Un día como hoy... 19 de octubre... pero de 1928... nacía
el personaje del cacique tehuelche
PATORUZÚ.
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Dante Quinterno
en 1937, posando con un muñeco de Patoruzú y uno de Upa.
Primera aparición: 1928
Creador: Dante Quinterno
Información
Nombre original: Curugua Curuguagüigua
Raza tehuelche
Sexo masculino
Color de pelo negro
Ocupación estanciero, dueño de campos
Padres: Patoruzek y Patora la Tuerta
Familiares: Upa y Patora (hermanos)
Patoruzú, creado
por Dante Quinterno en 1928, es uno de los personajes más importantes e
influyentes de la historieta argentina. Nacido como personaje secundario en dos
tiras cómicas de corta vida, el cacique Patoruzú —el último de los tehuelches,
a los que los conquistadores españoles habían visto en su momento como gigantes
dotados de fuerza prodigiosa— obtuvo en poco tiempo su propia historieta, que
daría origen a la revista homónima, uno de los grandes hitos del humor gráfico
en Argentina.
Quinterno dibujó
historias originales intermitentemente durante casi cuarenta años, y las
reimpresiones fueron numerosas. Desde los años '40 y años '50 del siglo XX se
transformó en uno de los íconos de la cultura popular argentina.
La identidad de
Patoruzú sufrió varios retoques durante los primeros años. Comenzó como un
personaje humilde, taciturno e ignorante, a cargo de un tutor porteño de más
educación; las historietas iniciales emplearon este contraste para destacar la
paralela diferencia de actitudes entre el malicioso tutor, que daría
eventualmente lugar a otro personaje duradero, Isidoro Cañones, y el bondadoso e
ingenuo aprendiz tehuelche. Sin perder la esquemática contraposición moral,
Quinterno retocaría posteriormente la historia, transformando a Patoruzú en un
poderoso aunque benévolo estanciero. Su generosidad con el dinero y la avaricia
de los malvados sería las más de las veces el eje de la dinámica de las
historias. Desde el comienzo contó con una fuerza prodigiosa, que se
complementaría en el transcurso de su evolución con otros sentidos y
habilidades sobrehumanos, en especial la fiereza, super velocidad y el olfato.
La representación
ingenua de la condición de indígena, su nacionalismo a ultranza y el patente
racismo que manifestaban los escasos personajes extranjeros han suscitado
críticas a la historieta; se ha criticado también la simpleza de su trama, y el
recurso estereotipado de la fuerza y el dinero como solución a los problemas.
Por ello, se lo ha visto en ocasiones próximo a los ideales de los gobiernos
militares, desde las tiras de 1930 —que ambiguamente elogiaban el golpe del
general José Félix Uriburu contra el gobierno constitucional de Hipólito
Yrigoyen— hasta la años setenta —cuando la sangrienta dictadura argentina
(1976-1983) lo tomara como mascota patria. En los últimos años, sin embargo, se
ha revisto con buenos ojos su influencia sobre la historieta nacional, y la
elegante simplicidad de su dibujo.
Historia
Origen
Dante Quinterno
introdujo por primera vez al futuro Patoruzú en una tira publicada en el diario
Crítica, llamada Las aventuras de don Gil Contento, anteriormente Un porteño
optimista, cuyo protagonista era el personaje homónimo; Quinterno había
anunciado su llegada durante dos días mediante avisos publicados junto a la
tira, que rezaban:
«Don Gil Contento
adoptará al indio [sic] Curugua-Curiguagüigua». El director del diario, Carlos
Muzio Sáenz Peña, parece haber sido quien le sugirió que cambiara el nombre por
otro más eufónico; su comentario de que «debía ser algo criollo y pegadizo,
como la pasta de orozuz» (un dulce popular en la época) dio origen al nombre
definitivo.2 En la tira, el cambio lo explicó el mismo Gil Contento, quien dijo
a Patoruzú que lo rebautizaría «porque su nombre le descoyuntaba las mandíbulas».
En la que sería
la única aparición de Patoruzú en Crítica, éste llegaba de la Patagonia
acompañado de un ñandú, Carmela; la presencia en Buenos Aires del «último de
los tehuelches gigantes» se explicaba por la defunción de su tutor y patrón, el
tío de Don Gil, quien lo cedía a título póstumo a éste. Poco pudo desarrollarse
de la historia, dado lo efímero de la tira, pero este primer episodio
anticipaba mucho de la trama venidera. Patoruzú era ya idiosincrático, ingenuo
y noble; Don Gil dedica la mayor parte de las 17 viñetas de este primer número
a explicarle el funcionamiento de la luz eléctrica, el transporte público y los
modales en la mesa, pero —al enterarse de que Patoruzú posee, además de su
mascota, una bolsa con monedas de oro— intenta quedarse con ellas, explicándole
que en Buenos Aires «no sirven para nada». Fallido su intento, se lamenta de
que el oro esté en manos de semejante ignorante; anticipa así las andanzas de
Isidoro Cañones, padrino del tehuelche en su versión definitiva, que constantemente
intenta aprovechar la generosidad de éste para financiar sus juergas.
Don Julián de
Monte Pío
Tras su
alejamiento de Crítica, Quinterno dejó de lado por un tiempo al personaje, y
retomó la figura del porteño tramposo, fanfarrón y aprovechador con Julián de
Montepío, un playboy de buena vida y fondos perpetuamente insuficientes, a
quien acompañaron su novia (Lolita) y un valet (Cocoa) durante un par de años
en la última página de La Razón. En septiembre de 1930 retoma, repitiéndola
casi cuadro por cuadro, la historia de Patoruzú y don Gil; el indígena viene
ahora a Buenos Aires enviado por el difunto Rudecindo, tío de Julián, y
nuevamente en compañía de un ñandú. Cambia el sexo de éste —ahora es macho, y
se apellida «Lorenzo»—, pero sobre todo la identidad de su amo; Patoruzú,
aunque tutelado por Rudecindo, era el último vástago de los caciques
tehuelches, y fabulosamente rico. Una carta de su tío explica la situación a
Julián:
[...] "un indio güenazo, hijo de un
difunto cacique tehuelche amigo mío, pa' que lo sigas apadrinando... Tratalo
como a un hermano y civilizalo, si podés. Tené en cuenta que es un indio
jovencito y muy rico, hablando en plata."
Porta su fortuna
en forma de pepitas de oro, que suscitan la codicia de Julián y desarrollan una
trama casi idéntica a la original. Esta vez, el encargado de proteger a
Patoruzú de la maldad de su padrino es un peón de la estancia, aparecido
imprevistamente, que le explica la treta de Julián, quien le había hecho creer
que las pepitas estaban embrujadas.
La historieta
tuvo mejor fortuna que su predecesora, y Patoruzú formaría parte del elenco de
Julián... durante más de un año, cobrando cada vez más protagonismo. El 11 de
diciembre de 1931 pasa a encabezar la tira, que cambia de nombre. Aún no es el
Patoruzú que pasará a la historia; ya no lo acompaña Lorenzo, que perdió la
vida asado accidentalmente en una rotisería, pero su figura sigue aproximándose
más a la gruesa y desgarbada de las primeras imágenes que al delgado y erguido
tehuelche de años posteriores.
Cuestiones de
derechos
En 1933 Quinterno
viajó a los Estados Unidos por negocios; trabó contacto con los Estudios
Disney, con los que colaboraría más tarde, y conoció el sistema de sindicación
de los dibujantes que dominaba el mercado estadounidense de tiras diarias. Esto
lo movió a fundar su propio sindicato, con la intención de proteger a Patoruzú
y la otra tira que desarrollaba paralelamente, Isidoro Batacazo, las
desventuras de un tímido empleado de oficina aficionado a las carreras de
caballos, que acompañaba las páginas de hípica del diario El Mundo. La Razón no
vio de buen grado las exigencias de Quinterno sobre la propiedad intelectual de
sus obras; en diciembre de 1935 éste abandonó la publicación, llevando a
Patoruzú a las páginas de El Mundo. Quedaban sólo las tiras viejas de Julián de
Montepío reimprimiéndose en La Razón como único recuerdo.
Patoruzú desplazó
a Isidoro, pero el ingenio de Quinterno recuperó la figura de éste,
combinándola con Julián y dando así origen a otro de sus personajes más
duraderos. A través de Isidoro, Quinterno reelaboró por segunda y última vez el
origen de Patoruzú; éste aparece como espectador en el circo que dirige
Isidoro, y provoca una enorme conmoción al vencer con su fuerza sobrenatural al
luchador gitano Juaniyo. Isidoro —aprovechador y bon vivant, pero noble en el
fondo— se encariña con el tehuelche y lo apadrina. La historia cambiaría así de
carácter, apartándose del humor autocontenido para desarrollar historias
seriadas a través de múltiples episodios. La fisonomía de Patoruzú se
consolida, y comienzan a aparecer otras figuras recurrentes; en 1937 se revela
su carácter de poderoso estanciero cuando el encargado de sus posesiones,
Ñancul, se acerca a Buenos Aires para notificarle las andanzas de Upa, su hermano
menor, un coloso deforme y de pocas luces. Al año siguiente se vería por
primera vez a Pampero, su feroz caballo, cuya doma insumió a Patoruzú dos días
con sus noches, y a la malhumorada y autoritaria Chacha, ama de crianza de
Patoruzú, que comparte con Ñancul la administración de las posesiones del
estanciero. A esta altura Isidoro ya había obtenido su apellido, Cañones, y su
tío, el coronel, un aristócrata conservador y reticente.
Una estrella con
luz propia
Para 1936 la
popularidad de la tira era inmensa. Se publicaron los primeros números en color
en el semanario Mundo argentino, que le dedicaba una página en cada número, y
numerosos periódicos del interior del país comenzaron a publicar la serie. Una
nueva revista se centró en la figura del cacique: el semanario humorístico
epónimo, aparecido por primera vez el 12 de noviembre de ese año; comenzó
recopilando historietas anteriores, antes de convertirse en una publicación
general que acogía otras historietas, humor escrito y comentarios de actualidad
en tono jocoso. El volumen de trabajo superó a Quinterno, y un equipo de
artistas bajo su dirección se encargó del dibujo y coloreado de las
historietas. Nacida como mensual, duplicó rápidamente su frecuencia de
publicación, y pocos meses más tarde se editaba semanalmente. Con una tirada de
hasta 300 000 ejemplares, constituía una de las más importantes publicaciones
del mercado nacional. Para fin de 1937 se publicó el primer Libro de Oro de
Patoruzú, una gruesa recopilación que pasaría a formar parte de los ritos
navideños durante muchos años.
El sindicato de
Quinterno abordó, inspirado en sus homólogos estadounidenses, la
comercialización de licencias publicitarias de la figura de Patoruzú; apareció
en almanaques, juguetes, muñecos y seriales radiofónicos. En 1942 Quinterno
licenció la producción de un cortometraje de 15 minutos, Upa en apuros;
dirigido por el chileno Tito Davison —un viejo puntal de la Metro Goldwyn Mayer
que había coguionado Hay que educar a Niní— y dibujado por el excelente Oscar Blottita
Blotta, el corto estaba dotado de una animación elegante y refinada. En él,
Patoruzú rescataba a Upa de su viejo adversario, el gitano Juaniyo. Entre 1941
y 1948 la tira se publicó en versión inglesa en el neoyorquino P. M., y en 1946
aparecieron dos números de The adventures of Patoruzú, editados por Green
Publishing. A partir de 1945, las aventuras infantiles del estanciero tehuelche
—no siempre coherentes con la versión de los hechos que aparecería en la
publicación clásica— cobraron un espacio propio con la publicación de
Patoruzito, en la que aparecían también Isidorito Cañones y Pamperito.
El 16 de octubre
de 1956 comienzan a recopilarse las historias ya aparecidas en Las grandes
andanzas del indio Patoruzú, cambiado y abreviado luego a Andanzas de Patoruzú.
Originalmente mensual, se publicó luego quincenalmente, incluyendo episodios
inéditos a partir de 1961. En estas obras, algunas dibujadas y guionadas por el
mismo Quinterno, se dio un nuevo perfil físico e intelectual a Upa. Son estos
los años de mayor éxito del personaje; en los años sesenta el semanario, que
contaba entre otros con Blotta, Adolfo Mazone y Conrado Nalé Roxlo en su
plantilla, adoptó un formato más convencional de tabloide.
Actualidad
Espaciándose cada
vez más las historias originales, su publicación duraría hasta abril de 1977,
cuando apareció el n.º 2045 (el Libro de Oro sobreviviría un poco más, hasta
1984). Desde entonces, lo que sigue publicándose son reimpresiones con sutiles
cambios -con la frase Selección de las mejores- que continuaron con el
personaje hasta la actualidad en Andanzas (y su paralelo Correrías de
Patoruzito) que continuaron con el personaje.
Sus apariciones
televisivas o gráficas fuera de la historieta fueron escasas pero importantes
en esta época; el Proceso de Reorganización Nacional lo adoptó en su gráfica.
En la década de los '80 un corto de animación en el que aparecían brevemente
Patoruzito y Pampero apareció en televisión para indicar el fin del horario de
protección al menor en la programación televisiva. En 1992, irónicamente, el
tehuelche Patoruzú fue la mascota oficial de la conmemoración de los 500 años
de la conquista de América.
Quinterno murió
en 2003, pero hoy en día siguen publicándose reediciones de historietas
pasadas, con pequeñas adaptaciones de moneda o personajes famosos, aunque en la
vestimenta y la forma de los coches se nota que la acción transcurre en la
década de 1970. Si bien el personaje no goza de la popularidad de antaño, el
cacique sigue siendo uno de los máximos protagonistas de las historietas
argentinas; a diferencia de sus dos principales competidores, Mafalda y
Clemente, el haber sido publicado de manera independiente ha favorecido su
difusión. Tampoco ningún otro personaje de historieta moderno (como El
Eternauta o El cazador) goza de una fama superior a la de Patoruzú.
En el año 2003
tuvo gran éxito en el país una película animada argentina basada en Patoruzito.
Su secuela vio la luz en 2006.
En noviembre de
2008 comenzó una muestra en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori de
Buenos Aires titulada Patoruzú: Una revista, una época, organizada por el Museo
del Dibujo y la Ilustración.
Iconografía
En Rosario,
Argentina, el 26 de noviembre de 1932 se inaugura un busto de Patoruzú, en el
desaparecido club Patoruzú Fútbol Club (P.F.C., Campo de Deportes: Mendoza
esquina Brasil), obra del escultor Erminio Blotta (1892-1976). También en la
ciudad de La Plata hay un monumento a Patoruzú en la República de los Niños,
junto al de Mafalda, otra grande de la historieta argentina.
Personajes
Patoruzú
Héroe epónimo, la
gráfica varió con la evolución de la personalidad de Patoruzú durante el primer
decenio de su publicación. Del formato encorvado y corpulento en las primeras
tiras adoptaría progresivamente una figura delgada, musculosa y erguida; el
trazo de la caricatura recuerda en algunos aspectos a Popeye el marino, con
quien comparte el húmero protuberante en la articulación del codo, los fuertes
antebrazos y los pies sobredimensionados.
Imagen de los
tehuelches históricos; sólo el cabello largo y la vincha recuerdan a ellos en
Patoruzú.
Los rasgos
caricaturescos hacen que el origen tehuelche de Patoruzú se exprese sobre todo
en su indumentaria; viste invariablemente un poncho de color amarillo,
pantalones arremangados en la botamanga, ojotas y una vincha con una pluma
recogiendo la recia cabellera negra, larga hasta los hombros. De su cinto
penden un par de boleadoras, que emplea con destreza. El distintivo familiar
son los superdesarrollados pulgares de los pies y una enorme nariz, fuente de
constantes bromas; convencido de su fealdad, Patoruzú se ve fácilmente
desarmado ante los personajes femeninos.
Es poseedor de
una fuerza y agilidad sobrenaturales, explicadas contradictoria e
independientemente como herencia familiar, el resultado de una privilegiada
alimentación infantil o, de acuerdo al propio Patoruzú, efecto de un saludable
régimen de baños termales. Patoruzú resuelve con frecuencia sus problemas
acudiendo a la pura fuerza física (es capaz de correr cargando un automóvil,
frenar un camión en marcha con el pie, detener una avioneta a punto de
estrellarse, frenar latigazos con su pecho, romper cuchillos con la palma de su
mano e incluso frenar disparos, sin recibir daño alguno). Es capaz también de
correr a enormes velocidades —se lo ha visto patear un centro y cabecearlo él
mismo en un partido de fútbol— y cuenta con un prodigioso sentido de la
orientación, y un olfato de agudeza animal. Gracias a ello, se arroja impulsiva
y descuidadamente en el peligro, y sale airoso la mayoría de las veces.
Definitoria desde
sus inicios es la ingenuidad de Patoruzú, criado en la Patagonia al abrigo de
las sofisticadas tentaciones de la gran ciudad; riquísimo, pone su fortuna al
servicio de quien la necesite —sin que esto produzca jamás mella alguna en su
importe— y es por lo tanto blanco de toda clase de estafadores y tramposo que
intentan abusar de ello. Tan sobrenatural como su fuerza es su integridad;
aunque tarde en percibir los engaños, una vez descubiertos persigue a los
culpables con una intensidad avasallante, y coopera con frecuencia con la
policía.
Aunque las
historias iniciales diesen otra versión, en la definitiva Patoruzú posee
estancias de incalculable extensión en la Patagonia; divide su tiempo entre
ellas y su vivienda porteña, a la que se ve atado por su sentido de la
responsabilidad hacia su padrino Isidoro. La singular circunstancia de que un
tehuelche —una etnia virtualmente exterminada por la Campaña del Desierto
emprendida a fines del siglo XIX por el general Julio Argentino Roca, que los
privó de sus tierras— sea a la vez un rico estanciero carece de explicación en
la historia. Quinterno, reticente a las entrevistas, sólo explicó en 1931 que:
"Después de haber estudiado la
psicología de los indios [sic] que sobreviven en el país (...) me interesó
especialmente el más bonachón e ingenuo. Pero es la auténtica personificación
del valor, simboliza cuanto de excelso puede contener el alma humana, y en él
se conjugan todas las virtudes inalcanzables para el común de los mortales. Es
el hombre perfecto dentro de la imperfección humana"
Entrevista a Dante Quinterno, revista
Aconcagua
Así como la condición
indígena de Patoruzú es sólo un ardid retórico para oponer lo autóctono a lo
extranjero —Quinterno era un férreo conservador, opuesto a los movimientos
sociales que la inmigración había importado a comienzos del siglo XX—, tampoco
cala muy hondo en su linaje. En una historieta de 1936, El Águila de Oro,
recogida luego en el tercer volumen de las Andanzas, se revela que Patoruzú es
el último descendiente de la dinastía de los Patoruzek, una dinastía faraónica
egipcia llegada a América en la época precolombina. Patoruzek I y Patora la
Tuerta, princesa de Napata, de origen atlante serían sus remotos ancestros,
transmitiéndose sus nombres de generación en generación.
El argot de
Patoruzú es uno de sus rasgos más distintivamente campesinos, y se aparta marcadamente
del estándar rioplatense. No es, sin embargo, particularmente realista; toma
sus términos indistintamente del norte, el oeste y el sur del país, y en
algunos casos hasta del lunfardo traído a Buenos Aires por los inmigrantes.
Entre los más conocidos de sus términos se encuentran:
¡Ahijuna!
Interjección que apocopa ¡Ah, hijo de
una...! sobreentendiéndose el insulto a la madre. La elisión de la /d/ y la
desaparición del hiato son típicas del habla del interior de la Argentina,
donde la influencia de los dialectos peninsulares ha sido más perdurable que en
el habla porteña.
Amalaya
del quechua ‘quiera Dios’ o ‘así sea’. En
el peculiar dialecto de Patoruzú, se usa para denotar sorpresa.
Canejo
en lunfardo, deformación eufemística de
«carajo».
Chei
del mapudungun che, ‘gente’, el mismo
origen que el lunfardo «che».
Conchabo
arcaísmo del español americano, ‘acordar,
especialmente en secreto’. En Argentina tiene a veces el uso de concertar un
trabajo. Posiblemente proviene del latín conclavari, ‘encerrarse bajo llave».
Fiero
feo. Metaplasmo que une la fealdad con la
fiereza de la bestia salvaje.
Gurí, gurisa
del guaraní, ‘niño’ o ‘joven’.
¡Huija!
interjección de origen desconocido,
empleada para arrear el ganado. Patoruzú la usa como exclamación de alegría.
Jue' pucha
Apócope de ‘hijo de pucha’, mostrando la misma tendencia antihiática ya
mencionada.
Mandinga
uno de los pocos vocablos de origen
africano constatado en el lunfardo, los malé o mandinga eran una tribu sudanesa
apreciada por los tratantes de esclavos por su fiereza y fuerza física. Con
mezclados admiración y desprecio, el lunfardo usa su nombre para mentar al
diablo.
Patacones
arcaísmo por dinero; era el nombre de la
moneda de plata de una onza en la época colonial.
Po
apócope de ‘pues’, usado como muletilla,
una práctica frecuente en el español patagónico y chileno.
Sotreta
‘bribón’ o ‘rufián’, por extensión de su
sentido original de caballo inútil o de mala intención.
Tata
‘Padre’, del quechua.
Isidoro Cañones
Último vestigio
de la dependencia inicial de Patoruzú de Gil Contento y Julián de Montepío,
Isidoro Cañones es el otro personaje de duradera fama creado por Quinterno.
Padrino de Patoruzú —en un sentido figurado, probablemente, ya que parece menor
que el tehuelche— aparece por primera vez como propietario de un circo, donde
Patoruzú derrota a su luchador estrella. Con el correr del tiempo, se fijará su
identidad; Isidoro es la contraparte urbana, sibarita y holgazana del
estanciero tehuelche bonachón e íntegro, y las tretas que elabora para vivir de
su fortuna son uno de los principales motores del desarrollo dramático.
Aunque no son
desdeñables las diferencias entre el Isidoro que acompaña a Patoruzú y el que
lograría eventualmente una tira propia —Locuras de Isidoro—, el núcleo del
personaje es el mismo. Isidoro Cañones es un joven de buena familia, sobrino
del aristocrático coronel Urbano Cañones, en cuya mansión vive haciendo lo
posible por evitar conseguir un empleo estable y mantener sin embargo su lujoso
tren de vida. Vestido con la mayor elegancia —traje, camisa y corbata o,
escandaloso modernismo para la época, polera— el cabello rigurosamente
engominado y la nariz y las mejillas siempre enrojecidas por el alcohol,
Isidoro intenta sufragar sus gastos descubriendo la manera de hacer saltar la
banca en los casinos marplatenses o el hipódromo de Palermo. La fortuna de su
tío —en las Locuras— o la de Patoruzú —en las Andanzas— son el fondo al que
acude para costear sus infructuosos intentos.
Moralmente, Isidoro
es radicalmente opuesto al estanciero; no sólo es haragán y vividor, sino
además miedoso a más no poder, enclenque y desconfiado. En humorística
antífrasis, los intentos de su ahijado por lograr que Isidoro tome el buen
camino son tan insistentes como estériles; sin embargo, su suspicacia y
mundanidad desvelan las más de las veces las trampas en las que, sin él, el
estanciero hubiera caído. Es célebre su odio hacia Patora, la hermana de
Patoruzú, de cuyos requerimientos amorosos escapa constantemente.
En 1968, Isidoro
tuvo su propia revista; la iniciativa fue del grupo de colaboradores que
integraban Tomás Sanz, Tulio Lovato, Mariano Juliá y Jorge Faruk Palacio, que
debieron vencer la reticencia inicial de Quinterno. En ella, al coronel Cañones
se sumó un círculo de elegantes militares alegóricamente nombrados —el capitán
Metralla, el general Bazooka— y sobre todo la sobrina de este último, apodada
Cachorra, compañera de Isidoro en sus más alocadas aventuras. Se incorporó
también el valet Manuel, que defendía a Isidoro de las iras de su tío. El
Isidoro de las Locuras es más exitoso y gentil, aunque no más honrado, que el
que acompañaba a Patoruzú; su descripción de la vida de la elite porteña —las
boîtes espejadas y tapizadas de imitación de leopardo, cuyo paradigma era la
histórica Mau Mau, el scotch importado, las escapadas a Mar del Plata o
excepcionalmente a Europa, las fiestas en casa de smoking y corbata de moño— ha
envejecido tanto o más que cualquier otro referente de la historieta, pero constituye
un documento histórico singular.
Patoruzito
La versión
infantil del personaje apareció en escena a finales de 1945, con su propia
revista, orientada a un público paralelamente más joven que el de Patoruzú.
Violando el canon que los primeros números de la versión adulta habían
establecido, en Patoruzito el joven tehuelche habita en su estancia patagónica,
acompañado de la versión también infantil de Isidoro.
La gráfica de la
serie siguió la línea marcada por Quinterno, pero éste raramente lo dibujó, salvo
en las atractivas y coloridas portadas. El desarrollo del personaje
correspondió al binomio formado por el dibujante Tulio Lovato y el guionista
Mirco Repetto, responsables también de otras de las historietas de la revista.
Vestido igual que en su versión adulta, Patoruzito carece sin embargo de la
desmesurada nariz de éste, y comparte sólo a medias su carácter; es fuerte,
arrojado y generoso, pero mucho más ingenioso y astuto que su contraparte. Las
tramas se ajustaban a este cambio; se centraban en la defensa que Patoruzito
hacía de las tierras heredadas de los Patoruzek, frente a una variada cohorte
de estafadores y ladrones. La figura de Isidorito tenía también, en
consecuencia, otra función; no aconseja a Patoruzito desde su desconfianza,
sino que lo mete en problemas por su cobardía, vanidad y egoísmo. Anticipa, eso
sí, los vicios de bon vivant de su versión adulta, aficionado desde temprano al
tabaco, el alcohol y el juego.
En un entorno
limitado a la Patagonia, muchos de los personajes de la tira principal aparecen
también en esta; Upa, como bebé, figura ocasionalmente, y tanto Ñancul como la
Chacha están ya al frente de la estancia. Urbano Cañones —aún capitán, y en
servicio activo— hace a veces su aparición, vistiendo un anticuado uniforme con
un diseño anterior a la Primera Guerra Mundial. Los anacronismos son sin
embargo frecuentes, con aviones de pasajeros y otros artefactos modernos
adornando las páginas de la revista. El medio de locomoción preferido por
Patoruzito es, sin embargo, Pamperito, reducido en años pero no en fiereza.
Propios en
exclusiva de esta versión son los dos recurrentes villanos, el tramposo brujo
Chiquizuel —otro nativo, ladino y esquivo, que codicia las tierras de los
Patoruzek— y su nieto Chupamiel, un niño inútil y holgazán para el que el viejo
quiere el cacicazgo de estos.
Las historietas
de Patoruzito ocupaban la página central de la revista, acabando
invariablemente con una situación de suspenso y la leyenda «Continuará», según
el molde de las series estadounidenses. A partir de 1957 comenzaron a recogerse
en el mensuario Correrías de Patoruzito, paralelo a las Andanzas y las Locuras;
este sigue publicándose, reimprimiendo historias antiguas.
Upa
Aunque aparece
como bebé durante las correrías de Patoruzito, la historia de Upa, hermano
menor del cacique, es más triste y singular en la versión adulta. Nacido
sietemesino y privado de los rasgos atávicos de los Patoruzek —la fuerza
sobrehumana, los pulgares desmedidos, y sobre todo el vibrante grito de
«¡Huija!» proferido al ver la luz—, su padre lo encierra en una cueva para
preservar el honor de la familia. Es inexplicable cómo sobrevive en ésta hasta
que su hermano mayor, ya adulto, lo descubre allí y lo lleva consigo a la
ciudad.
En sus primeras
apariciones, Upa es simplemente un gigante de barriga enorme y pocas luces, que
repite incansablemente «turulú» como única expresión. Irá cobrando más entidad
y educación en tiras posteriores, y en las definitivas es ya alumno de
educación secundaria, aunque no ha abandonado los pañales ni la afición por la
leche; posee también algún vestigio de la fuerza de los Patoruzek, aunque
limitada a proporcionar panzazos a sus oponentes. Es ingenuo, aunque no tanto
como su hermano, y tímido en extremo; habla con alguna dificultad, y es
cómplice de Isidoro en algunas de sus estratagemas, aunque su rectitud lo hace
desistir de ellas en cuanto los verdaderos propósitos de éste se hacen
patentes.
El nombre de Upa
viene de la interjección empleada por los niños pequeños para pedir que los tomen
en brazos.
Patora
La historia de
Patora es poco menos truculenta que la de Upa; los hermanos la creían muerta en
su niñez, contagiada de viruela en una visita a Punta Arenas, donde vivía su
abuela Patora Grande. En realidad, la abuela la había conservado consigo, y
enviado luego a un convento para su educación, donde había acabado su educación
primaria. Aparece en escena en 1959, concluidos ya sus estudios, para
estupefacción de su familia.
Apartada de los
hombres por la fuerza, su salida del convento no hizo más que despertar sus
instintos románticos; Patora está obsesionada por conseguir pareja, una tarea
dificultosa dada su falta de encanto físico. Enamorada de Isidoro, se enemista
a muerte con éste cuando la rechaza inequívocamente, pero no tiene siempre esa
lucidez para percibir cuando no es deseada.
Las apariciones
de Patora en la historieta se reducen a una fórmula de comedia de enredos: se
escapa del convento, Patoruzú se enoja primero con ella pero luego la perdona,
se enamora perdidamente de algún rufián y luego todos deben impedir que haga
alguna locura (como casarse u obligar al novio a casarse); al final, salvada la
situación, se enamora de algún otro y Patoruzú la envía al convento de vuelta
en avión. Es dueña de una personalidad tan fuerte como la de su hermano mayor,
por lo cual suelen pelearse, aunque siempre la sangre puede más y se
reconcilian; esto no quita que Patoruzú use la fuerza para castigarla, dándole
nalgadas como si fuera su padre. En su forma de hablar es característica la
inexistencia del género masculino, sustituye todos los artículos "el"
por "la", y siempre se refiere a los hombres de quienes se enamora
como «mi tipo».
La Chacha
La Chacha es el
ama de crianza de Patoruzú, de edad indefinible pero sin duda venerable. Dotada
de una nariz no menos prominente que la de Patoruzú, lleva el cabello ralo en
dos trenzas y viste vestidos de lunares recogidos para facilitarle las
innúmeras tareas que desempeña en la estancia. Temperamental y viril —fuma en
pipa con un empeño digno de Popeye—, tiene una conflictiva relación con Ñancul,
con quien comparte el gobierno de la estancia, y no duda en golpear a los
importunos; detesta a Isidoro por su holgazanería, que contrasta con su
incesante actividad. Autora de empanadas magníficas, en un capítulo llega a preparar
5.000 para los festejos del casamiento de Patora, finalmente frustrado. Aparece
por primera vez en 1938, poco después de Ñancul.
Ñancul
Ñancul —de nombre
mapuche, pero aspecto criollo— es el capataz y encargado de la estancia de
Patoruzú; aparece por primera vez en 1937, informando a su patrón de las
novedades del campo. Robusto, bigotudo, y perpetuamente vestido a la manera
gaucha —con pañuelo al cuello, bombacha de campo, rastra a la cintura y botas
de potro como calzado— es incondicionalmente leal a Patoruzú, pero obstinado y
corto de luces; su rivalidad con la Chacha es una constante de la historia,
comportándose como un matrimonio pendenciero sin serlo. Aparece, un poco más
joven, en las correrías de Patoruzito.
Pampero
Aparecido en
1936, Pampero es la montura adecuada para la fuerza y bravura de Patoruzú. Dos
días con sus noches le insumió al estanciero tehuelche la doma de este zaino
cimarrón, hasta que la constancia de Patoruzú —que no empleó en ello apero
alguno— acabó por ganarle la simpatía del animal. Este, poseedor de una
excepcional inteligencia, no deja que nadie más lo monte; su intransigencia,
teñida a veces de un toque de mala fe, hace fallar muchas veces los incansables
intentos de Isidoro de aprovechar su velocidad en las carreras hípicas. Su
versión juvenil, Pamperito, aparece ya acompañando a Patoruzito.
Coronel Cañones
Urbano Cañones
—capitán para cuando transcurre Patoruzito, coronel en retiro para las fechas
de Patoruzú— es el tío de Isidoro Cañones, y el único personaje aparte de éste
que comparten las historias de Patoruzú con las Locuras. Recuerda en su gráfica
a su contemporáneo Pablo Morsa, de las aventuras del Pájaro Loco. Calvo, de
enormes cejas e impecablemente trajeado cuando no está de uniforme, el coronel
es la contrapartida absoluta de su sobrino y próximo en buena medida al mismo
Patoruzú: es recto, nacionalista, austero y rico. Busca infructuosa pero
constantemente enderezar los hábitos de Isidoro, al que apostrofa con
vehemencia. Su presencia en Patoruzú es el único recuerdo de la conquista del
Desierto, por la cual los militares fueron en mucho tiempo la gran mayoría de
la población blanca en la región. Lo que se transforma en una gran paradoja,
debido a que Quinterno lo presenta como amigo de Patoruzú, representante de los
pueblos originarios americanos.
Enemigos
Patoruzú tiene
pocos enemigos fijos; entre los pocos recurrentes están el gitano Juaniyo
(luchador en el circo en el que se conocen Isidoro y Patoruzú, en la tercera
versión de la serie) y el mismo demonio, que suele perder la paciencia ante la
inmensidad de obras de bien que realiza el cacique.
Sin embargo,
identificar a los malvados rara vez ofrece dificultad; como siguiendo los
dictámenes de la frenología y las teorías lombrosianas, las características
físicas de los personajes reflejan invariablemente su psique. Casi
invariablemente nutren sus filas los diferentes extranjeros que aparecen en la
historieta, un rasgo de estereotipificación xenofóbica sistemático en la obra
de Quinterno. Además del gitano, los villanos de El Águila de Oro (presididos
por un multimillonario e innominado indio, al que acompañan el japonés Miko, un
hombre de raza negra y nacionalidad desconocida apodado el honorable John, o el
pirata Puro Brazo) ejemplifican esta tendencia. Los judíos —avaros,
conspiratorios y desleales; es recurrente Popof, que presta dinero a interés
usurario a Isidoro— son también un blanco favorito, al igual que los turcos y
los chinos. Con los años, el trazo lombrosiano se matizaría introduciendo
criminales "de guante blanco" que recogerán a los villanos a su
servicio.
La estancia
La extensión de
las posesiones de los Patoruzek resultan incalculables; salvo que se ubican en
la Patagonia, poco podemos saber de ellas.
Paisaje
patagónico en la provincia de Santa Cruz; la hipotética estancia de los
Patoruzek no debería estar muy lejos.
Algunos datos
permiten especular sobre la misma: contiene pozos petroleros, lo que la ubica
entre las provincias de Neuquén y Santa Cruz; desde el casco se ve la
Cordillera de los Andes, que marca la frontera con Chile; se extiende a todo lo
ancho del país hasta las orillas del Océano Atlántico; no hay grandes ríos en
ella, lo que hace pensar que no se extiende hasta la región del Alto Valle, en
Neuquén o Río Negro, donde las estancias son menores y la hidrografía más
caudalosa. Parecería entonces confinada al extremo sur del país, dedicada sobre
todo a la cría de ovejas.
Aunque fascinado
por el aparato civilizatorio de la gran ciudad, Patoruzú vuelve a ella a buscar
la frescura y la integridad de la gente de campo, la fuente noble de la
identidad nacional en el ideario de Quinterno.
El Tata y la
madre
La madre de
Patoruzú —llamada Patora, como todas las mujeres de la familia desde la
princesa de Napata que diera origen a la dinastía— murió después de dar a luz a
su tercer vástago, Patora, y no aparece en la historieta. El padre, Patoruzek,
falleció también antes de los eventos que relata Patoruzito; suele aparecer muy
orondo en cuadros, o participando en flashbacks, donde se lo muestra como un
valiente cacique que dirigió correctamente a su pueblo.
Patoruzú y la
política
Los años setenta
vieron el auge de una lectura política de Patoruzú, que hizo pie precisamente
en la ausencia de lo político en la historia. La permanente trama de enredos
monetarios, secuestros y robos hace de la policía una aparición frecuente en
las historias del estanciero, pero el trasfondo político —a diferencia de
Mafalda, abiertamente politizada— raras veces cobró protagonismo.
No siempre fue
así; apenas inaugurado el personaje, la tira publicada en La Razón el 12 de
octubre de 1930 celebraba el golpe de estado por el que José Félix Uriburu
había derrocado a Hipólito Yrigoyen un mes antes comentando en la voz de Julián
de Montepío:
"Todo argentino que lleve sangre de
patriotismo en las venas no debe faltar a la magna cita; hoy, todo argentino
debe concurrir a presenciar el desfile de los ínclitos milicos que nos salvaron
de la tiranía oficialista."
No era ajena a
esta oposición la inveterada reticencia de Quinterno a todo lo extranjero,
manifestada también en la descripción de los villanos. Patoruzú mostraría la
unidad de ambas características escribiendo a su paisano el cacique Panza'e
Agua «¡Si se habrán creído estos ceveliazos [‘civiles’] que ansina somos como
ellos!», y «¡las veces que gritaría a tuito pulmón que nosotros somos los
verdaderos dueños ’el país!».
La ambivalencia
política de Quinterno se transmitió al personaje; cuando comenzó a publicarse
la revista Patoruzú, en 1936, el indígena hizo brevemente de vocero de su
ideario en la sección llamada «Quirosóficas», donde aplicaba las milenarias
técnicas traídas de Egipto por los Patoruzek para leer la planta de los pies a
varios personajes de la política del momento. Sorprendentemente, se alineó en
las filas del Partido Socialista dando loas al político y periodista Mario
Bravo, uno de los líderes junto con Lisandro de la Torre, del Partido Demócrata
Progresista de las fuerzas opositoras al régimen. Probablemente reflejara esto
su impaciencia con el gobierno de la Década Infame antes que un vuelco
duradero; coincidió con vehementes críticas al presidente Agustín Pedro Justo
desde los editoriales de la revista, que lo acusaban de no ocuparse de su
pueblo, y de burlas acerca de la ineficiencia y holgazanería de la clase
política. En una viñeta, Patoruzú ofrece a un legislador una empanada,
apostrofándolo «¡Ya que no trabajás, masticá, chei!».
Poco duraron las
páginas de política, y antes de desaparecer las «Quirosóficas» fue perceptible
una paulatina constricción al ámbito porteño; Patoruzú apoyó con ahínco la
gestión del intendente Mariano de Vedia y Mitre, responsable de un vasto
proyecto urbanístico. Pero para cuando los gobiernos de la Concordancia dejaron
lugar al Grupo de Oficiales Unidos y luego a Juan Domingo Perón, todos los
vestigios de política se habían esfumado. Quinterno se aseguraba así no correr
el destino de la revista Cascabel, cerrada por Perón por satirizar a su
gobierno.
Apartado de la
cuestión partidaria, sin embargo Patoruzú siguió haciendo política a través de
su férreo y cada vez más pronunciado nacionalismo. El racismo en la
representación de los foráneos se ha mencionado ya más arriba; paralelo a éste
corría una permanente exaltación de las virtudes de la argentinidad, sea en lo
geográfico, en la dieta o la belleza de las mujeres. Por razones de este tipo
Quinterno se negaría a ceder la imagen de Patoruzú para los afiches de la I
Bienal Mundial de la Historieta, que el Instituto Torcuato di Tella —núcleo de
las vanguardias políticas y artísticas del momento— patrocinó en Buenos Aires
en 1968.
En 1976, el
gobierno militar de facto lo escogió como emblema de Argentina durante un
tiempo; apareció en afiches y material publicitario, cabalgando un mapa de la
república. Sin embargo, desde el mismo sector militar en algún momento se lo
consideró como una amenaza, ya que sus constantes dádivas a los más
desprotegidos fueron vistas como una incitación al comunismo.
Cultura
En 2009, el Museo
del Dibujo y la Ilustración, de Buenos Aires, organizó dos muestras:
"Patoruzú: una revista, una época" en el Museo de Ares Plásticas
Eduardo Sívori y "Revista Patoruzú, una bisagra cultural" en la Feria
del Libro de Buenos Aires; donde se rindió merecido homenaje a las grandes
creaciones de Dante Quinterno. Estas muestras se convertirán en itinerantes por
todo el país, a la fecha fueron expuestas en el Museo Histórico de Junín y en varias
localidades de la Provincia de Santa Cruz.
fuente: WIKIPEDIA.
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PATORUZU y sus amigos
personajes del dibujante DANTE QUINTERNO
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