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sábado, 26 de julio de 2014

ROBERTO ARLT, HISTORIA DEL SR. JEFRIES Y NASSIN EL EGIPCIO

HISTORIA DEL SR JEFRIES Y NASSIN EL EGIPCIO

ROBERTO ARLT


No exagero si afirmo que voy a narrar una de las aventuras más extraordinarias que pueden haberle acontecido a un ser humano, y ese ser humano soy yo, Juan Jefries. Y también voy a contar por qué motivo desenterré un cadáver del cementerio de Tánger y por qué maté a Nassin el Egipcio, conocido de mucha gente por sus aficiones a la magia.
Historia ésta que ya había olvidado si no reactivara su recuerdo una película de Boris Karloff, titulada “La momia”, que una noche vimos y comentamos con varios amigos.
Se entabló una discusión en torno de Boris Karloff y de la inverosimilitud del asunto del film, y a ese propósito yo recordé una terrible historia que me enganchó en Tánger a un drama oscuro y les sostuve a mis amigos que el argumento de “La momia” podía ser posible, y sin más, achacándosela a otro, les conté mi aventura, porque yo no podía, personalmente, enorgullecerme de haber asesinado a tiros a Nassin el Mago.
Todo aquello ocurrió a los pocos meses de haberme hecho cargo del consulado de Tánger.
Era, para entonces, un joven atolondrado, que ocultaba su atolondramiento bajo una capa de gravedad sumamente endeble.
La primera persona que se dio cuenta de ello fue Nassin el Egipcio.
Nassin el Mago vivía en la calle de los Ni-Ziaguin, y mercaba yerbas medicinales y tabaco. Es decir, el puesto de tabaco estaba al costado de la tienda, pero le pertenecía, así como el comercio de yerbas medicinales atendido por un negro gigantesco, cuya estatura inquietante disimulaba en el fondo oscuro del antro una transparente cortinilla de gasa roja.
Nassin el Egipcio era un hombre alto. Al estilo de sus compatriotas, mostraba una espalda anchurosa y una cintura de avispa. Se tocaba con un turbante de razonable diámetro y su rostro amarillo estaba picado de viruelas, mejor dicho, las viruelas parecían haberse ensañado particularmente con su nariz, lo que le daba un aspecto repugnante. Cuando estaba excitado o encolerizado, su voz se tornaba sibilante y sus ojos brillaban como los de un reptil. Como para contrarrestar estas condiciones negativas, sus modales eran seductores y su educación exquisita. No se alteraba jamás visiblemente; por el contrario, cuanto más colérico se sentía contra su interlocutor, más fina y sibilante se tornaba su voz y más brillaban sus ojos.
Él fue el hombre con quien mi desdichado destino me hizo trabar relaciones.
Me detuve una vez a comprar tabaco en su tienda; iba a marcharme porque nadie atendía el mostrador, cuando súbitamente asomó por encima de las cajas de tabaco la cabeza de reptil del egipcio. Al verle aparecer así, bruscamente, quedé alelado, como si hubiera puesto la mano sobre el nido de una cobra. El egipcio pareció darse cuenta del efecto que su súbita presencia causó sobre mi sensibilidad, porque cuando me marché “sentí” que él se me quedó mirando a la nuca, y aunque experimentaba una tentación violenta de volver la cabeza, no lo hice porque semejante acto hubiera sido confirmarle a Nassin su poder hipnótico sobre mí.
Sin embargo, al otro día volvió a repetirse el endiablado juego. Deseaba vencer ese complejo de timidez que nacía en mí en presencia del maldito egipcio. Violentando mi naturaleza, fui a comprar otra vez cigarrillos a la tienda de Nassin. Como de costumbre, no había nadie en el mostrador; iba a retirarme, cuando, como si la disparara un resorte fuera de una caja de sorpresas, apareció la cabeza de serpiente del egipcio.
Me entregó la cajetilla de tabaco saludándome con una exquisita inclinación, y yo me retiré sin atreverme a volver la cabeza entre la multitud que pasaba a mi lado, porque sabía que allá lejos, en el fondo de la calle, estaba el egipcio con la mirada clavada en mí.
Era aquella una situación extraña. Antes de terminar violentamente, debía complicarse. No me equivoqué. Una mañana me detuve frente al puesto de Nassin. Éste asomó bruscamente la cabeza por encima del mostrador. Como de costumbre, quedé paralizado. Nassin notó mi turbación, la parálisis de mi corazón, la palidez de mi rostro, y aprovechando aquel shock nervioso apoyó dulcemente sus manos entre mis manos y teniéndome así, como si yo fuera una tierna muchacha y no un robusto socio del Tánger Tenis Club, me dijo:
—¿No vendréis esta noche a tomar té conmigo? Os mostraré una curiosidad que os interesará extraordinariamente.
Le entregué las monedas que en justicia le correspondían por su tabaco, y sin responderle me retiré apresuradamente de su puesto. Estaba avergonzado, como si me hubieran sorprendido cometiendo una mala acción. Pero ¿qué podía hacer? Había caído bajo la autoridad secreta del egipcio.
No me convenía engañarme a mí mismo. Nassin el Mago era el único hombre sobre la tierra que podía ejercer sobre mí ese dominio invisible, avergonzador, torturante que se denomina “acción hipnótica”. No me convenía huir de él, porque yo hubiera quedado humillado para toda la vida. Además, mi cargo de cónsul no me permitía abandonar Tánger a capricho. Tenía que quedarme allí y desafiar la cita del egipcio y vencerlo, además.
No me quedaba duda:
Nassin quería dominarme. Convertirme en un esclavo suyo. Para ello era indispensable que yo le obedeciera ciegamente, como si fuera un negro que él hubiera comprado a una caravana de árabes. Su invitación para que fuera a la noche a tomar té con él era la última formalidad que el egipcio cumplía para remachar la cadena con que me amarraría a su tremenda y misteriosa voluntad.
Impacientemente esperé durante todo el día que llegara la noche. Estaba angustiado e irritado, como si dos naturalezas opuestas entre sí combatieran en mí. Recuerdo que revisé cuidadosamente mi pistola automática y engrasé sus resortes. Iba a librar una lucha sin cuartel; Nassin me dominaría, y entonces yo caería a sus pies y besaría el suelo que él pisaba, o triunfaba yo y le hacía volar la cabeza en pedazos. Y para que, efectivamente, su cabeza pudiera volar en pedazos, recuerdo que llevé a lo de un herrero las balas de acero de mi pistola y las hice convertir en dum-dum. Quería ver volar en pedazos la cabeza de serpiente del egipcio.
A las diez de la noche puse en marcha mi automóvil, y después de dejar atrás la playa y las murallas de la época de la dominación portuguesa, me detuve frente a la tienda del egipcio. Como de costumbre, no estaba allí, pero de pronto su cabeza asomó tras el mostrador y sus ojos brillantes y fríos se quedaron mirándome inmóviles, mientras sus manos arrastrándose sobre los paquetes de tabaco, tomaban las mías. Se quedó mirándome, así, un instante, tal si yo fuera el principio y el fin de su vida; luego, precipitadamente abandonó el mostrador, abrió una portezuela, y haciéndome una inmensa inclinación, como si yo fuera el Comendador de los Creyentes, me hizo pasar al interior de la tienda; apartó una cortinilla dorada y me encontré en un pasadizo oscuro. Un negro gigantesco, más alto que una torre, ventrudo como una ballena, me tomó de una mano y me condujo hasta una sala. El negro era el que atendía la tienda de las hierbas medicinales.
Entré en la sala. El suelo estaba allí cubierto de tapices, cojines, almohadones, colchonetas. En un rincón humeaba un pebetero; me senté en un cojín y comencé a esperar.
Cuánto tiempo permanecí ensimismado, quizá por el efecto aromático de las hierbas que humeaban y se consumían en el pebetero, no lo sé. Al levantar los párpados sorprendí al egipcio sentado también frente a mí, en cuclillas. Me miraba en silencio, sin irritación ni malevolencia, pero era la suya una mirada fría, tan ultrajante por su misma frialdad que me producía rabiosos deseos de execrarle la cara con los más atroces insultos. Pero no abrí los labios y seguí con los ojos una señal de su dedo índice: me señalaba una bola de vidrio.
La bola de vidrio parecía alumbrada en su interior por un destello esférico que crecía insensiblemente a medida que se hacía más y más oscura la penumbra de la sala. Hubo un momento en que no vi más al egipcio ni a las espesas colgaduras de alrededor, sino la bola de vidrio, un vidrio que parecía plomo transparente, que se transformaba en una lámina de plata centelleante y única en la infinitud de un mundo negro. Y yo no tenía fuerzas para apartar los ojos de la bola de vidrio, hasta que de pronto tuve conciencia de que el egipcio me estaba transmitiendo un deseo claro y concreto:
“Ve al cementerio cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una jovencita.”
Me puse de pie; el negro gigantesco se inclinó frente a mí al correr la cortina dorada que me permitía salir a la tabaquería, subí a mi automóvil, y, sin vacilar, me dirigí al cementerio.
¿Era una idea mía lo que yo creía un deseo de Nassin? ¿Estaba yo trastornado y atribuía al egipcio ciertas monstruosas fantasías que nacían de mí?
Los procedimientos de la magia negra son, a pesar de la incredulidad de los racionalistas, procesos de sugestión y de acrecentamiento de la propia ferocidad. Los magos son hombres de una crueldad ilimitada, y ejercen la magia para acrecentar en ellos la crueldad, porque la crueldad es el único goce efectivo que les es dado saborear sobre la tierra. Claro está; ningún mago puede poner en juego ni hacerse obedecer por fuerzas cósmicas.
“Ve al cementerio cristiano y tráeme el ataúd donde hoy fue sepultada una jovencita.” ¿Era aquélla una orden del mago o una sugestión nacida de mi desequilibrio?
Tendría la prueba muy pronto.
Encaminé mi automóvil hacia el cementerio cristiano. Era lunes, uno de los cuatro días de la semana que no es fiesta en Tánger, porque el viernes es el domingo musulmán; el sábado, el domingo judío, y el domingo el domingo cristiano.
Llegando frente al cementerio, detuve el automóvil parte de la muralla derribada hacía pocos días por un camión que había chocado allí; aparté unas tablas y, tomando una masas y un cortafrío de mi cajón de herramientas, comencé a vagar entre las tumbas. Dónde estaba sepultada la jovencita, yo no lo sabía; caminaba al azar hasta que de pronto sentí una voz que me murmuraba en mi oído:
“Aquí.”
Estaba frente a una bóveda cuya cancela forcé rápidamente. Derribé, valiéndome de mi maza, varias lápidas de mármol dejé al descubierto un ataúd. Sin vacilar, cargué el cajón fúnebre a mi espalda (fue un milagro que no me viera nadie, porque la luna brillaba intensamente), y agobiado como un ganapán por el peso del ataúd, salí vacilante, lo deposité en mi automóvil y me dirigí nuevamente a casa del egipcio.
Voy a interrumpir mi relato con esta pregunta:
—¿Qué harían ustedes si un cliente les trajera a su noche, un muerto dentro de su ataúd?
Estoy seguro de que lo rechazarían con gestos airados, ¿no es así? De ningún modo permitirían ustedes que el cliente se introdujera en su hogar con el cadáver del desconocido.
Pues bien; cuando yo me detuve frente a la casa del mago egipcio, éste asomó a la puerta y, en vez de expulsarme, me recibió atentamente.
Era muy avanzada la noche, y no había peligro de que nadie nos viera. Apresuradamente el egipcio abrió las hojas de la puerta, y casi sin sentir sobre mí la tremenda carga del ataúd, deposité el cajón del muerto en el suelo y con un pañuelo, tranquilamente, me quedé enjugando el sudor de mi frente.
El egipcio volvió armado de una palanca, introdujo su cuña entre las juntas de la tapa y el cajón, y de pronto el ataúd entero crujió y la tapa saltó por los aires.
Cometida esta violación, el egipcio encendió un candelabro de tres brazos, cargado de tres cirios negros, los colocó sesgadamente en dirección a La Meca, y luego, revistiéndose de una estola negra bordada con signos jeroglíficos, con un cuchillo cortó la fina cubierta de estaño que cerraba el ataúd.
No pude contener mi curiosidad. Asomándome sobre su espalda, me incliné sobre el féretro y descubrí que “casualmente” yo había robado del cementerio un ataúd que contenía a una jovencita.
No me quedó ninguna duda:
El egipcio se dedicaba a la magia. Él era quien me había ordenado mentalmente que robara un cadáver. Vacilar era perderme para siempre. Eché mano al bolsillo, extraje la pistola, coloque su cañón horizontalmente hacia la nuca de Nassin y apreté el disparador. La cabeza del egipcio voló en pedazos; su cuerpo, arrodillado y descabezado, vaciló un instante y luego se derrumbó.
Sin esperar más salí. Nadie se cruzó en mi camino.
Al día siguiente, al pasar frente a la tabaquería del egipcio, vi que estaba cerrada. Un cartelito pendía del muro:
“Cerrada porque Nassin el egipcio está de viaje”.


CUENTOS SIN FIN

ROBERTO ARLT, LOS CAZADORES DE MARFIL



LOS CAZADORES DE MARFIL
ROBERTO ARLT

La barcaza a nueve nudos por hora, iba aguas abajo por el río Congo. A un lado del mástil, el pequeño. Inmóvil junto al timón, el grandote. Los dos hombres meditaban. De ellos se podía decir: por mitad comerciantes y por mitad bandidos, según se ofrecieran las circunstancias. Peter, de minúscula estatura, desafiaba al sol africano, que no había podido disolver su firme palidez. Anderson, a su lado, resultaba gigantesco, cabezudo y violento. Difícil era resolver cuál de los dos era más peligroso. Trafican a todo lo largo del río Congo. Su última aventura había consistido en matar a palos y cuchilladas a treinta nativos cargados de colmillos de marfil. En cierto modo iban huidos, ambos pensaban que de ser uno solo el propietario del cargamento de marfil, podría vivir dichosamente los años que le restaban de vida.
Mientras la línea de los bosques acercaba o apartaba sus verdes murallas en la llanura de agua, y la barcaza, resoplando, avanzaba hacia el cabo de Dongo-Dongo, Peter pensaba cómo podría asesinar a su socio y Anderson de qué modo mataría a Peter.
Por su importancia, el cargamento de marfil, solicitaba un asesinato.
En África, los hombres siempre han muerto a otros hombres para apoderarse del marfil. No hay una sola bola que ruede en ninguno de los paños verdes de los billares del mundo que, secretamente, no esté manchada de sangre. De sangre de negro, de sangre de bestia y de sangre de blanco…
El marfil solicita la sangre. Peter lo sabía y Anderson también. De modo que un crimen más no tenía importancia.
Se acercaban a la orilla o se alejaban, y el gigante de Anderson se decía que ahora que cerrara la noche. ..
Ahora que cerrara la noche. . . Pero ¿quién cuidaría la caldera de la barcaza y del timón si él asesinaba a Peter? Peter, además de maquinista, conocía palmo a palmo las revueltas del río.
Además, hasta que no dejaran atrás el cabo de Dongo-Dongo, el río era peligroso. Para Anderson, estrangular a Peter era una operación sencilla. Lo estrangularía y lo arrojaría a las aguas, los peces voraces o los perezosos cocodrilos darían cuenta de él.
Cierto es que Peter tenía un hijo, y Anderson hubiera preferido que Peter no tuviera un hijo, porque nunca es agradable dejar a un chico huérfano. No, a esto no llegaba la dureza de Anderson. Pero ¿qué podía hacer el buenazo de Anderson? ¿No estrangular a Peter?
No, eso no podía ser… Su benevolencia no llegaba a tales extremos. Lo estrangularía a Peter y se lamentaría profundamente por el huérfano. Además, en todas las ciudades, se encuentran establecimientos filantrópicos, y cualquiera de ellos se hará cargo del huérfano. No era cosa de perder un cargamento de marfil por exceso de buen corazón. Le retorcería el pescuezo a Peter como a un pollo, y se interesaría por el huérfano. Eso. ¡Se interesaría por el huérfano y le daría una oportunidad! …
Anderson se sintió reconfortado por haber resuelto el problema equitativamente. Peter debiera estarle agradecido de su prudencia. Ahora podía asesinarlo con la conciencia tranquila y todos quedarían contentos.
Mientras que Anderson, con una mano apoyada en la barra del timón, pensaba estas cosas, Peter daba vueltas en su magín al factible modo de librarse de Anderson, ¿una puñalada, un tiro o un garrotazo?
Un garrotazo era casi imposible. Tendría que acercarse a Anderson, y éste, desde hacía varios días dormía con un ojo abierto y otro cerrado, y siempre—¡la casualidad de las casualidades! que Peter tomaba el cuchillo, Anderson empezaba a revisar el tallado de un garrote que estaba a su alcance, o el tambor de su revólver. Cualquier crimen era preferible a repartir el cargamento de marfil. Si él asesinaba a Anderson, su hijo podría estudiar en la universidad, en fin, vivir una vida un poco más humana y limpia de la que cochinamente no se había podido librar hasta ahora.
Pero había que liquidar aquel asunto antes de llegar a las primeras factorías de Dongo-Dongo. El cauce del río se ensanchaba, la selva aparecía allá, muy lejos, sobre la anchurosa sábana de agua amarilla, y Peter, sentado tristemente frente a la caldera, en la que ardían gruesos troncos, pensaba que si su hijo fuera a la universidad, él podría envejecer honorablemente y calzar abrigadas pantuflas durante el invierno.
Pero el maldito Anderson, como si sospechara de la naturaleza de sus pensamientos, sesgadamente sentado junto al timón, sin perderle de vista, hacía varios días que Anderson, casualmente, tomaba posiciones que hacían prácticamente imposible toda tentativa de asesinato.
De pronto, Anderson dijo, grave:
—¡Picaron! . . .
Peter se aproximó apresuradamente… las cuerdas de los anzuelos estaban tensas. Tendrían pescado para la noche.
Anderson se inclinó sobre un espinel y Peter sobre otro. En los extremos de las cuerdas, un pez de oro y un pez de plata saltaban fuera de las aguas y volvían a sumergirse. Anderson comenzó a recoger los anzuelos. Peter volvió la cabeza. Anderson seguía divertido con los saltos del pez de oro, y Peter descargó su brazo como un resorte. Se vieron en el aire los dos pies del hombre, y Anderson lanzó un grito ronco. Ahora nadaba vigorosamente tras la barcaza. Pero ésta se alejaba rápidamente en el mar de herbajos que la rodeaban.
Los aullidos de Anderson sonaban cada vez más distantes, ahora comprendía Peter el significado de nueve nudos por hora. Anderson nadaba rápidamente pero su relieve fuera de las aguas se tornaba cada vez más pequeño.
Peter, manteniendo inmóvil la barra del timón con un pie, cruzado de brazos miró al lejano nadador. Nadie podía salvarle. Había caído en la parte más estrecha del río, en la llanura de herbajos, que eran nidales de cocodrilos. Más adelante estaban los remolinos; detrás las cascadas. El cargamento de marfil le pertenecía. Ya nadie podría disputárselo. Su hijo iría a la universidad, y cuando él fuera anciano usaría tiernas pantuflas. En cuanto a Anderson, diría que el hombre había muerto a consecuencia de una fiebre maligna, y todos se darían por muy satisfechos.
Tres años después, Peter vivía en Montaña Negra, al sur de Neuquén. Había llegado el verano. Caía la tarde y el cazador de marfil, de pie frente a su casa de madera de alerce.
Estaba satisfecho ahora, porque en el pasado había cometido un crimen, y ese crimen había permanecido impune, y de consiguiente él y su hijo vivían sin penas. Sobre todo su hijo. El chico andaba jugando por el monte entre recientemente derribados troncos de robles. Lo había hecho venir de Santiago a pasar sus vacaciones, porque Peter, siempre prudente, quiso que su chico se ligara a los hijos de los ganaderos de la zona, y en vez de enviarlo a estudiar a Buenos Aires, que quedaba tan lejos, le hacía ir hasta Chile cruzando los lagos. Ahora el niño estaba con él, y Peter sentía que el cielo derramaba bendiciones sobre su cabeza. Recordando al corpulento Anderson, cuyos huesos se podrirían en el fondo del río Congo, pensó:
“Si Anderson viera al nene, y a este cuadro, y a esta buena casa de alerce, y a las ovejas que andan en el monte, se pondría contento y palmeándome en las espaldas me diría:
“—Eres un hombre prudente, Peter, siempre lo he dicho.”
¡Cosa curiosa! El cazador de marfil recordaba al muerto a cada una de sus satisfacciones, y hasta le ocurría, muchas veces, dejarse llevar por su pensamiento y discutir con él, como si el muerto estuviera vivo, y semejante conducta no aminoraba los remordimientos de Peter, por la sencilla razón de que un forajido como Peter no podía experimentar ningún género de remordimiento; pero situaba al muerto, con respecto a él en un plano de indulgencia misteriosa. Era como si le pidiera consentimiento al asesinado para ser feliz, y Anderson, magnánimamente, le permitía ser feliz.
Peter echó algunas bocanadas de humo y miró las montañas azules que enrojecían, y nuevamente volvió a sentirse contento de tener un hijo, una propiedad y de no estar en presidio.
Un caballo se detuvo frente a la distante tranquera y Peter palideció. Palidecía ansiosamente siempre que un desconocido se detenía frente a su campo. “No hay motivo”, se decía él; pero el caso era que su rostro se cubría de una palidez mortal.
El desconocido montaba un recio potro, y una barba espesa le circunvalaba el rostro. Después de abrir la tranquera, sin desmontar, avanzó al galope por el camino. Peter se apoyó, trémulo, en el muro de tablas de su vivienda en cuanto pudo reconocerlo. El muerto había resucitado. Allí, en persona, estaba Anderson.
—Aquí estoy—dijo el otro, desmontando—, yo: Anderson.—Y su mano ancha cayó sobre la espalda de su verdugo.
—¡Tú!…—acertó a murmurar el otro.
El hijo de Peter apareció por un camino junto a la casa sombreada de grandes árboles. El niño iba descalzo, un cinturón con cartuchera le sostenía el pantaloncito y traía un arco con flechas entre las manos. Anderson miró al pequeño, y dijo:
—De modo que éste es tu mocito hijo Andresillo. Bien, bien con Andresillo.
El niño miró al barbudo y se coló en la casa. Peter, desencajado, continuaba mirando a su ex socio. ¿De modo que no había muerto? Como si el otro viera lúcidamente lo que pasaba en su cerebro, replicó sagazmente:
—No, no he muerto, Peter. ¿Has visto? No he muerto. Y bien pude haberme muerto. ¡Vaya si pude!…
—¿Cómo llegaste hasta aquí?—murmuró Peter.
—¡Ah, es tan largo de contar todo esto! ¡Tan largo!…
—¿Vienes a buscar tu parte?
Anderson lo soslayó cruelmente. Luego:
—Sí, por supuesto.—Y nuevamente su mano cayó sobre el hombro del cazador de marfil, y una congoja tremenda entró en los sentidos de Peter, y sus ojos se nublaron. Anderson continuó:—Pero ¡qué alegría verte! no hay nada que hacer, Peter. Yo siempre lo he dicho. Eres un hombre prudente. ¿De manera que te has comprado estos montes. . . y esta finca? Bien. Bien. Y el pobre Anderson pudriéndose en el fondo del río Congo, ¿eh? El pobre Anderson haciendo bulto en el estómago de algún cocodrilo, ¿eh?…
Miró nuevamente todo lo que había en derredor suyo, y continuó, socarrón:
—¿De manera que te das la vida de un príncipe? Engordas, ¿eh? ¿Y no te acordabas nunca de mí? Dime, Peter: ¿nunca te has acordado de mí?…
—¡Cállate!—murmuró Peter.
—Yo siempre te recordaba—prosiguió Anderson—. Me decía: “¿Dónde estará mi buen amigo? ¿Qué será de sus negocios? ¿Qué intereses le producirá su capitalcito?”. Pensaba en ti—súbitamente ese tono cambió—, y se me revolvía el estómago—nuevamente retomó el otro tono—. Se me revolvía el estómago al acordarme de toda el agua que tragué en aquel anchuroso río. Porque, ¡vaya si es ancho ese río!
Copiosas gotas de sudor rodaban por el rostro de Peter. Su mirada iba ansiosamente hacia el interior de la casa. ¿Por qué había enviado a la cocinera hasta el puesto de Coiue?
Anderson continuó:
—Te prevengo que he salvado la vida, digamos cómo. . ., ¡milagrosamente! Me encontró una lancha de negros en Dongo-Dongo abrazado a un tronco. Te juro, Peter, que llorarías de lástima si vieras cómo me desgarraron las piernas los dentudos peces. Estuve enfermo. Gravemente enfermo. Otro hombre te hubiera delatado a la justicia. Yo me callé. Me dije: “No quiero que Peter tenga dificultades con los hombres de la ley”. ¿He procedido mal o bien? Contéstame.
El cazador de marfil tuvo la sensación de que su corazón se había convertido en un trozo de manteca, derritiéndose junto a un encendido brasero. Anderson continuó arrimando su enorme estatura a él.
—Contéstame, Peter: ¿he procedido bien o mal?
Peter sentía su aliento en las narices. La mano de Anderson se levantó, tomándole del cuello lo introdujo en el comedor. Una estufa ocupaba el centro de la habitación de muros adornados con cabezas de ciervos y jabalíes, y por el vidrio de la ventana entraba un rayo rojo de sol. Peter miró ansiosamente en derredor. Su escopeta estaba allí sobre la cama.
Anderson adivinó el sentido de su mirada, y sin soltarle del alzacuello lo arrimó al tubo de la estufa:
—De manera que no te niegas ningún placer, ¿eh? ¿Hasta escopeta tienes, y cabezas de ciervos y de jabalíes? Bien. Bien. Y todo ello adquirido con el dinero del pobre Anderson, ¿eh?
Lentamente desenfundó un cuchillo. Un cuchillo de hoja ancha. Peter sintió que se desvanecía en las negruras de la muerte, y echándose a los pies de Anderson, le dijo:
—Te daré toda mi fortuna. Te daré un cheque, Anderson. La mitad de este campo. La mitad de mis ovejas. Aquí las tierras se están valorizando día a día, Anderson. Podemos trabajar juntos. Te haré abrir una cuenta corriente en el banco de Bariloche, Anderson.
La mirada del gigante pesaba como una losa sobre el cazador de marfil.
—Tengo quince mil pesos en el banco, Anderson. Te daré la mitad. Seremos socios.
Anderson pareció pensarlo y enfundó el cuchillo. Peter, amarillo como un cuerno de marfil, se enderezó, lentamente sobre el suelo. Gruesas gotas de sudor rodaban hasta sus cejas. Anderson, sin perderle de vista, dijo:
—Fírmame un cheque por diez mil pesos… No: por catorce mil pesos . . .
—Anderson, escucha. Conténtate con diez mil. Quédate aquí. Trabajemos juntos a medias. Las tierras se valorizan cada día más. Te juro que se valorizan.
Anderson, en silencio, tomó una silla y se sentó junto a la mesa. Peter, frente a él, comenzó a charlar. Y habló, convulsivamente hasta entrada la noche. Andresillo, de brazos cruzados sobre la mesa, dormía profundamente, mientras el gigante de gruesas cejas, arrimado a la mesa, con los brazos cruzados, escuchaba impasible.
Cerca del amanecer, Peter despertó bruscamente, cosa desacostumbrada en él. Puso la mano debajo de la almohada. Allí estaba su revólver. ¿De modo que en cuanto saliera el sol, Anderson se marcharía con el cheque de doce mil pesos en su bolsillo y él tendría que empezar de nuevo? Si su hijo no estuviera en la casa, no vacilaría en asesinar a Anderson. Se estremeció. Anderson acababa de carraspear en el otro cuarto. Evidentemente, estaba despierto. Peter, tratando de impedir que crujiera su cama, retiró el revólver de debajo de la almohada, y pensó:
“Si entra a este cuarto, lo tumbo de un tiro.”
Peter apretó el cabo del revólver bajo las sábanas:
“Si se dejara convencer y se quedara aquí podría envenenarlo.” Súbitamente Peter se estremeció. Anderson desde el otro cuarto, le hablaba:
—Estás despierto, Peter, ¿eh? Y pensando de qué modo matarme, ¿eh?
Un desaliento infinito entró en la conciencia del cazador de marfil. ¿Qué hacer? ¿Negar? ¿Fingirse dormido?…
Anderson insistió:
—¿Te haces el dormido, eh, Peter? ¿Tienes miedo?…
Peter contestó débilmente:
—Estoy enfermo, Anderson. Estoy enfermo de verdad crujió la cama—. No te levantes, Anderson. No te levantes que tengo el revólver en la mano. Estoy enfermo.
Anderson, en la obscuridad de su cuarto, apretó los dientes. Aquél era el momento y no otro. Elástico como un gato, el gigante se desprendió de la cama. En una mano sostenía una almohada y en la otra el cuchillo ancho. Peter oyó el crujido del lecho; quiso hablar, pero una arcada tremenda le impidió pronunciar una sola palabra y recibió en el rostro el golpe de la almohada, y quedó tendido sobre su cama bajo el peso del gigante que le hurgaba en el vientre con la hoja del cuchillo. Dos veces aproximó la hoja del cuchillo a su piel y le tocó y no le hirió.
Peter quería gritar, pero la almohada le asfixiaba, y de pronto, en las tremenas tinieblas, comprendió que el gigante había cambiado de opinión. El filo del ancho cuchillo se apoyó en su garganta. Y ahora un gran dolor lo sumergía en la breve desesperación de la que no se vuelve.
Terminado que hubo, Anderson volvió a su cuarto, encendió la lámpara y comenzó a vestirse. Cobraría el cheque y se marcharía nuevamente al Congo. Estaba satisfecho, porque además de cumplir con su deseo no había dejado en la indigencia al niño de Peter. Sentado ahora en la misma habitación donde estaba el muerto, prendiéndose los cordones de los zapatos, se decía que Andresillo quedaría a cubierto. ¿Y si él lo reclamara a la justicia desde el Africa? ¡Imposible! El niño le reconocería siempre como el hombre que estuvo con su padre la noche que él lo asesinó. Lástima, en cierto modo, porque el tal Andresillo parecia una criatura despabilada.
Precisamente allí en lo alto de la escalera, sin que Anderson pudiera verlo, estaba Andresillo. El niño, gravemente, miró el charco de sangre que había en la cabecera del lecho de su padre, y luego observó al asesino prendiéndose lentamente los cordones de los zapatos. Andresillo inspeccionó nuevamente con la mirada el cuadro y comenzó a bajar lentamente la escalera. La criatura, descalza, se deslizaba como un gato. A un costado de la cama del muerto, colgado del muro, había un mazo. Andresillo, siempre cauteloso, reteniendo la respiración, obedeciendo a la fuerza extraña que le impedía llorar, recogió el mazo, se arrimó al asesino, que le daba las espaldas, levantó el mazo, y con toda la fuerza que cabía en sus bracitos, lo descargó sobre la nuca del cazador de marfil. El asesino se desplomó, herido de muerte, como un toro al que derriba el matarife. Y sólo entonces estalló el llanto del niño, asustado en el silencio opaco de la noche…


CUENTOS SIN FIN
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viernes, 13 de junio de 2014

LEOPOLDO LUGONES, ESCRITOR

-1874
Nace en Córdoba el escritor Leopoldo Lugones, uno de los máximos valores de la literatura argentina. Fundó la Sociedad Argentina de Escritores y dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros, que hoy lleva su nombre. Falleció en San Fernando (provincia de Buenos Aires) el 18 de febrero de 1938.


Efemérides Culturales Argentinas.
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13 DE JUNIO

-1874 - Día del Escritor. Nace en Villa de María del Río Seco (Córdoba), Leopoldo Lugones,  poeta, escritor. Autor de los libros “La guerra gaucha” (llevado al cine), “Lunario sentimental”, “La grande Argentina”, “El imperio jesuítico”, “Las montañas del oro”, “El payador” y “Romances del Río Seco”, etc. Vivió modestamente como director de una biblioteca pública y periodista. Muere a los 63 años.

Efemérides Foloklóricas Argentinas
de Juan Carlos Fiorillo.
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13 Junio (1874)

En Córdoba

Nace Leopoldo Lugones


Poeta modernista, ensayista, periodista y político. A comienzos del siglo XX,  se unió al grupo socialista que integraban, entre otros escritores, José Ingenieros, Alberto Gerchunoff, Manuel Baldomero Ugarte y Roberto Payró y escribió de manera esporádica para varios medios, entre los que se cuentan el periódico socialista La Vanguardia, y el periódico roquista Tribuna.
Su amistad con Rubén Darío le valió el ingreso al diario La Nación. Publicó, entre otras obras, Las fuerzas extrañas, Cuentos fatales, Historia de Sarmiento, La guerra gaucha y Las horas doradas. Su discurso "La hora de la espada", pronunciado en 1924, fue una adhesión al fascismo que le valió la crítica del mundo literario y político. En 1926 recibió el Premio Nacional de Literatura y en 1928 presidió la Sociedad Argentina de Escritores. Lugones fue, además, un importante propagandista del golpe militar protagonizado por José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930, que derrocó de la presidencia al caudillo radical Hipólito Yrigoyen.
Su estrecha relación con el régimen instaurado ese año le valió el rechazo de los círculos intelectuales porteños. Se suicidó en 1938 en una isla de Tigre.

Efemérides de TELAM.
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miércoles, 11 de junio de 2014

LEOPOLDO MARECHAL, ESCRITOR

1900
Nace en Buenos Aires el notable poeta, novelista y dramaturgo Leopoldo Marechal, autor de "El centauro", "Laberinto de amor", "Antígona Vélez" y de la novela "Adán Buenosayres". Falleció en la Capital Federal el 26 de junio de 1970.


Efemérides Culturales Argentinas.
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11 DE JUNIO

1900 - Nace en Buenos Aires el notable poeta, novelista y dramaturgo Leopoldo Marechal, autor de "El centauro", "Laberinto de amor", "Antígona Vélez" y de la novela "Adán Buenosayres". Falleció en la Capital Federal el 26 de junio de 1970.

Efemérides Folklóricas Argentinas
de Juan Carlos Fiorillo.
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1900 – nace Leopoldo Marechal, poeta, novelista y dramaturgo argentino.

Periodismo.com
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1900
Nace en Buenos Aires el poeta Leopoldo Marechal
Maestro, novelista, ensayista y poeta, integrante de la redacción de la legendaria revista vanguardista Martín Fierro, fue autor de una obra singular, con fuertes raíces en el clasicismo griego y en la filosofía de san Agustín, pródiga en metáforas y simbolismos con la cual construyó una visión diferente del hombre y el paisaje argentinos.
Premiado por sus poemarios "Odas para el hombre y la mujer", "Sonetos a Sophia", "El centauro", "Cinco poemas australes" y la tragedia "Antígona Vélez", fue silenciado y escarnecido por su filiación peronista aun antes del golpe de estado de 1955.
Autor de una de las obras fundamentales de la literatura argentina como es la novela "Adán Buenosayres", publicó también "El banquete de Severo Arcángelo", "Megafón o la guerra", "Los aguiluchos", "Días como flechas", "El poema del Robot", etc., así como las piezas teatrales "Las tres caras de Venus", "La batalla de José Luna", estrenada en 1967 bajo la dirección de Jorge Petraglia, y "Don Juan".
Falleció el 26 de junio de 1970.

Efemérides de TELAM.
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jueves, 29 de mayo de 2014

ALFONSINA STORNI, POETA



29 Mayo (1892)
En Suiza
Nace Alfonsina Storni
 
Docente, escritora, dramaturga, periodista y poeta de notable popularidad, colaboró en la Revista Nacional, Myriam, Tribuna Libre, Proteo, El Hogar, Caras y Caretas, Mundo Argentino, así como en el matutino La Nación. Autora de "La inquietud del rosal", "El dulce daño", "Irremediablemente", "Ocre", "Languidez", "El mundo de siete pozos", "Mascarilla y trébol", "Dos farsas pirotécnicas", "Polixena y la cocinerita", etc., acabó con su vida en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

Efemérides de TELAM.
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lunes, 12 de mayo de 2014

MARCO DENEVI, ESCRITOR

MARCO DENEVI.
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Marcodenevi.jpg 
Marco Denevi en 1980 (revista Pájaro de Fuego)
Nacimiento      12 de mayo de 1922, Sáenz Peña, partido de Tres de Febrero, provincia de Buenos Aires Argentina
Defunción        12 de diciembre de 1998, Buenos Aires Argentina)
Ocupación       Escritor y periodista
Género            Cuentos, obras de teatro y novela

Marco Denevi (Sáenz Peña, partido de Tres de Febrero, provincia de Buenos Aires, 12 de mayo de 1922 - Buenos Aires, 12 de diciembre de 1998) fue un escritor y dramaturgo argentino.

Esta biografía de MARCO DENEVI, está publicada en el blog, el día 12 de mayo de 2013, para quienes deseen leerla.

MARCO DENEVI

1922
Nace en Sáenz Peña (Provincia de Buenos Aires) el notable novelista, cuentista, ensayista y comediógrafo Marco Denevi. Su primera novela, "Rosaura a las diez" (1955) fue llevada al cine. Con su novela "Ceremonia secreta" obtuvo el premio 'Life en español' y también llegó al cine. Se lo considera uno de los mayores escritores de la literatura argentina contemporánea. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.


Efemérides Culturales Argentinas.
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12 Mayo (1922)
Escritor
Nace Marco Denevi


Abogado, escritor y periodista, miembro de la Academia Argentina de Letras, mereció importantes premios literarios, como

el Kraft por su novela Rosaura a las diez, el Argentores por El cuarto de la noche y el Nacional de Teatro por Los expedientes.

Autor de cuentos, novelas, obras teatrales y ensayos, además de las mencionadas, fue autor de  Parque de diversiones, Los asesinos de los días de fiesta, Manuel de Historia, Enciclopedia de una familia argentina, Ceremonia secreta, El jardín de las

delicias, El  emperador de la China, La república de Trapalanda, etc.

Falleció en Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.

Efemérides de TELAM.
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