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martes, 6 de enero de 2015

LUISA MERCEDES LEVINSON, EL ABRA



LUISA MERCEDES LEVINSON - EL ABRA



En medio del abra, ya seminvadida de malezas, en el campo de los Mendihondo, se puede ver una tapera de dos piezas corridas y galería a los lados, con techo de zinc donde el sol se apoya con saña.

El abra, de una legua escasa, está rodeada por la selva de Misiones que, como un nudo corredizo, en cualquier momento podría estrangularla. Es una isla seca esa abra a la que solamente llegan, a veces, ñanduces o monos, o, muy de cuando en cuando, un chasque que, como yo, por alguna razón de pobreza, se aventura a cruzar la selva y el páramo de tierra colorada.

En un tiempo la tapera del abra estuvo blanqueada y el campito poblado por algunos vacunos. Un pozo exiguo, con una mula atada a la noria, era la única provisión de agua. De las vigas del techo de la galería colgaba la hamaca paraguaya, y, en ella, estirada, una mujer morena de miembros cortos y redondeados que se abanicaba con una pantalla de junco. A pesar del tinte mate de su piel, no parecía del país; la sombra exagerada de sus ojeras acusaba el kohl. Se cubría con un vestido claro que dejaba transparentar sus formas pronunciadas. La hamaca se ondulaba con el peso de esa figura pequeña y maciza. Alrededor de ella se formaba un vapor confuso, una especie de orla o halo. Pero quizás era sólo la nube oscilante de moscas y mosquitos.

Don Alcibiades la había traído de Oberá, una noche, y ahí se había quedado. No la llamaba por ningún nombre, solamente eh, decí, mirá. Tenía un nombre difícil de pronunciar. Ella había creído que ese hombre barbudo, con ojos muertos, movimientos rápidos y una rastra emparchada de plata, la iba a llevar a ciudades con ferias y ruedas que vuelan por el aire, o a campamentos donde se escuchan las fanfarrias lejanas, y la caña, en cantimploras, rueda de boca en boca, suavemente hinchada por los votos secretos de muchos hombres, al anochecer.

Se quedaron ahí, sin una guitarra ni un perro. Después, él conchabó al Ciro, el peón. El peón, además de arrear los animales al bebedero, castrar y carnear de cuando en cuando, hacía la comida, cebaba el mate y a veces lavaba la ropa. También cargaba con la hamaca de una a otra galería, con o sin la mujer adentro, en busca de sombra. Hablaba poco; contra el último pilar de la galería, se quedaba por las noches apartado y oscuro. Como no pitaba, sólo se percibía, muy de cuando en cuando, el brillo de sus ojos encandilados. Las estrellas brillaban fuerte en la gran noche, pero más allá, al raso.

Don Alcibiades, ya en el oscuro, tiraba el pucho y se acercaba a la hamaca. Se quedaba ahí un buen rato, de pie. De pronto cargaba con la mujer hacia la pieza.

Muy de mañana cebaba el Ciro. La mujer ya estaba en la hamaca otra vez, como si no se hubiera movido, abanicándose eternamente, con los ojos sombreados de kohl. La expresión de esa cara era igual a la de muchas mujeres que se encuentran en el pueblo o las ciudades: una máscara de melancolía o de tedio y detrás de la máscara, nada.

El Ciro le pasaba el mate en cuclillas, la pava un poco más allá, en la tierra roja, y, prosternado, le ofrecía un cigarro de chala, una fruta o una perdiz traída de la laguna, a quince leguas. El patrón se prendía la rastra de plata y observaba desde adentro, afinados los labios resecos. El muchacho era duro para el trabajo y rendidor. Le iba cobrando ley.

Una madrugada en que la mujer estaba comiendo las frutas de las palmeras invisibles, por lejanas, vio una culebra y, le tiró a la cabeza, como tantas veces lo hiciera con el revólver que estaba ahí nomás, en la hamaca. Don Alcibiades salió de la pieza.

-Buen tiro, che. Te premiaré por la puntería. Me voy pa la feria arreando los novillitos; te traeré la blusa.

-¿Lo acompaño, patrón? -preguntó el Ciro.

-No.

Don Alcibiades añadió, dirigiéndose a la mujer:

-Te queda un tiro. Es bastante pa vos. -Y se fue. No cambió la máscara ambigua en el rostro de ella.

El Ciro montó la yegua y salió a recorrer el campito, como siempre, arreó de la selva a tres vacas alzadas, curó a un ternero abichado, libró a otros de uras y garrapatas y acomodó las ramazones que servían de alambrado. Cuando volvió a las casas empezó con la fajina doméstica: prendió fuego para el asado, entre la polvareda y el viento; en cuclillas, como siempre, miraba de reojo a la mujer. Ella se desperezó, después se desprendió la blusa, como si la botonadura le lastimara el pecho. Estirada en la hamaca, abanicándose, su rostro permanecía impasible; sólo el cuerpo, en ondulaciones sobre la red, cambiaba, se multiplicaba en su aleteo, como si muchos peces submarinos y brillantes se debatieran en una atmósfera antinatural, en intentos inútiles, un poco monstruosos. Y en todo había una belleza remota y agresiva. El Ciro fue acercándose despacio, silencioso, de rodillas, y empezó a acariciar la mano que colgaba fuera de la red. La mano se alzó hasta el pecho y con ella arrastró a la otra mano. El Ciro saltó sobre la red, alucinado, desesperado, como una tormenta que se desencadena. Y su sudor caliente se mezcló a las sales profundas y por fin el secreto del mundo fue revelado. La mujer entreabrió los labios. Una paz corpórea, blanca, se elevó sobre la tierra rojiza, sin pájaros. Un grito de la mujer la ahuyentó de pronto. Sonó un tiro y el Ciro, en un estertor rígido, cayó hacia afuera, sobre la tierra apisonada, bajo la hamaca.

-No me esperaban tan pronto, ¿eh? -Y después-: No lo hice caer encima tuyo, no te podés quejar.

Alcibiades se acercó y metiendo el revólver en el cinto tomó los bordes de la hamaca, empezando por arriba, y fue cerrándola sobre ella, trenzándola con el lazo. La mujer estaba quieta, callada, abiertos los ojos sin mirar, bajo la soga que iba cerrándose, primero sobre su cara, todo a lo largo de su cuerpo, después. Él trabajaba concienzudamente, práctico en la tarea con el lazo. Terminó en lo alto, en el lado de los pies, con un gran nudo doble.

Ella no sabía aún qué había pasado. El lazo le daba sobre la cara, sobre los pechos. Algo pegajoso le había salpicado los muslos y un brazo. Y el olor subía desde la tierra apisonada, una mezcla de pólvora y de amor, y de cosas muy lejanas y profundas; mares, tal vez. En una contorsión que hizo oscilar la hamaca, se volvió boca abajo; vio a un hombre muerto que fue el Ciro: a la frente destrozada seguía la nariz indecisa y los labios, herida irremediable, dulce y agradecida; eran los labios recién besados de un niño.

La mujer estaba todavía aletargada por esa paz ya huida. No entendía mucho de miedos. Sabía que era difícil que algo fuera peor. Ya hacía tiempo que había tocado fondo; la felicidad podía ser sólo una memoria confusa y fugaz o un momento sin futuro. Recién había bebido de la felicidad hasta lo hondo, por primera vez, y a pesar de todo, un bienestar la invadía; un baño de bienestar que pesaba más que los acontecimientos, que trastocaba el tiempo y la mantenía en un presente que ya había pasado. En casa de Doña Jacinta había conocido el apremio de muchos hombres, pero nunca había conseguido ese bienestar que le hacía recuperar las cosas remotas; la infancia y un barco y una imprecisa canción. Sintió que los pechos y el vientre le pesaban como si fueran el centro del universo. De pronto abrió los ojos. El Ciro estaba quieto, allí abajo, en el suelo, largo. Ella se retorció, adentro de la red, y empezó a crecer en ella, como si fuera desde la entraña misma de la tierra roja, un odio pétreo, gris; un odio de greda que la traspasaba, la superaba. Raspándose los flancos logró darse vuelta de costado. Su odio nada tenía que ver con la angustia o la debilidad o el estar allí, vejada, entre cuerdas, prisionera. Era un odio duro hacia un hombre que tenía poder, el patrón, Alcibiades, que estaba ahí junto al pilar; en ese sitio que había sido el apoyo de la espera, de la paciencia, de la pobreza, del amor; del Ciro.

La máscara en el rostro de la mujer no expresaba nada más allá de la ambigüedad, como siempre. Pero ahora revivía esa escena pasada, cuando el hombre de la barba entró en el patio de Doña Jacinta, en un atardecer, chirriando las botas, como si fuera matando la luz con sus pisadas y vio el desfilar de las muchachas: la Zoila, tan delgadita que parecía que iba a quebrarse, la Wilda, con su pelo motoso, sus labios abultados y sus ojos verdes, y las otras, y cómo la eligió a ella y la hizo tenderse y subir los brazos detrás de la nuca y cómo una arcada de asco le subió a la garganta, algo que no le había sucedido antes. Él prometió mostrarle ciudades y le ofreció cigarros de chala y ella olvidó ese asco inicial y se fue, dejando el atado de ropa para las otras, total, a ella ya le comprarían vestidos nuevos en la ciudad, y una combinación de seda celeste. Y llegaron allí, al abra, y lo mismo que en el patio, en el pueblo, los días fueron iguales, más iguales todavía, pasando de amaneceres a ocasos, de noches a días, de calor a calor.

El rencor la ahogaba, le subía en bocanadas desde el vientre. Se parecía a aquella primera arcada insólita que le acometió cuando Alcibiades la besó por primera vez. Algo que había estado quieto en sus adentros, como una laguna estancada, se echó a correr, a desbordarse por su cuerpo y por su mente, arrastrando los espejos rotos impregnados con sus imágenes recientes, estúpidas y asombradas. Y al lavarla de lo anterior, la volvía clara, lúcida para intentar una venganza. Se oían las idas y venidas del hombre, en la pieza, cómo contaba las monedas de plata, cómo abría la valija y metía, adentro, la ropa y el poncho de la cama. Eso quería decir que se iba, que la dejaba, para que ella se consumiera hasta el fin, bajo el sol que ya daba vuelta hacia esa galería, entre la nube de moscas verdosas, pastosas, que subían desde la cabeza destrozada del muerto, hasta ella. Lejos, esperaban los caranchos y los cuervos.

La lengua, seca, se le pegaba al paladar; el estómago se le endurecía y la apretaba con cien uñas nuevas, adentro, pero no se le ocurrió pensar que tenía hambre y, sobre todo, sed. Su odio podía más que los apremios. Un olor blando se alzaba desde el piso. Un olor dulce que se parecía a ese sudor reciente de ellos dos, mezclados. Y a los yatais que él le traía desde lejos. Y también al bebedero de la mula.

Alcibiades, con la valija en la mano, se detuvo ahí cerca, los labios estirados en una especie de sonrisa. Tal vez su reciente acción le quedaba grande; lo sobrepasaba. Se admiró de sí mismo, de su decisión; había matado a un hombre, al muchacho. Limpiamente se había librado de algo que lo incomodaba. Ahora había que huir. También era molesto, no sabía qué hacer. Hacía calor, era la hora de la siesta.

La mujer parecía un puma, con sus miembros cortos y su vientre y busto abultados, la piel con algunos manchones rojos bajo la red emparchada de sol. Ella empezó a retorcerse. El sol le daba en el hombro derecho y en la cadera; después, en todo lo largo de ese costado. Se acomodó boca arriba, de espaldas al muerto, el sol sobre el seno pesado, justo bajo la soga, sobresaliendo el pezón morado por un cuadradito de la red. La cabellera negra se desparramaba y le escondía la cara; toda esa masa de pelo apenas entreabierta para dejar que ardiera la mirada. Un quejido monótono, un poco ronco, acompañaba el contoneo, algo así como un arrullo, si las fieras pudiesen arrullar, mientras a la frente angosta, deprimida bajo ese pelo que caía, llegó desde sus entrañas una sabiduría antigua: si ella sabía llamarlo, ese hombre se acercaría, se abalanzaría sobre ella y desataría el nudo y destrenzaría el lazo y se aflojarían los bordes de la hamaca y eso significaría vida, el poder y, después, la venganza.

Alcibiades estaba inquieto junto a ese pilar. Dejó la valija en el piso y dio un paso adelante. Se detuvo de nuevo.

-Te estás asando al sol, ché -dijo con uno voz extraña, pastosa.

Ella se retorcía, rugía un poco. El hombre añadió, con voz honda, como si le costara hablar:

-Aura naides nos molestará, aunque sea al sol.

Se iba acercando, deteniéndose y dando un paso adelante otra vez. Ella lo veía crecer, agigantarse. En cualquier momento se abalanzaría, por sorpresa. Tal vez su impaciencia le haría cortar el lazo o la red con el facón.

En los sacudimientos de la mujer hubo un cambio de ritmo, un estremecimiento que el hombre no notó. El odio, por arcadas, por oleadas, iba adueñándose de sus pequeñas astucias, de su pereza, de su deseo, de todo aquello que había sido ella, hasta entonces, y la invadía en flujos y reflujos. Toda ella era una marejada de odio caliente que la endurecía. Su odio era más impaciente que el deseo de él, más apremiante. Ya nada significaba el plan de venganza, ni siquiera la vida. Era un odio exigente, tiránico, de una majestad feroz. Y se agrandaba adentro de ella, la estiraba, ya no lo podía contener... Estalló un tiro.

-Perra -murmuró el hombre, entre dientes; dio una voltereta y cayó de espaldas al piso. Tenía una mano sobre el pecho y escupía aún confusas maldiciones.

Adentro de la hamaca quedó el revólver inútil, vaciado. Ella también quedó así. Era la última bala, el último ruido para quebrar el rumor, la pesadez, y la sed. Era el último ruido del mundo para ella. El hombre, Alcibiades, tendido, contorsionándose, oscuro, era una sombra empecinada contra la luz; juramento y estertor. Y, por fin, nada, apenas la muerte bajo el pilar, un poco más allá de la valija vieja e hinchada. Y un hilo de sangre dibujando la camisa no muy blanca bajo la barba renegrida.

La mujer se rindió al sol que la poseía prolijamente. Su odio, satisfecho, la abandonó como un hombre, nomás, y ella se sumergió en una especie de paz opaca, sólida, que poco tenía que ver con aquella que había atrapado luego del amor. Pero ésta era, por lo menos, duradera.

Todo el sol destinado al abra de tierra roja estaba concentrado, ensañado en ese cuerpo desnudo bajo la red, húmedo, que se iba secando poco a poco. Y la lujosa corte de moscas, tornasolándose al pasar de la sombra al sol, estiraba las alas y las patitas, iba y venía desde los cuerpos de los hombres muertos hasta el de ella, sin hacer distinción entre la cabeza destrozada, el pecho donde la sangre parecía correr aún, y su sed. Ella alimentó el odio a costa de esa sed; algo estaba cumplido, saciado. Se estuvo un rato quieta, soñolienta. De pronto empezó a roer la red, desesperadamente. Un cuadrito se cortó, después otro. Ardía la piel, los labios, los ojos. Todo se incendiaba en ella aunque la noche ya caía lentamente y pesaba como cien hombres y la selva comenzó a desperezarse a lo lejos, arrastrándose primero, galopando con furia, después, estrechando el círculo del abra, estrangulándolo. Cegaba el resplandor de las lagunas y de los ríos mentirosos que avanzaban y huían. Noche, sol, noche otra vez. Y morder los hilos del frío, del miedo, de la soledad. Sus propios gritos engendraban otros que tomaban formas, que la rodeaban y la aturdían y atronaban la noche. Luego el silencio la envolvía y el nudo del lazo, allí arriba, sobre sus pies, se agrandaba en el aire, inalcanzable, todopoderoso.

Redobla el galope de la selva. Sombras, graznidos, alas pegajosas le abofetean la cara, le picotean los muslos y las caderas, la salpican de negrura y de muerte: "La Wilda y la Zoila duermen bajo el mosquitero. ¡Llegan los hombres! Doña Jacinta se va a enojar. Se me enredan las guías en las piernas y las manos de los hombres aprietan los pechos de las muchachas donde rebosa la leche amarilla y amarga para engañar la sed de los hombres. ¡La comadrona! No, que quema las entrañas, se incendian con las palmeras y las culebras. En lo hondo, más abajo de la tierra apisonada, arden las monedas de plata, la barba negra; ya son un líquido negruzco...

Rueda la rueda redonda por las ciudades. ¡Ciro, Ciro, desatame de la rueda! Abajo, en el patio de jazmines, están los soldados con sus fanfarrias y su bonito uniforme azul. Y los ángeles vuelan por el aire y cantan. Trae las blusas de seda para las muchachas. Vamos a rezar todas juntas a la Virgen para que se cumpla el milagro; una combinación con randa y un hombre que se quede. La selva me cubre, me esconde entre sus hojas, entre su lujo, entre la selva... Virgencita, nudo del aire, no me ciegues con tu luz"...



La hamaca, en el vacío, como un puente o un sueño murmurante aún, se mecía sobre la muerte, cuando yo, el chasque pobre, llegué.


página oficial de Luisa Mercedes Levinson.
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LUISA MERCEDES LEVINSON, EL ANGEL



LUISA MERCEDES LEVINSON - EL ÁNGEL

El escultor vivía solo en su cabaña, a la entrada del bosque, meditando sobre la medida, el peso y la forma de los ángeles del cielo.
Cierto día, el cura del pueblo llegó hasta la entrada del bosque para asistir a un moribundo, y al pasar frente a la cabaña del escultor, le encargó que tallara un ángel de madera para su iglesia.
El escultor fue al bosque, cortó una rama de un árbol y empezó a tallar. Pero su ardor lo sobrepasó y de sus manos surgió una ninfa, después una dríada y por último, cuando ya quedaba muy poca madera, un geniecito del bosque.
El escultor pensó que era necesario un sacrificio para poder crear un ángel, y derribó un árbol con un nido; su cuchillo talló la estatua de una hermosa mujer con siete alas, que se parecía a Salomé. El escultor, contrito, mortificó sus manos pecadoras con las espinas más afiladas del bosque y poco a poco fue surgiendo una figura alargada, con dos alas rígidas. Pero el escultor no creía en ángeles severos y talló, talló hasta que la figura fue perdiendo en majestad lo que ganaba en dulzura y fue redondeándose y sonriendo. Pero ese ángel pleno de leche como un recién nacido tampoco era el ángel, y el escultor pasó varias noches insomne, extendido en su banco de piedra, orando, para que un ángel verdadero descendiera hasta su corazón y sus manos pudieran recrearlo.
Ya el camino estaba cubierto de nieva y de silencio, cuando el escultor llegó hasta el bosque y cargó con un árbol derribado por la tormenta.
Con unción se puso a tallar una forma con algunas reminiscencias barrocas, pero de pronto su cuchillo cortó con la memoria y se sumergió en las zonas de la simplicidad y la pureza. El escultor sintió que sus manos rezaban, a su manera, y el cuchillo obedecía a una ley. Surgió un ala temblorosa de brisa, y la otra, leve y más fuerte que el viento: era un ángel.
El señor cura acertó a pasar, miró al ángel un instante, y se volvió al escultor.
-Por lo menos antes, sus santos parecían diablos, y su Madonna, una robusta muchacha, pero este ángel no es nada; parece un árbol, no más.
Y se fue de vuelta por el camino dialogando con las campanas lejanas de su iglesia que llamaban al angelus.
El escultor quedó callado; una alegría secreta le llenaba el corazón: quedó con su ángel.
-Mi ángel -decía- es un ángel. Un día se volará…
Estaba al servicio del destino del ángel y cargó con él fuera de la cabaña, pasó un ala por la estrecha puerta, después la otra. El ángel se irguió frente a la ventana.
El escultor pasaba los días y las noches apostado contra el vano, sin dormir ni comer, sólo atento a su ángel, esperando el milagro.
Una mañana vio que el ángel respiraba hondo, como para alistarse a volar.
-Ahora, ahora -se decía el escultor.
Pero pasó el día y el ángel seguía ahí. Sólo a la noche, cuando salió la luna, sus alas se agitaron ensayando el vuelo.
A la madrugada el escultor salió de su cabaña. Dos lágrimas temblaron en sus ojos como habían temblado las dos alas. El escultor se arrodilló junto al ángel:
-Ha llegado el momento de la despedida -dijo-. Adiós ángel.
Quería decir más cosas, pero no pudo hablar. Alzó los ojos; tenía miedo de echarse a llorar.
Su mirada se detuvo en el ángulo del ala izquierda, que dibujaba el cielo; algo tierno y pequeño iba creciendo, allí, algo que reverdecía, como un brote.
El escultor, confundido, inclinó la cabeza. Bajo el ángel, la tierra blanda se abría dulcemente para dar paso a una raíz.


página oficial de LUISA MERCEDES LEVINSON.
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LUISA MERCEDES LEVINSON, EN LA OTRA ORILLA



LUISA MERCEDES LEVINSON - EN LA OTRA ORILLA

La otra orilla quedaba demasiado lejos para poder distinguir alguna cosa, pero Florinda sabía que en aquel lado las muchachas reían y cantaban y estaban siempre alegres. Si en un día de calma pegaba la cara a la tierra, podía oír sus risas, confundidas con el murmullo del río, pero nunca divisar sus vestidos de sedas de colores que relucían en la noche. No había que cargar el agua en el cántaro, en la otra orilla, porque las mulas se encargaban de hacerlo y los hombres daban fuertes voces para arrearlas.
En este lado del río no quedaban hombres. El Eustaquio, que no tenía piernas, el Eulogio, tan viejo que ya se había olvidado de hablar, y Juan, pero Juan también se iba.
A la noche podían verse las luces, en la otra costa, luces verdes y amarillas que se encendían y apagaban como luciérnagas diciéndose cosas. Hasta los pájaros cruzaban hacia la tierra de los sembrados pero a veces caían antes de llegar y la oscura resaca del río florecía con las alas de colores de los pájaros muertos.
Los hombres no regresaban. Sólo a alguno que otro solía devolverlo el río con una bala en el costado. En cambio las muchachas volvían por su voluntad, pero por poco tiempo; volvían para morir. Una de ellas tarareaba una canción que había aprendido en la casa de Rosita, en la Bajada Vieja, y la repitió tantas veces que la canción la oprimió, y la muerte tuvo que apresurarse para desatarla.
Florinda sólo conocía esa canción. La cantaba en las tardes y en las noches, y Juan quedaba prendido y no cruzaba el río. La vieja, con un farol de señales, gruñía al verlo por ahí. No era hombre el que se quedaba, como si en el otro lado no hubiera caña y cigarros, monedas y muchachas. Pero Juan no se iba, y a la noche, la vieja de las señales contaba las cosas tristes que les pasaban a las muchachas alegres de la otra orilla: hombres que traen la locura de la selva y la esconden en un rincón del baile de la Bajada Vieja para enloquecer a las muchachas.
Una madrugada, después de una noche de viento norte más larga que las otras, Juan se fue. Cuando Florinda llegó hasta el río para llenar su cántaro no encontró la barca; sólo una pequeña mancha blanca cada vez más lejana entre el oro del cielo y del río.
Esa mañana, las lágrimas de Florinda resbalaron hasta la mesa de los chipás y la vieja de las señales y el Eulogio y el Eustaquio, después de haber comido, cada uno, en su rincón del rancho, se pusieron a cantar y a bailar, a su manera, como si alguna llamarada de dolor caliente les encendiera el corazón:

El Juan ha cruzado el río,
llega a la Bajada Vieja,
el que llega no se aleja
de esa Bajada. ¡Me río!
Sólo lo devuelve al río,
algo frío, frío, frío:
una bala en la cabeza.

A veces las palabras caen oblicuamente, como la lluvia, y cuando siguen y siguen cayendo, salpican, ensucian, se transforman en charcos de sangre estancada: algo frío, frío, frío. Florinda corre, corre hasta el río, abrazada a su cántaro, pero las palabras, como la lluvia, siempre corren más ligero: una bala en la cabeza. La piragua está amarrada a las tacuaras. Es lindo desatar los nudos y dejar que resbale un cántaro, vaciado, en una piragua vieja, vientre de barro, sin agua, en el vientre de tronco, sin savia. Ella, Florinda, también es tronco y barro, vacíos, sobre el río lleno, remando, remando. El vacío, a veces, puede más que la plenitud; la desesperación más que la esperanza.
Florinda sabe que el río arrastra hacia abajo, pero rema hacia arriba, contra la corriente, contra la mala suerte, contra el destino. Rema con una alegría feroz; de esa Bajada ¡me río! Engañan el Paraná, el Paranahybe. ¿Para dónde va el río, curvando, engañando, estrechando?, afluente de río, y las costas, apasionadas en la tarde, empiezan a besarse con las copas de sus árboles, arriba, Juan ha cruzado el río. La piragua queda ahí, encallada, prendida a la maleza y Florinda, curvada, cuerpo en forma de tronco, cierra los ojos. Una canción con la voz de la selva va creciendo hasta el río. Florinda sólo conocía la canción de la muerte y la canción de la burla o del rencor. Ahora escucha una canción, simplemente.
El primer resplandor de la madrugada puede alumbrar la huella de una canción, siempre que sea, de verdad, el primer resplandor; Florinda lo sabe. Sus pies desnudos tocan esta orilla que fue la otra orilla y siguen la huella sin sendero. Ahora la voz, corpórea ya, la conduce a una cueva bajo la barranca y las ruinas. El hombre que canta está ahí. Tiene una cabeza noble y una barba renegrida. El hombre se vuelve y dice:
-¿Qué hace una muchacha en la cueva del lagarto?
-Vos no sos lagarto, señor, y yo te doy mi cántaro si me ayudás a encontrar a Juan.
Lo dijo en lengua guaraní. El hombre de la barba y los pájaros del monte entienden esa lengua. El hombre ríe con su risa grande y los pájaros se ponen a cantar.
Después, el hombre de la barba se estira, alto, flaco, y como un tronco, queda serio y silencioso. Se rasca la cabeza y dice, por fin:
-Y bueno.
Pone al hombro su morral y toma por el sendero. Florinda lo sigue con su cántaro a la cabeza.
Al entrar a la picada roja él empieza a cantar y después llama ¡Juan! con su gran voz de barítono: Juan... Algunos Juanes acuden, desde la selva o las chacras, y el hombre de la barba, sentado en un tronco, empieza a contar historias mientras Florinda da de beber de su cántaro y mira a los Juanes fugazmente, a los ojos. El hombre toma de nuevo su morral y sigue por la picada: ¡Juan, Juaaan...! Y se suceden las historias: la del leñador alucinado, mordido por la víbora, a la deriva por el alto Paraná en la barca que lo conduce a la muerte.
¡Juan! Adelante, bajando hasta la ciudad, hasta la plaza de la ciudad. Acuden cincuenta, cien Juanes creciendo como el río mientras se desenredan historias: la de dos mensú huidos, muriendo de hambre y de frío y soñando con la muchacha del vestido verde.
Florinda pasea sus ojos huidizos, de Juan en Juan. Los ojos resbalan y mueren de frío en esos rostros de falsos Juanes hambrientos de historias, ávidos, bajo el sol.
El hombre de la barba toma por la Bajada Vieja. ¡Juaaan...! Muchachas de ojos sombreados se asoman tras las rejas esparciendo su olor a agua de olor y a laguna y extienden fuera de los barrotes sus miradas oscuras y sus dedos con anillos dorados. Pero sus hombres siguen al que les cuenta historias de locura y de muerte y no vuelven la cabeza para decirles adiós. Los Juanes ya son infinitos. De pronto el hombre se vuelve, y puede ver, bajo el lapacho florecido, a Florinda, que corre para abrazarse a un Juan, el último que quedaba en el recodo, el único Juan del mundo, el verdadero.
El hombre de la barba vuelve la mirada hacia el río, queda callado y se rasca la cabeza. ¿Qué puede hacer con todos los otros Juanes, los falsos Juanes inagotables? Un destello más oscuro que sus pupilas renegridas enciende su mirada; podría tirarse al río y los Juanes lo seguirían, como al flautista de Hamelin las ratas del pueblo.
Pero el hombre queda quieto frente al río de la tarde, de espaldas al amor; acaricia su barba sedosa y sombría, se sienta a la manera criolla y dice:
-Les contaré mi último cuento, un cuento que nunca podré repetir, un cuento extraño y único, porque tendrá un final feliz.
El Paraná, un poco cansado, un poco envejecido de tanta correría, se despereza y va llevando, río abajo, las palabras, entre camalotes y remolinos morados. La historia ha terminado y el hombre de la barba se levanta lentamente, y con un gesto que se parece a otro gesto remoto e impreciso despide a los Juanes. Pone su morral al hombro y sigue por la picada.
Corriendo lo alcanza Florinda, se interponen, ella y su cántaro, arrodillados, y en idioma guaraní, irrumpe:
-¿Cómo te llamas, señor, para que te rece?
El hombre acaricia su barba, mira al lapacho florecido, y luego, un poco más arriba. Y contesta lentamente:
-Y... Horacio Quiroga, pero creo que es de balde, aunque reces.
Y sigue por la picada, cantando.

página oficial de LUISA MERCEDES LEVINSON.
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LUISA MERCEDES LEVINSON, ESCRITORA 5-1

1909
Nace en Buenos Aires la novelista, cuentista y dramaturga Luisa Mercedes Levinson, autora de "La pálida rosa de Soho", "La isla de los organilleros", "Tiempo de Federica" (teatro), entre otras obras. Falleció en Buenos Aires el 4 de marzo de 1988.


Efemérides Culturales Argentinas.
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Un día como hoy... 5 de enero...pero de 1914...nació
LUISA MERCEDES LEVINSON.
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LUISA MERCEDES LEVINSON
biografía*



1914 Nació el 5 de enero, por la noche, en Avenida de Mayo 1437. Hija única del Dr. Arturo Levinson, australiano (hijo de ingleses), y de Merceditas Jové y Martí, hija de un diplomático español.

1917 Jugando aprende el inglés con su institutriz británica.

1918 Inventa una pieza de teatro. Viaja por Europa durante siete meses con sus padres y su abuela catalana, Luisa Ana Martí Batlle de Jové.

1920 Escribe versos.

1924 A causa de una escarlatina complicada con nefritis, debe abandonar el colegio. Se siente muy sola. Su educación se completa con la dirección de Miss Mason, gobernanta inglesa que influyó mucho en su obra literaria. Estudia música y toma clases de arpa.

1925 Aprende francés. Con frecuencia la llevan al Colón a escuchar óperas.

1927 Escribe poemas. Transcribe sus sueños. Da conciertos de arpa en actos benéficos.

1933 Se casa con Pablo Valenzuela, médico.

1934 Nace su hija Helen, cuya pérdida, años después, le resulta inadmisible. Un compromiso literario la ayuda a superar ese abatimiento.

1939 Nace su hija Luisa Valenzuela, escritora, radicada actualmente en Nueva York.

1943 Utiliza el seudónimo Lisa Lenson.

1945 Publica cuentos en las revistas El Hogar, Atlántida, Leoplán y otras.

1951 Aparece su primer libro, una novela totalmente soñada, La casa de los Felipes.

1952 Escribe otra novela, Concierto en mi.

1954 En colaboración con Borges escribe un cuento, "La hermana de Eloísa". Es una gran enseñanza para la escritora.

1955 "La hermana de Eloísa" aparece en libro. En adelante resuelve publicar con su verdadero nombre.

Viaja a Europa. En Madrid conoce a Pío Baroja. Visita en Sitges, cerca de Barcelona, la "casa Pairal," la casa de sus mayores, que su bisabuela vendió al poeta y pintor Santiago Rusiñol y actualmente es el museo de Cau Ferrat . En París es descubierta por Roger Caillois. Algunos de sus cuentos son traducidos y publicados en revistas literarias. En Londres habla por la B.B.C. En La Nación, de Buenos Aires, publica artículos de viaje.

1956 Aparece Concierto en mi. Premio Municipal.

1957 Vuelve a Europa. Roger Caillois la incluye en antologia La Puissance du Réve, que se publica en París. Su cuento "El abra" es traducido por Francis de Miomandre y publicado por Les Cahiers du Sud.

1959 La pálida rosa de Soho. Faja de honor de la SADE. Los cuentos de este libro son traducidos al inglés por Patric O.Dudgeon.

1960 Primer Premio Municipal por La pálida rosa de Soho Premio Provincia de Buenos Aires.

Publica en la revista Sur y en otras revistas lliterarias del país y el extranjero.

1961 Traducciones al inglés en los Estados Unidos, al italiano, al alemán.

1962 Tiempo de Federica. Primer Premio del Teatro General San Martín. Estreno en el mismo teatro.

1963 Julio Riestra ha muerto, estrenada en el Teatro del Riachuelo. Representa a la Argentina (con una obra de Carlos Gorostiza) en la antología Obras maestras del teatro moderno, editada por Losange y Amauta.

1964 La isla de los organilleros, novela. Conferencias en el interior del país y en el extranjero.

1967 Las tejedoras sin hombre, cuentos.

1968 Recibe la estatuilla dorada de 'Mujer de las letras 1968".

1969 Reescribe totalmente La casa de los Felipes.

1971 Publica Por los caminos de la vieja joven Europa, cronicas de viaje ya aparecidas en La Nación..

1972 A la sombra del búho, novela. Figura en la antología Latin Amerika, compilada por Guanter Lorenz, en Alemania.

1977 El estigma del tiempo. Conferencias en universidades de España. Austria, Bélgica, Francia (en la Sorbona), Grecia, Italia ,Inglaterra. Alemania; en varias universidades de EE.UU., Canadá y América latina.

Es incluida en Anthologie zur Agora, en Viena.

1978 Cuentos suyos son incluidos en varias antologías de Alemania, Grecia, Italia, España y EE.UU.

1980 Conferencia en la Sorbona. Figura en la antología Detrás de la reja, de Celia Correa de Zapata y Lygia Johnson. El pesador del tiempo, libro de arte, bilingue, presentado en Buenos Aires y en París, en la UNESCO. Para La Nación escribe la sección "Fantasmas cotidianos".

1981 Homenaje con motivo de cumplirse 30 años de la publicación de su primer libro.

Mitos y realidades de Buenos Aires.

1982 Ursula y el ahorcado. En París se presenta L'ombre du hibou ou La recherche du heros, editado por Albin Michel. Recepción en el PEN Club de Francia y en la UNESCO. Audiciones en T.V., "France Culture" y otras. Recibe en la Embajada de Francia, en Buenos Aires, las Palmas Académicas de la República Francesa.

1983 En Francia es recibida en el Congreso de la Asociación de la Orden de las Palmas Académicas, en la ciudad de Angers. En París aparece su libro Deux morceaux de forme obscure, editado por Caractéres. En la revista del mismo nombre aparece uno de sus cuentos. En Suecia se publica Myten, con diez cuentos traducidos. Presentación de Ulla Britt Edberg en el Instituto de Cultura Sueca, de Estocolmo.

Figura en The Web, antología aparecida en los Estados Unidos, seleccionada por Ernest Lewald; y en Contemporary authors of Latin America, antología de Rolando Costa Picazo, aparecida en EE. UU.

1984 El último zelofonte, novela.

1988 - Falleció

(*) Publicada en Páginas de Luisa M. Levinson seleccionadas por la autora. Editorial Celtia



fotos y biografía:

página oficial de la escritora Luisa Mercedes Levinson
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