Espectáculos
11.04.2014
TENÍA 84 AÑOS
Murió Alfredo Alcón
El actor falleció esta madrugada, en su casa. En su extensa
carrera, brilló tanto en el cine como en el teatro. Fotogalería
El actor Alfredo Alcón murió esta madrugada en su casa de
barrio Norte, tras sufrir una complicación respiratoria. Tenía 84 años y era
considerado uno de los actores más importantes del país.
En los últimos tiempos, su estado de salud era delicado.
Había sido operado en el Sanatorio de la Trinidad hace cuatro meses, a raíz de
una infección intestinal, pero no se había recuperado. Sus restos serán velados
desde las 15 horas en el Salón de los pasos perdidos del Congreso y mañana
serán seputaldos en Chacarita.
Alfredo Félix Alcón Riesco, ese es su nombre completo, fue
uno de los más grandes actores argentinos de los últimos 50 años. Se desempeñó
tanto en cine como en teatro y en televisión, aunque en este apartado en menor
cantidad de proyectos. Su partida es una pérdida imposible de disimular para la
dramaturgia argentina.
Nació el 3 de marzo de 1930 y su infancia estaría marcada
por las carencias económicas. Claro, el crack internacional repercutió en la
periférica economía argentina y a los Alcón le tocó sufrirlo. “Eramos pobres”,
dijo el actor en más de una ocasión recordando su niñez. Sin embargo, la mayor
carencia no fue la económica, sino la temprana pérdida de su padre.
Cuando murió su padre, él y su mamá dejaron Liniers y fueron
a la casa de la abuela Felipa, en Ciudadela. Ese tal vez haya sido su primer
escenario: "Cuando los grandes dormían la siesta, me iba a la azotea y
convertía las sábanas tendidas en togas. Supongo que era jugar al teatro, pero
era una ceremonia inventada, secreta”, le comentó a Clarín Alcón. “Hijo único
de madre viuda. Yo envidio a la gente que ha tenido hermanos. Quien los tiene
sabe que una persona lo puede querer y querer a otro con la misma intensidad y
que lo que hay se reparte. Al hijo único le cuesta entender eso porque está
formado en el privilegio. Ya la palabra único es jodida”, agregaba hace unos
años al actor.
No sólo en esos juegos infantiles llegó el apasionamiento
por la actuación; uno de sus padrinos tenía una gran biblioteca de la cual el
joven Alfredo robaba diferentes libros. Entre los tantos que devoró con pasión
cuando no tenía más de 11 años, apareció Ricardo III de William Shakespeare. El
propio Alcón les dijo a sus compañeros de colegio si no querían que les leyera
la obra; allí, demostrando quizás su vocación, interpretó la obra impostando
las diferentes voces. Es por eso que la obra del inglés siempre tuvo un plus
para Alcón: “ Shakespeare no escribía para intelectuales”, comentó al respecto.
El cine, el teatro (con Carmen Amaya como primer gran
impacto) fueron poco a poco siendo cada vez más familiares para la futura
figura. El colegio industrial se combinaba con la escuela de teatro, aunque en
ese momento de acuerdo a sus propias palabras tenía poco talento.
Hasta que llegó su primer trabajo, y fue en la radio. Pero
lejos de ser un radioteatro o algo que tuviera que ver con su futura carrera,
lo que Alcón hacía era anunciar las novedades del día en el Mercado de Hacienda.
Pese a que José Cibrian intentaba llevarlo hacia la televisión no lo lograba.
Fue Rodolfo Goycochea, un empresario y representante, el que terminó de
impulsarlo. Y convencerlo.
A partir de allí, se disparó una carrera plagada de éxitos.
Ya desde mediados de la década del '50 inició sus trabajos en cine y muy rápido
(1960) se daría un trabajo que lo marco: “Un guapo del 900”, de Leopoldo Torre
Nilson. El personaje de Ecuménico López, le “cambió la vida”. “Martín Fierro”,
“El Santo de la espada”, “La mafia” se irían sucediendo en los años venideros y
su impronta en cada personaje iba en aumento.
“Boquitas pintadas” y “Nazareno Cruz y el lobo” fueron otros
filmes que lo tuvieron con papeles importantes. En este último, trabajo junto a
Leonardo Favio y así recordaba Alcón este momento: “ Sentías que él contaba con
vos, no era el gran Leonardo que venía desde arriba a darte órdenes, era más de
pedir que nos diéramos cosas ambos”.
Al mismo tiempo iba compaginando sus labores sobre las
tablas. Osvaldo Bonnet y Omar Grasso fueron los directores que más trabajaron
con él en sus primeros momentos en el teatro. Este último lo tuvo en
“Lorenzaccio”, pieza que lo junto con Rodolfo Bebpán en 1978. 33 años después
volverían a unirse en “Filosofía de vida”: “ Tenía una recuerdo hermoso de cómo
es él con los compañeros, cómo es ante el teatro, ante la vida, cómo mira, cómo
está al lado tuyo. Me quedé extrañándolo siempre”, comentaba Alcón en el 2011.
La relación con Shakespeare siempre fue muy particular,
íntima casi, por aquellos recuerdos de infancia. Pero tuvo otro tinte hacer
Hamlet en plena dictadura militar: “Ahí pasaba eso que cuento siempre, cuando
yo decía “hay algo podrido en Dinamarca” y la platea murmuraba... Además, Luis
Gregorich había hecho una adaptación muy interesante donde se subrayaba el
hecho político, de este hombre que viene a restaurar la justicia en un lugar
dominado por lo injusto. Claro que nada se decía clarito, teníamos miedo...”,
contaba el actor en el 2009.
La otra gran pieza teatral de su vida fue “Final de
partida”, de Samuel Beckett, la cual él mismo dirigió, la última de las veces
el año pasado, junto a Joaquín Furriel.
“Me gusta ser actor todo el día”, le decía a Clarín antes
del estreno. Claro, para este momento sus problemas de salud habían ido en
aumento (ya en 2012 había estado internado por un problema respiratorio), pero
la pasión por la actuación no había decrecido en lo más mínimo.
Pese a saberse y aceptar el mote de ser el mejor actor
argentino, jamás ahorró elogios hacia sus compañeros. En el 2010, logró
trabajar con Guillermo Francella en “Los Reyes de la risa. Fue el propio Alcón
quien pensó en Francella por verlo en un trabajo anterior, pero lejos de lo que
alguno podría pensar, no fue por su participación en “El secreto de sus ojos”,
sino por verlo en “Casados con hijos”.
“Guillermo es un tipo que está preocupado por su laburo y lo
vive con una concentración total. Viene a trabajar. No sabe nada, no sabe que
sabe, y eso es lo bueno. Yo me equivoco la letra y él está muy metido en
situación. Aprendo de la naturalidad con la que él se ocupa del otro, sin
ninguna bandera de nobleza ni generosidad, sino realmente siento que está
pendiente de su alrededor, que no está metido en su cáscara, cosa que es muy
normal”, explicaba Alcón antes del estreno.
España también lo recibió; obras de Federico García Lorca,
Jean Paul Sartre y nuevamente Shakespeare fueron interpretadas por Alcón en
tierras ibéricas.
También tuvo algunos trabajos en televisión, el último de
ellos en “Herederos de una venganza”, la tira de Pol-Ka para El Trece, en el
2011. “Vulnerables” y “Por el nombre de Dios”, fueron otros de los productos de
los que participó el actor en TV.
“A mí me da más miedo vivir que estrenar una obra”, dijo,
restándole importancia tal vez a su labor. Pero a tal punto llegaba su pasión
por la actuación que también era capaz de afirmar: “Por empezar, nunca tengo
ganas de hacer la función. Nunca. Porque sé que me va a pasar algo. Es un
miedo... No es miedo de los otros. Es miedo de mí mismo. Hay días en que todo
fluye y otros en que me siento apenas diciendo el texto por el que pagan”
fuente:CLARIN.COM
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