CON LA PIEL DE AVELLANEDA EN EL VESTIDO
Mariano Pini
De vino, de pitada y madreselva.
Así era la calle de mi infancia, el barrio de mis tardes,
cuando el cielo se posaba en la vereda
a acomodar la silla gastada por abuelas.
El barrio de mis tardes, sonora ternurita pibe,
chaperío musical de las taperas,
el barrio de mis tardes,
con la infancia toda sedienta de aventuras.
Porque toco todavía la solitaria flor del aire
que en cada madrugada soltaba su perfume,
a veces con ganzúas a trasmano,
a veces con la suerte de otro envido,
la luz casi de muerte de todos tus zaguanes,
la piel de spica de todos tus gorriones.
Y escucho en esa orilla cuajada de miserias,
la voz con pena de lejanos querandíes
que me dicen Vení, levantáme de este charco,
son esos piecitos de Dock Sud
que valen menos que ceniza en el chiquero,
tolueno, metegol y ausencia,
padre borracho que va de luto hacia el jornal.
Contame, mirándote a los ojos te dicen,
contame a mi que me rascaba con madera de cruz
y que vi a un Jesús riendo sin dolor en la estampita,
a mi que me
ensalsaron con poemas de verdad
y tengo un perro sin edad cuidándome el colchón.
Será que un costo hay que pagar,
que en esa cuenta de shopping y tarjeta barata que te vino
ayer
están los ojos del pibito aindiado
y hasta el estomago marcado con sopa de ilusión.
Tiempo después supe que mi vieja tenia la piel de Avellaneda
en el vestido
y supe que esas manchas que tienen los pibes de Dock Sud,
son marquitas de los químicos que sudan mas allá.
Después te vi llorar, cielo de ternuras, cielo Avellaneda y
mio y para siempre,
te vi llorar como un orín de muerte sobre el muelle,
te vi llover con todas tus ganzúas viniendo sobre el mundo
porque tu cielo convertido es hoy esta mudanza de tropeles,
club social y carnavales, la piel de Avellaneda,
el monstruo del dolor globalizado,
y los pibes que no tienen ni un autito se ahogan con
petroleo
para naftas de coches de verdad.
De vino, de pitada y madreselva.
Así era la calle de mi infancia.
Llena de potreros incendiados, silbatina de los barcos de
Dock Sud,
estallando como un sol de madrugada.
Qué le pasó a tu cielo Avellaneda,
atestado de viejos dinosaurios de discurso,
qué le paso a tu entrana de metal y medianera
y a tus tangos que se ahogan en domingos de cupe.
Que en la habitación de al lado, casita sin terminar,
con la entrana en de ladrillo aun en carne viva, abusan
ahora de una piba,
entre yerba tirada por abuelos y peluches sin un ojo,
ahora y en quince minutos, y esta noche y manana y así...
Y si corre mejor suerte, anda a saber, va a terminar
limpiando vidrios
para coches que aceleran gambeteando sus olores,
practicando malabares para circos que levanta satanás.
Puta, matarife o vende espantos.
Porque de overol, de mate en el anden,
así era la calle mi infancia,
así es como la veo hoy,
oscura, actual, definitiva,
como los hondos bodegones del suburbio.
De vino, de pitada y madreselva.
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