La Mesa del Café - La Botica renovada
publicado en la página webb TODOTANGO
Por: rolandomoro 08/10/2013
-LA DOMADORA-
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Yo tenía toda mi
fuerza en mi pelo, como Sanson.
Y era tan negro
que al decir de los hombres parecía azul, como el ala del cuervo, lo llevaba
suelto hasta las caderas y era mi orgullo en mis noches salvajes, cuando lo
desplegaba sobre la almohada acariciándolo largamente bajo la luna.
Sí, cuando estaba
desnuda me cubría con él como un manto, pero para domar mis potros y correr por
la llanura lo reunía en dos trenzas que dejaba colgar a mis espaldas, atadas
con un tiento de cuero. Y esta fue la causa de mi perdición.
Una siesta de
viento norte corría con mi gateado por las cuchillas lejos de las casas. Sentía
el abrazo ardiente de la nortada poseerme como un hombre. Corría, con los ojos
cerrados, abandonando mi cuerpo al rudo y enervante placer, no advertí que mi
caballo había tomado por un abra y al pasar bajo un lapacho de gruesas ramas,
quedé ensartada de las trenzas.
Mi caballo siguió
su carrera, y yo quedé allí, si, balanceándome en el aire como un péndulo.
Colgada de las trenzas.
Mis ojos muy
abiertos por la tracción, miraban hacia abajo desesperados, veían moverse el
manto verde de las plantas, crepitante, indiferente. El gateado pacía a lo
lejos con las riendas caídas. Y yo carecía de un lenguaje que lo hiciera
compadecerse de mí.
Tuve la sensación
que algo horrible estaba por suceder, las manos me colgaban impotentes por que
no encontraban de qué asirse para liberar mi pelo que me sostenía del extremo
ligado, duro y tenso como un bonete de alambres.
Las moscas y
avispas del monte comenzaban a zumbar a mi alrededor y a cada manotazo sentía
un dolor indecible en las raíces.
Comencé a gritar
fuertemente al principio, después mi voz se fue debilitando hasta convertirse
en un gemido: yo sabía que iba a morir allí colgada como una lonja.
El dolor se fue
haciendo una cosa pareja y blanda hasta que dejé de patalear y pendí inerme.
Como el cuerpo de un muerto.
A mi no me
querían en la estancia. Yo era Arminda, la hija del patrón. Domaba los potros
más chúcaros y no dejaba que nadie los “manoseara” antes de subirlos.
Y a Claudio, el domador
a sueldo, nunca le dí el gusto de subir uno de primera mano, un poco, tal vez,
por bajarle el copete, placer que duraba hasta que me encontraba nuevamente con
su cara de piedra que nada decía; ni odio ni amor.
El día fue a
buscarme a la estación con el coche de caballos…
Yo llegaba de la
ciudad con ropas de mujer, linda y perfumada. El iba en el pescante guiándo la
americana y yo me contentaba con mirar su ancha espalda y su nuca morena
saliendo del pañuelo celeste. En mitad del camino en el arenal, donde los
caballos marchaban al paso, hice detener el coche y me cambié junto a él.
No dijo una
palabra. No se dio vuelta. Continuó viendo el camino como si yo no existiera.
Fui acercándome
poco a poco, hasta sentir el calor de su cuerpo junto al mío, él se iba
comprimiendo hacia el costado, tanto, que las riendas se le enredaban y los
caballos salían de las huella. Yo lo miraba de soslayo, me gustaba tanto ese
color suyo, de tape cobrizo, sus dientes blancos relucían bajo el bigote negro,
tan negro como mi pelo, Claudio me gustaba, todo él. Y es calor que se
desprendía de su cuerpo.
Pero ese calor me
quemaba solo a mí. En un momento en que la rueda tomó un tacurú, el coche se inclinó
con el barquinazo y yo caí sobre él, abrazándolo entero. Fue como si abrazara a
un tronco de árbol. Exactamente, no me miró no dijo nada.
Yo me retiré
humillada y furiosa. Y así llegamos a la estancia cuando caía la noche.
Mi amor iba
creciendo como fuego en el espartillar. Pero también crecía mi odio.
Al día siguiente
hubo rodeo. A la madrugada. Quien tenía la obligación de ensillar los caballos
era Euclides el capataz. Pero yo mandé a Claudio a traer mi gateado del
potrero. Estábamos solos en el alba. Yo y él
Cuando estuvo
ensillado mi caballo le pedí que me ayudara a subir. Me miró al fin,
torvamente.
-¡¡Usté no
necesita ayuda pues sabe domeñar un potro mejor que un hombre!!
La sangre me
subió a la cabeza y antes de que pudiese contenerme, le había cruzado la cara
con el rebenque. Con la manga de la camisa él se limpió la mejilla que se le
marcó con una lengua escarlata. Y me miró otra vez. Sin odio ni amor, como si
mirara al vacío.
Y yo sabía que esos
ojos negros sabían ser dulces,, como cuando miraban a la Jacinta, la hija del
puestero del Rincón de Luna; yo hubiera dado la vida porque me miraran así.
Pero en cambio
piqué las espuelas a mi gateado y salí a la carrera hacia el rodeo.
Y allí estaba ahora,
colgada de los pelos. El sol le clavaba sus cuchillos de fuego. Los tábanos y
avispas dejaban la lanceta en su carne desnuda. Pero ella no sentía más que el
dolor y la rabia de morir sin Claudio.
Y nadie venía por
el camino del abra, nadie venía en auxilio de la hija del patrón.
Ya el sol se
había inclinado cegando con una luz roja y oblicua los ojos de Arminda, la voz
se había extinguido en su garganta cansada de gritar, había caído en un sopor
extático donde a veces alentaba la visión de su caballo llegando a la estancia
con la silla vacía.
De pronto sintió
el rumor de unos pasos blandos, furtivos.
Claudio estaba en
la entrada del abra recortándose en rojo contra los rayos del sol. La observó,
lentamente.
Ella se debatió
en la esperanza, los ojos muy abiertos por el tirón de los cabellos, las
piernas desnudas colgando inermes, desarticuladas.
-¡Bájame
Claudio…..¿No ves que estoy enganchada?
-¡¡Bájame pronto
te digo!!
El observó a su
alrededor. Arminda no podía creer a sus ojos: Claudio estaba buscando donde
sentarse.
Eligió el cono de
un hormiguero y se sentó, con las piernas abiertas. Apoyó los codos sobre las
rodillas y se puso a mirarla. Fijamente. En esos ojos anochados, que sabían ser
dulces con la Jacinta pero nunca con ella, había una luz mala.
Arminda se revolvió
inquieta, un terror frío la fue invadiendo llenándola toda hasta mezclarse con
el dolor de los cabellos, tensos, estirados, que sostenían su vida, y la
mantenían allí, inmóvil, al filo de la muerte-
-¡Oh Claudio,
bájame!....¿No ves que estoy sufriendo?...¿Que esperas?
El la miraba,
siempre fijamente. Ni un músculo de su cara se movía.
-Claudio, te
quiero…..perdóname…pero bájame pronto…..Me muero.
En el debatirse
se le había abierto la blusa, un seno aparecía, turgente y encendido por el
sol. Ella no trató de cubrirse. Poco a poco fue haciéndose una luz en su
cerebro turbado; Claudio no la liberaría.
En ese momento se
dirigía hacia la puerta del abra.
Un alarido
espantoso llenó los montes de ecos crispados; comprendió que iba a morir, él se
volvería a las casas y la dejaría allí, sola con la muerte, que ya sentía
nublarle los ojos, como una negación fría y gris que la iba poseyendo toda
entera.
Entonces escuchó
el galope del caballo. La voz de su padre fue un chorro de vida
El hombre miró el
extraño espectáculo sin comprender nada.
-¡¡CLAUDIO me ha
ultrajado!!....¡¡Él me ha colgado aquí!!
Sonó el balazo.
Claudio cayó boca abajo apretándose el pecho. Un hilo de sangre fue corriendo
lentamente sobre la tierra desnuda, de donde comenzaban a salir las hormigas.
*Clarisa Muniagurria de Minoli*
(Del libro “Ayer
y Hoy en las Letras Goyanas”
de Wenceslao Moore)
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de Wenceslao Moore)
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Por:
unicabettyboop 08/10/2013
hummm...!!!
qué historia tremenda...!!!!
qué despecho increíble, cuanta bronca y cuanto odio en esta mujer Arminda, tan
desalmada...!!!! Se tenía que vengar de alguna manera de que el tipo nunca le
dio bolilla, una verdadera hija de... patrón.. porque... digo yo... no se daba
cuenta que los ojos dulces del Claudio eran solamente para la Jacinta..??? O sí
lo sabía perfectamente?? y no le importaba porque ella era la hija del
patrón..??? El típico caso de esos amores locos unilaterales que se convierten
en obsesión y no soportan ser rechazados. QUE CULEBRON..!!!!! Las pasiones
humanas cuando van mal rumbeadas...!!!! ay..!!! cuánta pena me dio que lo
mataran a él...!!!!
Está precioso
escrito, me encantó...!!!!
Te pregunto
Rolando, este Wenceslao Moore es recopilador?? es una antología con varios
autores?? ESTAN PRECIOSOS ESTOS CUENTOS...!!!
Tanto "La
condena del lagunero" como éste de ahora, "La domadora", MUY
BUENOS.
Como siempre,
gracias por traerlos aquí.
Con tu permiso...
me los llevo.
Graciela.
Por: rolandomoro 08/10/2013
GRACIELA.
Siempre bromeamos
con aquello de…”Corrientes republica aparte”. De igual forma y dentro de ese
contexto….”Goya ciudad aparte”.
Los goyanos,
afirman ellos, solo son Goyanos, no son correntinos. Ciudad con rasgos
“aristocráticos” y extendida tradición entre escritores, músicos, teatros y
todo aquello que ha la cultura refiera.
Wenceslao Moore
había nacido en Reconquista (1922- Santa Fe), ciudad que se encuentra enfrente
de Goya, Paraná por medio, y había fijado domicilio en Goya en 1.952.
Periodista, escritor, historiador, autor de guiones de teatro y actividades
culturales afines a la cultura.
Mi madre con sus
noventa próximos, comenzó a transferirme su biblioteca de a poco (cinco o seis
ejemplares semanales), lo cual me atosiga pues no tengo el tiempo disponible
para leerlos a todos. Se trata de ejemplares autografiados por los autores en
tiempo que compartían reuniones de las SADE (Corrientes y Chaco), de ese modo
llegó a mis manos un ejemplar de “Ayer y Hoy en las Letras Goyanas”.
Recopilación prolija de más de cien poetas de esa ciudad, aparte de los aportes
del autor.
Wenceslao fue
amigo de mi madre y al momento de la presentación del libro en el Hotel de
Turismo de Goya, mi vieja concurrió por invitación personal del escritor.
Encontré allí,
entre cientos de poesías, por ser la forma más corriente de expresarse que
tienen los poetas, tres cuentos cortos y ningún relato. Dos de los cuales ya
fueron levantados en este foro, restándome sólo- “Mami, Jesucristo está en el
potrero”- cosa que haré en días sucesivos.
Por:
rolandomoro 08/10/2013
-ANÉCDOTA-
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Al llegar mi
madre y mi hermanito menor a Goya para la presentación del libro (1.981). Fue
recibida por una familiar lejana (esposa de Wenceslao) y departiendo en su
hogar, que estaba ubicado en una de las tradicionales casas que posee esa
localidad. Puede mi madre ver, entre otras, una planta hermosa, florida, que no
conocía. Acercándose pregunta como se llamaba y de donde venía pues nunca la
había visto anteriormente. Recibe de contestación que alguien se la había
traído desde el Paraguay.
Luego de la
presentación del libro y los agasajos correspondientes. A la mañana del otro
día y antes de emprender el regreso en su auto. Wenceslao le trae una maceta
con esa florida planta de obsequio. Al llegar a su casa con tan hermoso
vegetal, le reserva un lugar especial.
Durante un tiempo
quien llegaba a su casa, le elogiaba tan hermosa planta que permanecía en flor.
Hasta que una mañana la planta amanece mustia, en el final de su vida…. ¿Que
había pasado?
Se comunica con
el director de parques y jardines de la municipalidad, que viene solícito a ver
lo ocurrido. El funcionario saca la planta, vacía el macetero para inspeccionar
las raíces por si había sufrido el ataque de algún parasito……. ¡¡Nada todo
normal!
¿Qué podía haber
sucedido con tan hermosa planta?
Un día después
recibe el llamado telefónico desde Goya. Wenceslao había muerto por una
hemorragia masiva en el abdomen, duró sólo dos días….. ¡Como la planta!
LOS ESCRITOS DE ROLANDO
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LOS ESCRITOS DE ROLANDO
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Increible cuento. Me gustaria conocer la biografia de Clarisa Muniagurria de Minoli, porque en casa había libros de viaje de esta autora, que creo era un personaje de avanzada.
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