Un lugar de reunión, para cantar, payar, decir poesías y mostrar nuestras tradiciones,
nuestros artistas tanto de FOLKLORE como de TANGO.
Un bolichopulpería para mostrar las tradiciones argentinas, nuestras costumbres, leyendas, nuestros pájaros, nuestros árboles, flores, y paisajes.
...y de otros pagos también... por qué no?? conocer otras culturas...
Un lugar para compartir... tomar mate, o un vino en amistad.
NAYLA DANCHUK CON SU BANDONEON TOCA "EL ULTIMO CAFE"
Es joven, es preciosa de cara, tiene un muy buen cuerpo, o sea que estéticamente para un escenario es perfecta. Tiene presencia y autoridad cuando se presenta. TIENE UNA VOZ IMPRESIONANTE. Está estudiando música, está aprendiendo a tocar el bandoneón. CANTA MARAVILLOSAMENTE... ES TANGUERA... La escuché por la radio, es educada y respetuosa.... qué mas se le puede pedir..??? YO LE DOY MI VOTO....!!!!!! TANGO ARGENTINO SIGLO XXI
Un día como hoy... 16 de julio... pero de 1925... nacía
ROSITA QUINTANA.
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Semblanza de ABEL PALERMO
publicada en la página webb TODOTANGO
CANTANTE, ACTRI, POETISA
16 de julio de
1925
Nombre verdadero:
Trinidad Rosa Quintana Muñoz
Apodo: La Dama de
América
Nació en el
barrio de Saavedra en la ciudad de Buenos Aires. Desde niña demostró un ángel
especial para la actuación, participando en las fiestas escolares y barriales.
Al finalizar la primaria, sus padres la inscribieron en el conservatorio de los
hermanos Emilio y José De Caro, donde cursaría canto y actuación.
A los 15 años
debutó en la orquesta de los hermanos Alberto y José De Caro, junto al cantor
Félix Gutiérrez, pasando luego con el sexteto de Mario Azzerboni, actuando
exitosamente una temporada, en el histórico Café Nacional de la calle
Corrientes.
A mediados de la
década del cuarenta pasó a actuar como solista, con el acompañamiento del
conjunto de guitarras de José Canet, con el que viajó a Chile, compartiendo
espectáculos y radio con la orquesta del bandoneonista Gabriel Clausi, “El
Chula”, que estaba radicado allí y también, con la del maestro trasandino
Porfirio Díaz.
Durante esa
visita fue contratada para actuar un mes en México, en el renombrado local de
la capital azteca,"El Patio". Su talento y belleza deslumbraron al
público y a los empresarios que la requirieron para diversos espectáculos de
teatro y también para el cine. A causa de ello, Rosita decide radicarse en el Distrito
Federal. Por esta razón se desvinculó de José Canet con quien mantenía además,
una relación sentimental.
Una vez
aclimatada a su nueva circunstancia, inició un fuerte romance con el director y
productor cinematográfico, el mexicano Sergio Kogan, con quien contrajo
matrimonio y tuvo dos hijos Sergio Nicolás y Paloma. Mientras tanto su vida
artística continuaba creciendo. En esos días compartía la cartelera de los
teatros y los elencos de las películas, junto a las figuras más importantes de
América: José Mojica, Jorge Negrete, Pedro Vargas, Arturo de Córdoba, Pedro
Armendáriz y Cantinflas, entre otros.
Sus actuaciones
eran presenciadas por importantes figuras del nivel de Agustín Lara, del joven
y consagrado escritor Mario Vargas Llosa —quien la llamaría “La Dama de
América”— y de un nutrido grupo de admiradores. En su repertorio como cantante
no hacía únicamente tango, también agregaba temas mexicanos e internacionales.
Su vida privada y
sentimental fue intensa y movida, luego de su divorcio con Sergio Kogan, se
casó con su secretario Julio Chapira y, unos años más tarde, con el cineasta
Jorge D’Arnell.
En México actuó
en diecinueve películas, las dos primeras de 1948: “Ahí vienen los Mendoza” y
“Calabacitas tiernas”; la última en 2005, “Club Eutanasia”. Pero la más
recordada fue sin duda, “Susana, carne y demonio”, dirigida por Luis Buñuel en
1950.
A principios de
la década del sesenta, regresó a la Argentina. En sus primeros espectáculos
participó acompañada por mariachis. En 1964, fue requerida por René Mugica para
hacer dos films: “El octavo infierno, cárcel de mujeres”, con Leonardo Favio y
Lautaro Murúa y “El demonio en la sangre”, con Ubaldo Martínez y Ernesto
Bianco, curiosamente, ambas películas fueron producidas por su ex marido Sergio
Kogan.
Realizó, además,
algunas presentaciones en “Caño 14” con el acompañamiento de Héctor Stamponi,
con quien grabaría un par de discos de larga duración y a quien conocía muy
bien porque ya la había acompañado en México, cuando era la orquesta de otra gran
triunfadora en ese país en los años cuarenta, Amanda Ledesma.
Otra actuación
digna de mención fue su papel protagónico en “Mi bella dama”, en el Teatro
Nacional. También, sus actuaciones en “El Rincón de los Artistas” y su
participación en la telenovela “Abrázame muy fuerte".
En el año 2000,
Ediciones Pentagrama editó en México un compacto: “Charlemos Buenos Aires”, con
grabaciones realizadas en la Argentina en 1965. Resulta muy interesante la
integración de la orquesta que acompañó a Rosita, un verdadero seleccionado:
Enrique Mario Francini (violín), Roberto Grela (guitarra), Osvaldo Berlingieri
(piano), Domingo Federico (bandoneón), José Bragato (viola), “Quicho” Díaz
(contrabajo), los arreglos a cargo de Héctor Stamponi y la dirección de Carlos
García. Se destaca el tema que da nombre al disco, con música de Stamponi y
letra de la cancionista.
Tuve la fortuna
de verla en varias oportunidades en “Caño 14” y en “El Rincón de los Artistas”
y fue, a mi criterio, una artista de alto nivel, con una hermosa voz y una gran
técnica interpretativa pero, por sobre todas las cosas, una mujer de una jerarquía
y una belleza sin igual.
Por último,
parafraseando a Aníbal Troilo, Rosita Quintana fue una mujer que nunca abandonó
el barrio. Lo confirma ella misma en uno de sus poemas: “Me reclaman tu suelo,
mis raíces, cada vez que estoy lejos, mi Buenos Aires”.
Comenzó sus estudios de teoría de la música, técnica vocal y
violonchelo a los 9 años, en el Conservatorio “Manuel de Falla” y en el
Instituto de Música de Avellaneda.
Durante su trayectoria como intérprete, realizó grabaciones
y jingles publicitarios.
Un hito en su carrera fue cuando representó a la Argentina
en el Festival OTI de la canción, en Costa Rica en 1998. Al año siguiente fue
invitada a participar del Ciclo de Blues y Jazz en ese país y en El Salvador.
Integró el dúo “Alas de Tango”, que actuó en el Centro
Cultural General San Martín y para la Secretaría de Cultura de la Municipalidad
de Avellaneda.
Frecuentemente, la podemos escuchar en La 2x4 —emisora de FM
de la Radio de la Ciudad—, y en sus presentaciones en el complejo “Piazzolla
Tango”, que está en la Galería Güemes de la calle Florida, alguna vez junto al
cantor Guillermo Fernández y muchas, en su carácter de solista principal.
Es digno de mención, sus presentaciones realizadas en el
ciclo gratuito “Música por la Identidad”, organizado por las Abuelas de Plaza
de Mayo y el Gobierno de la Ciudad, también su actuación en el cierre de la
semana de homenaje a Aníbal Troilo en el Teatro Colon.
Fue cantante invitada de la “Orquesta de la Ciudad de Buenos
Aires”, cuando estaba dirigida por los maestros Carlos García y Raúl Garello.
En 2006 fue invitada a cantar en San Pablo (Brasil) y en el
cierre del 4º Festival Internacional de Tango en Bariloche. En noviembre lanzó
su disco titulado: “Hada y Rea” con la dirección musical de: Cristian Zárate.
Con la participación de: Walter Ríos, Raúl Lavié, Guillermo Fernández, Pablo
Agri y otros.
En 2007 participó en el cierre de la VII Cumbre Mundial de
Tango de Valparaíso (Chile) junto a Leo Sujatovich en piano.
Participó de los Festivales de Tango en La Falda (Córdoba),
con el Sexteto de Cristian Zárate y en el Festival de Tango Justo Daract (San
Luis).
fuente: TODOTANGO.
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SIN AMOR
CANDOMBE PARA GARDEL
SIN PIEL
NADA
DUELO CRIOLLO
EL ULTIMO CAFE
UNA ZAMBA...!!!! ZAMBA PARA NO MORIR
Nota: En este blog, EL BOLICHO, se puede escuchar a ALCIA VIGNOLA además, en: ABSURDO, con GUILLERMO FERNANDEZ, el 9 de noviembre de 2012. QUE BUENA FE, el 24 de febrero de 2013
del poeta CATULO CASTILLO, publicada en TODOTANGO.
POETA
(6 de agosto de 1906 - 19 de octubre de 1975)
Cátulo Castillo recorrió con sus letras los temas que siempre obsesionaron al tango: la dolorosa nostalgia por lo perdido, los sufrimientos del amor y la degradación de la vida. No tuvo en cambio espacio para el humor ni para el trazo despreocupado, y tampoco para el énfasis rítmico de la milonga. La palabra "último" figura en varios de sus títulos, como dando testimonio de ese desfile de adioses que atraviesa sus letras, donde hay siempre compasión por quienes padecen y un frecuente recurso al alcohol como fuga.
Cátulo no se dio, como letrista, un perfil definido, en lo cual se parece más a Enrique Cadícamo que a Homero Manzi. No alcanza a menudo la calidad poética de éste ni el lacerante poder de observación de Enrique Santos Discépolo, pero enalteció al género con una obra vasta e influyente, siendo también notable su aporte como compositor.
Aunque su obra de músico no sea la que nos ocupa en esta semblanza, es justo recordar que, en su juventud, Cátulo concibió páginas de gran hermosura, varias de las cuales llevaron letra de su padre, José González Castillo, talentoso comediógrafo y dramaturgo de ideas anarquistas, que hasta debió exiliarse por unos años en Chile, llevando a su pequeño hijo, para escapar de la represión. Tangos como el imperecedero "Organito de la tarde" (que concibió cuando contaba 17 años), "El aguacero", "Papel picado", "¡El circo se va!" y "Silbando" (en colaboración con Sebastián Piana) dan cuenta del único caso de semejante comunión creadora entre padre e hijo en la historia del género.
También con otros letristas escribió páginas trascendentes, como "La violeta", con el poeta Nicolás Olivari; "Corazón de papel", con Alberto José Vicente Franco, o "Viejo ciego", con Manzi (y en colaboración con Piana), entre otras. Un dato asombroso es que Cátulo haya podido ser, al mismo tiempo que inspirado músico y poeta, un boxeador de renombre, que llegó a conquistar el título de campeón argentino de peso pluma.
El compromiso político con los explotados inspiró una de sus obras tempranas, "Caminito del taller". Ese tango, que Carlos Gardel grabó en 1925, le pertenece a Cátulo en letra y música. Describe en él, con enorme sensibilidad, el triste destino de una costurerita enferma, a la que observa pasar rumbo al trabajo en las mañanas invernales con su fardo de ropas. Así como creó con ésta una composición clave dentro del tango de protesta social, Cátulo también aportaría obras emblemáticas para otras tesituras.
Tal el caso de "Tinta roja", de 1941, con música de Piana, donde se funden en la añoranza el barrio y la propia infancia. "¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se llevó mi niñez?", pregunta su protagonista. De ese mismo año, y de la misma pareja autoral, es "Caserón de tejas", un hermoso vals que llora las mismas pérdidas y, dentro del repertorio de compás ternario, es también una obra sobresaliente.
De otro carácter es"María", con música de Aníbal Troilo, creado en 1945. Poema intensamente romántico, que evoca un amor encerrado entre dos otoños, puede ser elegido para representar toda aquella corriente sentimental que bañó al tango durante la década de los '40, con influencia del bolero y con el papel protagónico del cantor de orquesta, que seducía al público femenino con su voz, sus temas y su estampa. Aunque el amor sigue siendo fuente de penas y sinsabores, ya no hay en estas historias perversidad ni traiciones. Su lugar suele tomarlo el misterio: "Un otoño te fuiste, tu nombre era María, y nunca supe nada de tu rumbo infeliz...", versea Cátulo.
Aunque haya sido un letrista decisivo en aquellos años, el liderazgo poético del género lo alcanzaría recién en la década del '50. Es preciso recordar que en 1951 murieron Discépolo y Manzi, que Cadícamo había reducido mucho su producción, como también ocurrió con José María Contursi, y que sólo Homero Expósito, entre los máximos nombres de las letras tangueras, intentaba renovarse a sí mismo, aunque su mejor inspiración ya había pasado. Claramente, fue Castillo quien dominó el panorama y tuvo el mérito de abrir nuevos caminos, que sin embargo se irían borroneando con la declinación que sufrió el tango desde finales de aquella década.
Por otro lado, los vanguardistas, con la magna excepción de Astor Piazzolla, concentraban su interés en el tango instrumental.
Aunque Cátulo siguió escribiendo en la línea evocativa, con tangos como "Patio mío", "Patio de la morocha" o "El último farol", lo mejor de su nueva producción no estuvo allí.
Cerca ya de sus cincuenta años, sus letras comienzan a expresar una actitud desesperada ante la vida. Es con esos tangos de la desesperación, impregnados de sensualidad y de filosofía, que construye el último apogeo poético del género, irguiéndose por encima de sus contemporáneos.
"La última curda", de 1956, con música de Aníbal Troilo, es probablemente el tango cantado más trascendente de esa década. Como había hecho Manzi en 1950 en "Che, bandoneón" y otros letristas en tantas otras piezas anteriores, Castillo dialoga con ese fuelle de "eco funeral" donde residen los secretos del tango y de la existencia. Olvido, condena, fracaso, alcohol, aturdimiento son los elementos de esa conversación sombría, que define a la vida como "una herida absurda". Las versiones iniciales que grabó el cantor Edmundo Rivero, en 1956 con Troilo y en 1957 con Horacio Salgán, son de una rara perfección. Una lectura diferente pero asimismo memorable es la registrada en 1963 por Roberto Goyeneche, también con Troilo.
Otros tangos fundamentales de aquella etapa fueron "Una canción" (1953), con música de Troilo; "Anoche" (1954), con Armando Pontier, y "Perdóname" (1954), con Héctor Stamponi, tres obras mayúsculas que motivaron excelentes versiones (por voces tan destacadas como las de Alberto Marino, Horacio Deval, Charlo, Jorge Casal, Pablo Moreno u Oscar Alonso, entre otras).
El drama de los inmigrantes italianos le inspiró piezas de gran relieve, como "Domani" (1951), con Carlos Viván, y "La cantina" (1954), con Troilo. Ya en los años '60 forjó importantes éxitos con el áspero "Desencuentro" (1962), con Troilo, y el más convencional "El último café", con Stamponi.
Con estas menciones no se agota la extensa obra creativa de Cátulo Castillo. Para evitar que queden innombrados en esta semblanza, citamos otro número de excelentes tangos con los que enriqueció los mejores repertorios: "Se muere de amor" (con Pedro Maffia), "Color de barro" (Anselmo Aieta), "Dinero, dinero" y "Malva" (Enrique Delfino), "La madrugada" (Angel Maffia), "Te llama mi violín" (Elvino Vardaro), "Una vez" (Osvaldo Pugliese), "Naná" (Emilio Barbato), "Para qué te quiero tanto" (Juan Larenza), "Rincones de París" y "Volvió a llover" (Osmar Maderna), "Burbujas" (Carlos Figari), "Maleza" (Enrique Munné), "Pobre Fanfán" (Delfino/Barbato), "Ventanal" (Atilio Stampone), "Tango sin letra" (Venancio Clauso) y "Sin ella" (Charlo). La amplia y sobresaliente nómina de compositores con los que colaboró confirma el compromiso de Cátulo con el mejor tango.