indicándole un cántaro de agua fresca. El
desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de
consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía
del monje.
Transcurrieron siete días. El caminante refirió su
peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar Muerto, terminando la
narración con una historia que preocupó a Sosistrato.
-He visto los cadáveres de las ciudades malditas -dijo una
noche a su huésped-. He mirado humear el mar como una hornalla, y he
contemplado lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La
mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al
sol del mediodía.
-Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De Sodoma -dijo
en voz baja Sosistrato.
-Sí, conozco el pasaje -añadió el peregrino-. Algo más
definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha seguido
siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad
libertarla de su condena...
-Es la justicia de Dios -exclamó el solitario.
-¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los
pecados del antiguo mundo? -replicó suavemente el viajero que parecía docto en
letras sagradas-. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley
que el pecado contra el Evangelio?...
Después de estas palabras, ambos se entregaron al sueño. Fue
aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido
partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato, y no necesito deciros que,
a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satán en
persona.
El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz
asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal,
liberar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la
razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el
monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar
el acto.
Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto,
apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar
Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían
sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban
alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella
resolución afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle, las
montañas se abrieron y el lago apareció.
Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco
desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos
de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en betún... El
monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin de que sus
pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló.
Acababa de advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo de
las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la estatua.
Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era
larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida incandescencia,
calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que cubría las hojas de
los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de
plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su
característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en
ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades.
Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho
verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos
labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra,
en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. ¡El sol
la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años, y
sin embargo, esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño resumía
el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre
aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el
intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el
insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura
criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se
arrodilló a orar en la sombra de un bosquecillo...
Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed
únicamente que cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal se
disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció una mujer, vieja como
la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y
temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo,
sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba
en ella. ¡Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera
divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el
pelo de los camellos de Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del
Eterno! Y la espantosa mujer le habló con su voz antigua. Ya no recordaba nada.
Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa despertada a la
vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho,
un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión
de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en
su visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades
ardidas... todo aquello se desvanecía en una clarividente visión de muerte. Iba
a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado!
Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El
pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera
barrido su alma. Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de
Lot estaba allí! El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio
manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de
llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez
sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos.
Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era
conocida!
Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua
habló, dirigiéndose a la espectral resucitada:
-Mujer, respóndeme una sola palabra.
-Habla... pregunta...
-¿Responderás?
-Sí, habla; ¡me has salvado!
Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se
concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.
-Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para
mirar.
Una voz anudada de angustia, le respondió:
-Oh, no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo!
-¡Dime qué viste!
-No... no... ¡Sería el abismo!
-Yo quiero el abismo.
-Es la muerte...
-¡Dime qué viste!
-¡No puedo... no quiero!
-Yo te he salvado.
-No... no...
El sol acababa de ponerse.
-¡Habla!
La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se
apagaba, se crepusculizaba, agonizando.
-¡Por las cenizas de tus padres!...
-¡Habla!
Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del
cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar
un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma.
*Nota de Ciudad Seva: Según la Biblia, en Sodoma dos ángeles
le dijeron a Lot: «Date prisa, toma a tu esposa y a tus dos hijas y márchate,
no sea que te alcance el castigo de esta ciudad.» Una vez fuera, le dijeron:
«Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte
alguna de esta llanura, sino que huye a la montaña para que no perezcas.»
Entonces Yavé hizo llover del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre ardiendo que
venía de Yavé, y que destruyó completamente estas ciudades y toda la llanura
con todos sus habitantes y la vegetación. La mujer de Lot desatendió el mandato
de los ángeles y miró hacia atrás: quedó convertida en una estatua de sal.
fuente:
CIUDAD SEVA.COM
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