EL COCODRILO - Joaquín Gómez Bas
Estaba de pie en la ducha. Me di un susto tremendo cuando
sentí su viscosa presencia deslizándose entre mis piernas enjabonadas. A la
altura de los tobillos. Atiné a aferrarme de la llave del agua; si no, me
desnuco contra el borde de la bañera.
Permanecí inmóvil bajo el chorro tibio, indagando, al acecho
de la repetición del caso. Y lo vi nítidamente cuando se produjo un claro en la
superficie espumosa ¡Un cocodrilo!
Enorme, verdoso. No entiendo cómo cabíamos los dos en tan
reducido espacio. Lo pienso erguido sobre su cola y sería tan alto como yo.
Pero ahora no se movía, tendido a lo largo, a un costado, en su evidente
propósito de no molestarme.
Para mortificarlo me apreté contra los azulejos de la pared,
bajé la palanca del calefón al máximo y al instante el agua salió hirviente.
Pero el bicharraco, tan orondo, insensible y plácido. Hasta me parecióٕ que
gruñía placentero.
Aparentando ignorarlo comencé a fregarme la espalda con el
cepillo de mango, y cuando localicé exacta su cabeza le sacudí sorpresivo un
golpe. Inútilmente. Con velocidad increíble levantó con sus fauces la tapa de
goma del sumidero y alargándose como una anguila desapareció por el embudo carrasposo
formado por el agua que se escurría.
No volví a acordarme de él durante el día, y por la misma
razón con ninguno de mis compañeros comenté el caso en la oficina. Tampoco con
mis hijos, ni con mi esposa, por que soy soltero y vivo solo. Tengo cincuenta y
dos años, pero esto no tiene nada que ver.
Ahora que las noches son bastantes frescas me agrada
llevarme a la cama una bolsa con agua caliente. Antes no lo hacía. Creía que
era un signo de debilidad, de afeminamiento. Hasta que me convencí de que es
estúpido eliminar la frialdad del colchón, de las sábanas y las cobijas a costa
de la propia temperatura. La cama debe calentarlo a uno, y no a la inversa.
Puse la bolsa de agua en el lugar correspondiente, a los
pies, y me dormí profundamente. Desperté repentino con la sensación de que algo
áspero y frío me rozaba los tobillos. Y resultó lo que esperaba. Allí estaba de
nuevo el cocodrilo.
Esta vez procedí con cautela. Retiré los cobertores, así con
lenta astucia las cuatro puntas de la sábana
donde reposaba acurrucado, como si fuera el patrón del lecho, y lo alcé en
vilo. Ni hizo el menor esfuerzo por liberarse. Me llamó la atención que apenas
si sentí su peso, como si la improvisada bolsa estuviera llena de viento.
Me acerqué al balcón –vivo en un cuarto piso- y lo arrojé a
la calle, cuidando de retener un extremo de la sábana. Abajo contra el
pavimento, hizo un ruido terrible, una verdadera explosión.
Estaba desayunándome cuando llamaron a la puerta, no
mediante el timbre, sino con unos golpes sordos. Adiviné que se trataba de
coletazos urgente y abrí sereno, dispuesto a recibirlo sin encono. Porque no
tenía la menor duda de que se trataba del cocodrilo. Y allí estaba, su cabeza
apoyada en el pequeño felpudo, abatido, maltrecho, observándome con ojos
implorantes.
Me dio pena; una pena de llanto contenido; y sin una
palabra, pero autoritario el mudo gesto, le indiqué que pasara. Eso sí, le
señalé con la mano extendida el hueco debajo de la cama, y allí se refugió
sumiso, arrastrándose pesadamente.
Fue en el cine donde le descubrí su condición humorística.
No sé cómo se las ingenió para entrar, ni cómo pudo seguirme por las calles sin
que yo lo advirtiera. Lo cierto es que cuando la sala atronaba con el tableteo
de los balazos –sólo veo películas de violencia-, en el instante justo en que
el contrabandista en acción se retorcía estertoroso, me privó de la visión la
cabeza del cocodrilo, que emergió sobre el respaldo del asiento delantero,
incomprensiblemente, pues antes de que se apagaran las luces me había regodeado
contemplando en ese sitio la aterciopelada nuca de una muchacha rubia.
Me irritó la oscura interposición de su boquiabierto perfil
de saurio y enardecido le apliqué un manotazo. Alguien pegó un chillido –creo que
una voz de mujer- y opté por escurrirme atropellando a los espectadores
sentados, entre un coro creciente de murmullos inamistosos.
No comprendo el insomnio. Apenas me acuesto, yazgo
convertido en bloque. Podría decirse que no despierto: resucito. Y siempre
maldiciendo la obligación de ir al trabajo. Lo que me saca de quicio es la
comprobación permanente, de toda la vida, de que me falta el sueño precisamente
los domingos, cuando podría disfrutarlo hasta el cansancio. Ya desde el
amanecer me mantengo lúcido, alerta, aguardando el rumor del periódico que el
diariero desliza por debajo de la puerta. Entonces me levanto, vuelvo a la cama
y leo hasta lo que no me interesa. Siempre así, desde que tengo noción de mis
actos.
Rectifico. Siempre así, no. Ahora –ya va para casi un año-
tengo que soportar la visita del cocodrilo, que aparece los domingos por la
mañana, junto con el periódico. Mientras leo, se instala soñoliento a mis pies,
bosteza de tanto en tanto y ronronea como un gato.
La idea me la sugirió una fotografía impresa en el diario.
Unos niños en el Zoológico. Debe haber sido algo así como una detonación
mental, porque simultáneamente con la ocurrencia el cocodrilo dio un respingo y
se me quedó mirando, receloso y a la expectativa. Pero no me dejé presionar por
sentimientos de lástima. En menos de un minuto estuve vestido, tomé una funda
de almohada y lo metí adentro. Confieso que sentí tristeza por la mansedumbre,
la resignación con que se sometió a mis maniobras. Y con el bulto a cuestas me
dirigí al Zoológico.
Anduve dando vueltas y preguntando hasta que logré por fin
ubicar el reducto destinado a los cocodrilos. Aguardé el momento oportuno, pasé
el bulto sobre el alambrado y lo arrojé íntegro sin quitar la funda. Mi amigo-
se me ocurre llamarlo así justamente cuando lo abandono- se contorsionó dentro
del trapo y un tanto cohibido asomó la cabeza. Sus congéneres se abalanzaron
curiosos, y me tocó padecer lo imprevisto. Mi cocodrilo -¡el mío!- huyendo por
el espacio circular, aterrorizado, acometido encarnizadamente a dentelladas por
los de su propia especie.
Lo salvaron mis alaridos y el fragor del avance del público
cercano, que acudió intrigado por mi actitud. La gente se acercó a tiempo para
compartir mi alivio. Porque recuperando coraje y haciendo alarde de una
temeridad insospechada, mi cocodrilo se volvió agresivo, enfrentó decidido a
sus perseguidores y aprovechando el desconcierto creado emprendió vuelo
verticalmente, descendió haciendo espirales para despedirse de mi soledad y
enseguida enfiló raudo, directamente hacia las nubes.
¿Cómo que no puede ser? Ah, claro… Desde el principio olvidé
mencionar que el cocodrilo de que hablo tenía alas
EL COCODRILO
Joaquín Gómez Bas
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