Reportaje al bandoneonista Guillermo Uría
(16 de abril de
1916 – 28 de agosto de 1992)
Nombre completo:
Guillermo Ramos Uría Ugarte
Por Oscar Zucchi
Falleció en Alberdi, su barrio natal, el último de los
grandes fueyeros rosarinos de la década del cuarenta, tras los crueles embates
de una enfermedad incurable. Junto a Julio Ahumada, Deolindo Casaux y Antonio
Ríos conformaron la esplendorosa tetralogía surgida en aquella época, de la
ciudad de Rosario.
Guillermo Uría
Se destacó sobre todo en la faz de intérprete, tarea en la
que demostró su cabal conocimiento del instrumento que lo consagró como uno de
los más notables ejecutantes, poseedor de un depurado tecnicismo y a la vez una
gran expresividad, propenso a la ejecución ligada. Fue un magnífico fraseador,
dueño además de uno de los más hermosos sonidos bandoneonísticos que se hayan
escuchado, y su estilo solvente y aquietado, contó con ricas armonizaciones,
pero prevaleciendo siempre la claridad de sus ideas, dejando que la melodía
surgiera con fluidez y con toda la belleza que le pergeñó el autor.
Manejaba con maestría la técnica de tocar abriendo y
cerrando, sin perder la calidad de su sonido y aprovechando todos los sutiles
matices que brinda esta última operación, algo que la mayoría de las nuevas
promociones parecieran querer soslayar. Como solista evidenció excepcionales
condiciones, siendo en este aspecto representativo sus trabajos sobre arreglos
propios del tango “Recuerdo”, o el realizado en el vals de “Sueño de juventud”.
Extraordinario amigo, exhumo el reportaje que le hiciera al
querido Vasco en 1974.
«Mi inclinación por la música se manifestó muy
tempranamente, después de los primeros conciertos de armónica, comencé a pulsar
la guitarra, todo de oreja. Ya más grande, empecé a estudiar violín,
instrumento que me gustaba, pero después de varios años abandoné, iba a dar mis
lecciones sin mirar los libros. Llevaba siete años estudiando música.
«En 1932 a mi hermano mayor se le ocurrió estudiar el
bandoneón y se inició con la teoría y el solfeo —con mucho entusiasmo—, con el
maestro Juan Rezzano y, a la semana, se apareció con un flamante “doble A”, el
atril, el banquito para apoyar los pies y el método de estudio de Ricardo
Brignolo, todo por trescientos pesos. Pero se dio cuenta que por su negocio no
le quedaría tiempo para el estudio.
«Mientras tanto, yo había empezado a orejear algunas
melodías y él, al notar mi facilidad y entusiasmo, me hizo el pase y me aparecí
en lo de Rezzano en su lugar. El autor de “Duelo criollo” recibía el pago de
sus clases gracias a mi hermano que me obsequió el dinero. Empecé a darle con
todo, me parecía tener una orquesta en mis manos. Qué diferencia con los solos
de violín. Rezzano trascendió mucho más como compositor y profesor que como
intérprete y director. Lo mismo ocurrió en Rosario con Abel Bedrune que tuvo
como discípulos a Julio Ahumada, Antonio Ríos y otros.
«En 1933, fue el debut profesional, con un trío de barrio
que conocí en un casamiento y que conmigo se transformó en cuarteto. Batería,
violín y dos bandoneones. Me prometieron que en pocos días mi nombre estaría
inscripto en la batería, y así fue. “Uría-Pascual, Típica y Jazz”. Cinco pesos
cobré por el debut. Recorrimos varios salones ya con piano y saxofón.
«Luego, la presentación en Radio LT3, pero en la orquesta de
mi maestro Rezzano. Primero en Rosario y, a continuación, a Buenos Aires. Junto
a mí estaban Deolindo Casaux y Antonio Ríos. No tuvimos suerte y pasamos a la
orquesta de Cayetano Puglisi. Trabajamos un tiempo en un cabaret de la calle
Florida cercano a la Plaza San Martín y luego, en un subsuelo en Diagonal
Norte. Tras un año, el retorno a Rosario.
«Y en 1941, vuelta a Buenos Aires con la orquesta de Abel
Bedrune para actuar en Radio Belgrano. La fila de “fueyes” era con Lucio Di
Filippo, Adolfo Galesio, Domingo Mattio y yo. Al año siguiente, formé parte del
conjunto de Alberto Soifer, con José Basso (piano), Bernardo Stalman, Alberto
del Mónaco y otros dos que no recuerdo (violines). La línea de “fueyeros” con
Ahumada, Héctor Presas, Miguel Quartucci y yo. El cantor, entonces de gran
éxito, Roberto Quiroga. Hicimos Radio El Mundo, en “Ronda de Ases” desde el
Teatro Casino de la calle Maipú, y unas pocas grabaciones para el sello Víctor.
«Alrededor de 1944, se formó una gran orquesta para
acompañar a Roberto Rufino que quería proseguir como cantor solista. Con Atilio
Bruni (piano y dirección); José Dames, Domingo Larrosa, Armando Rodríguez, Juan
Carlos Correa y yo (bandoneones); Claudio González, José Sarmiento, Pedro
Aguilar, David Abramsky (violines) y Rafael Del Bagno (contrabajo). El debut en
el Palermo Palace fue una bomba, lo seguían mucho al “Pibe”, también el Cabaret
Reverie, de Maipú y Lavalle, y Radio Belgrano.
«El mismo año integré el conjunto de Antonio Rodio, en su
última etapa. Allí tuve de colegas de instrumento a Ernesto “Tití” Rossi y
Atilio Corral. Con ellos actuamos en Radio El Mundo y en la boite Tibidabo. De
1945 a 1947, en el Bar Ebro, con las orquestas de Francisco Grillo y de Argentino
Galván.
«A fines de 1947, llegó el sueño de conocer la tierra de mis
padres, España. Fue con Francisco Lomuto. Estaba Juan Carlos Howard (piano), el
cantor Alberto Rivera y la cancionista Chola Luna. De 1948 a 1950, trabajé con
Joaquín Do Reyes. Allí, con mi amigo inseparable “El Japonés” Armando
Rodríguez, también Máximo Mori, Elvino Vardaro y los hermanos Guisado. De los
varios cantores recuerdo a Horacio Deval y a Hugo Soler. En la época del 40 y
parte de los 50, no faltaba nunca trabajo y, sinceramente, me gustaría volver a
vivirla».
fuente: TODOTANGO.
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