viernes, 11 de octubre de 2013

LA DOMADORA - ANECDOTA

LOS ESCRITOS DE ROLANDO
La Mesa del Café - La Botica renovada
publicado en la página webb TODOTANGO 


Por: rolandomoro     08/10/2013 

-LA DOMADORA-
...............................

Yo tenía toda mi fuerza en mi pelo, como Sanson.

Y era tan negro que al decir de los hombres parecía azul, como el ala del cuervo, lo llevaba suelto hasta las caderas y era mi orgullo en mis noches salvajes, cuando lo desplegaba sobre la almohada acariciándolo largamente bajo la luna.

Sí, cuando estaba desnuda me cubría con él como un manto, pero para domar mis potros y correr por la llanura lo reunía en dos trenzas que dejaba colgar a mis espaldas, atadas con un tiento de cuero. Y esta fue la causa de mi perdición.

Una siesta de viento norte corría con mi gateado por las cuchillas lejos de las casas. Sentía el abrazo ardiente de la nortada poseerme como un hombre. Corría, con los ojos cerrados, abandonando mi cuerpo al rudo y enervante placer, no advertí que mi caballo había tomado por un abra y al pasar bajo un lapacho de gruesas ramas, quedé ensartada de las trenzas.

Mi caballo siguió su carrera, y yo quedé allí, si, balanceándome en el aire como un péndulo. Colgada de las trenzas.



Mis ojos muy abiertos por la tracción, miraban hacia abajo desesperados, veían moverse el manto verde de las plantas, crepitante, indiferente. El gateado pacía a lo lejos con las riendas caídas. Y yo carecía de un lenguaje que lo hiciera compadecerse de mí.

Tuve la sensación que algo horrible estaba por suceder, las manos me colgaban impotentes por que no encontraban de qué asirse para liberar mi pelo que me sostenía del extremo ligado, duro y tenso como un bonete de alambres.

Las moscas y avispas del monte comenzaban a zumbar a mi alrededor y a cada manotazo sentía un dolor indecible en las raíces.

Comencé a gritar fuertemente al principio, después mi voz se fue debilitando hasta convertirse en un gemido: yo sabía que iba a morir allí colgada como una lonja.

El dolor se fue haciendo una cosa pareja y blanda hasta que dejé de patalear y pendí inerme. Como el cuerpo de un muerto.



A mi no me querían en la estancia. Yo era Arminda, la hija del patrón. Domaba los potros más chúcaros y no dejaba que nadie los “manoseara” antes de subirlos.

Y a Claudio, el domador a sueldo, nunca le dí el gusto de subir uno de primera mano, un poco, tal vez, por bajarle el copete, placer que duraba hasta que me encontraba nuevamente con su cara de piedra que nada decía; ni odio ni amor.

El día fue a buscarme a la estación con el coche de caballos…

Yo llegaba de la ciudad con ropas de mujer, linda y perfumada. El iba en el pescante guiándo la americana y yo me contentaba con mirar su ancha espalda y su nuca morena saliendo del pañuelo celeste. En mitad del camino en el arenal, donde los caballos marchaban al paso, hice detener el coche y me cambié junto a él.

No dijo una palabra. No se dio vuelta. Continuó viendo el camino como si yo no existiera.



Fui acercándome poco a poco, hasta sentir el calor de su cuerpo junto al mío, él se iba comprimiendo hacia el costado, tanto, que las riendas se le enredaban y los caballos salían de las huella. Yo lo miraba de soslayo, me gustaba tanto ese color suyo, de tape cobrizo, sus dientes blancos relucían bajo el bigote negro, tan negro como mi pelo, Claudio me gustaba, todo él. Y es calor que se desprendía de su cuerpo.

Pero ese calor me quemaba solo a mí. En un momento en que la rueda tomó un tacurú, el coche se inclinó con el barquinazo y yo caí sobre él, abrazándolo entero. Fue como si abrazara a un tronco de árbol. Exactamente, no me miró no dijo nada.

Yo me retiré humillada y furiosa. Y así llegamos a la estancia cuando caía la noche.

Mi amor iba creciendo como fuego en el espartillar. Pero también crecía mi odio.

Al día siguiente hubo rodeo. A la madrugada. Quien tenía la obligación de ensillar los caballos era Euclides el capataz. Pero yo mandé a Claudio a traer mi gateado del potrero. Estábamos solos en el alba. Yo y él

Cuando estuvo ensillado mi caballo le pedí que me ayudara a subir. Me miró al fin, torvamente.

-¡¡Usté no necesita ayuda pues sabe domeñar un potro mejor que un hombre!!



La sangre me subió a la cabeza y antes de que pudiese contenerme, le había cruzado la cara con el rebenque. Con la manga de la camisa él se limpió la mejilla que se le marcó con una lengua escarlata. Y me miró otra vez. Sin odio ni amor, como si mirara al vacío.

Y yo sabía que esos ojos negros sabían ser dulces,, como cuando miraban a la Jacinta, la hija del puestero del Rincón de Luna; yo hubiera dado la vida porque me miraran así.

Pero en cambio piqué las espuelas a mi gateado y salí a la carrera hacia el rodeo.

Y allí estaba ahora, colgada de los pelos. El sol le clavaba sus cuchillos de fuego. Los tábanos y avispas dejaban la lanceta en su carne desnuda. Pero ella no sentía más que el dolor y la rabia de morir sin Claudio.

Y nadie venía por el camino del abra, nadie venía en auxilio de la hija del patrón.

Ya el sol se había inclinado cegando con una luz roja y oblicua los ojos de Arminda, la voz se había extinguido en su garganta cansada de gritar, había caído en un sopor extático donde a veces alentaba la visión de su caballo llegando a la estancia con la silla vacía.



De pronto sintió el rumor de unos pasos blandos, furtivos.

Claudio estaba en la entrada del abra recortándose en rojo contra los rayos del sol. La observó, lentamente.

Ella se debatió en la esperanza, los ojos muy abiertos por el tirón de los cabellos, las piernas desnudas colgando inermes, desarticuladas.

-¡Bájame Claudio…..¿No ves que estoy enganchada?

-¡¡Bájame pronto te digo!!

El observó a su alrededor. Arminda no podía creer a sus ojos: Claudio estaba buscando donde sentarse.

Eligió el cono de un hormiguero y se sentó, con las piernas abiertas. Apoyó los codos sobre las rodillas y se puso a mirarla. Fijamente. En esos ojos anochados, que sabían ser dulces con la Jacinta pero nunca con ella, había una luz mala.

Arminda se revolvió inquieta, un terror frío la fue invadiendo llenándola toda hasta mezclarse con el dolor de los cabellos, tensos, estirados, que sostenían su vida, y la mantenían allí, inmóvil, al filo de la muerte-

-¡Oh Claudio, bájame!....¿No ves que estoy sufriendo?...¿Que esperas?

El la miraba, siempre fijamente. Ni un músculo de su cara se movía.



-Claudio, te quiero…..perdóname…pero bájame pronto…..Me muero.

En el debatirse se le había abierto la blusa, un seno aparecía, turgente y encendido por el sol. Ella no trató de cubrirse. Poco a poco fue haciéndose una luz en su cerebro turbado; Claudio no la liberaría.

En ese momento se dirigía hacia la puerta del abra.

Un alarido espantoso llenó los montes de ecos crispados; comprendió que iba a morir, él se volvería a las casas y la dejaría allí, sola con la muerte, que ya sentía nublarle los ojos, como una negación fría y gris que la iba poseyendo toda entera.

Entonces escuchó el galope del caballo. La voz de su padre fue un chorro de vida

El hombre miró el extraño espectáculo sin comprender nada.

-¡¡CLAUDIO me ha ultrajado!!....¡¡Él me ha colgado aquí!!

Sonó el balazo. Claudio cayó boca abajo apretándose el pecho. Un hilo de sangre fue corriendo lentamente sobre la tierra desnuda, de donde comenzaban a salir las hormigas.



LA DOMADORA
*Clarisa Muniagurria de Minoli*



(Del libro “Ayer y Hoy en las Letras Goyanas” 
de Wenceslao Moore)
..................................................



Por: unicabettyboop  08/10/2013



hummm...!!! qué historia tremenda...!!!! qué despecho increíble, cuanta bronca y cuanto odio en esta mujer Arminda, tan desalmada...!!!! Se tenía que vengar de alguna manera de que el tipo nunca le dio bolilla, una verdadera hija de... patrón.. porque... digo yo... no se daba cuenta que los ojos dulces del Claudio eran solamente para la Jacinta..??? O sí lo sabía perfectamente?? y no le importaba porque ella era la hija del patrón..??? El típico caso de esos amores locos unilaterales que se convierten en obsesión y no soportan ser rechazados. QUE CULEBRON..!!!!! Las pasiones humanas cuando van mal rumbeadas...!!!! ay..!!! cuánta pena me dio que lo mataran a él...!!!!

Está precioso escrito, me encantó...!!!!

Te pregunto Rolando, este Wenceslao Moore es recopilador?? es una antología con varios autores?? ESTAN PRECIOSOS ESTOS CUENTOS...!!!

Tanto "La condena del lagunero" como éste de ahora, "La domadora", MUY BUENOS.

Como siempre, gracias por traerlos aquí.

Con tu permiso... me los llevo.

Graciela.





Por: rolandomoro   08/10/2013

GRACIELA.

Siempre bromeamos con aquello de…”Corrientes republica aparte”. De igual forma y dentro de ese contexto….”Goya ciudad aparte”.

Los goyanos, afirman ellos, solo son Goyanos, no son correntinos. Ciudad con rasgos “aristocráticos” y extendida tradición entre escritores, músicos, teatros y todo aquello que ha la cultura refiera.

Wenceslao Moore había nacido en Reconquista (1922- Santa Fe), ciudad que se encuentra enfrente de Goya, Paraná por medio, y había fijado domicilio en Goya en 1.952. Periodista, escritor, historiador, autor de guiones de teatro y actividades culturales afines a la cultura.

Mi madre con sus noventa próximos, comenzó a transferirme su biblioteca de a poco (cinco o seis ejemplares semanales), lo cual me atosiga pues no tengo el tiempo disponible para leerlos a todos. Se trata de ejemplares autografiados por los autores en tiempo que compartían reuniones de las SADE (Corrientes y Chaco), de ese modo llegó a mis manos un ejemplar de “Ayer y Hoy en las Letras Goyanas”. Recopilación prolija de más de cien poetas de esa ciudad, aparte de los aportes del autor.

Wenceslao fue amigo de mi madre y al momento de la presentación del libro en el Hotel de Turismo de Goya, mi vieja concurrió por invitación personal del escritor.


Encontré allí, entre cientos de poesías, por ser la forma más corriente de expresarse que tienen los poetas, tres cuentos cortos y ningún relato. Dos de los cuales ya fueron levantados en este foro, restándome sólo- “Mami, Jesucristo está en el potrero”- cosa que haré en días sucesivos.




Por: rolandomoro   08/10/2013

-ANÉCDOTA-
.........................

Al llegar mi madre y mi hermanito menor a Goya para la presentación del libro (1.981). Fue recibida por una familiar lejana (esposa de Wenceslao) y departiendo en su hogar, que estaba ubicado en una de las tradicionales casas que posee esa localidad. Puede mi madre ver, entre otras, una planta hermosa, florida, que no conocía. Acercándose pregunta como se llamaba y de donde venía pues nunca la había visto anteriormente. Recibe de contestación que alguien se la había traído desde el Paraguay.

Luego de la presentación del libro y los agasajos correspondientes. A la mañana del otro día y antes de emprender el regreso en su auto. Wenceslao le trae una maceta con esa florida planta de obsequio. Al llegar a su casa con tan hermoso vegetal, le reserva un lugar especial.

Durante un tiempo quien llegaba a su casa, le elogiaba tan hermosa planta que permanecía en flor. Hasta que una mañana la planta amanece mustia, en el final de su vida…. ¿Que había pasado?

Se comunica con el director de parques y jardines de la municipalidad, que viene solícito a ver lo ocurrido. El funcionario saca la planta, vacía el macetero para inspeccionar las raíces por si había sufrido el ataque de algún parasito……. ¡¡Nada todo normal!

¿Qué podía haber sucedido con tan hermosa planta?

Un día después recibe el llamado telefónico desde Goya. Wenceslao había muerto por una hemorragia masiva en el abdomen, duró sólo dos días….. ¡Como la planta!



LOS ESCRITOS DE ROLANDO
La Mesa del Café - La Botica renovada
publicado en la página webb TODOTANGO  ......................................................................

1 comentario:

  1. Increible cuento. Me gustaria conocer la biografia de Clarisa Muniagurria de Minoli, porque en casa había libros de viaje de esta autora, que creo era un personaje de avanzada.

    ResponderEliminar