Vincent
Pese a los límites que
le impusieron,
después de tanta
imagen, tanto arcoiris,
algo de luz se
escaparía al fin
de las pupilas
permanentes, cóncavas,
de los pastores y
labriegos.
Ciento diez girasoles
orientaron sus voces
hacia el grito del sol
empapado en lágrimas
y ellos también
lloraron al pintor
mucho antes de
quedarse ciegos.
En las olas de savia
que trajeron los
vientos,
en sus mares azules y
naranjas
fluyeron apacibles,
transparentes,
latidos de pinceles,
de manos que danzaron
y olvidaron
su amanecer de paja en
los sombreros
y un nombre en el que
permanecen libres.
ESTEBAN CHARPENTIER.
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