nació Bartolomé Palermo
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Efemérides de TODOTANGO.
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Lunes, 4 de julio de 2011
PAGINA 12, ESPECTACULOS
Por Cristian Vitale
ENTREVISTA A BARTOLOME PALERMO
UNA LEYENDA DE LA GUITARRA TANGUERA
“El secreto está en la mano derecha”
“El tango me agarró en la adolescencia y se me metió para
siempre”, dice este señor de 74 años, referente clave para la generación
contemporánea de guitarristas aplicados al tango. “Ahora les doy clases de
tango a muchos pibes que vienen del rock”, señala.
“Todo es larguísimo de contar si empezamos por donde
empecé”, desliza Bartolomé Palermo. Y un flash en fuga hacia atrás lo recorre
como un film que empieza en blanco y negro, deviene sepia y llega en colores.
“Yo nací en el norte de Santa Fe ¿sabe?, pegado al Chaco. Nací en Villa
Guillermina y me pusieron así por el médico que atendió a mi madre y porque
nací el día de San Bartolomé”, relata, intentando calibrar a punto una memoria
que parece intacta. Don Bartolomé tiene 74 años y, apresurando una definición,
podría presentárselo –por si hace falta– como una de las glorias de la guitarra
aplicada al tango. Como un emisario que trae en su sino de años y rutas, el
latido de un tiempo que fue. Tenía 10 cuando empuñó por primera vez una viola,
y 17 cuando se mudó a Buenos Aires. 19, 21 o 22 cuando hizo las inferiores en
peñas y clubes de la agitada Reina del Plata de entonces, y 24 cuando Ariel
Ramírez, azorado por su versatilidad, lo convocó para ejecutar una versión
entera de La Misa Criolla. Pero fue a través de Alfredo Gobbi, ninguneado y
magistral por entonces, que ese apellido con olor fuerte a barrio porteño empezó
a circular en serio por las arterias centrales del 2 por 4. “Gobbi fue
fundamental en mi vida”, sentencia Palermo, cuya vigencia refrendará pasado
mañana en La Bohemia (Yerbal y Morelos), junto a su grupo Palermo 5.
–¿Gobbi fue más importante que Alberto Ortiz, el guitarrista
de Agustín Magaldi que lo llevó a conocer el circuito tanguero cuando usted
recién había llegado de Villa Guillermina?
–Los dos. Pero lo de Ortiz fue más efímero. Cuando me lo
presentaron, él ya había tocado con Magaldi y era director del conjunto estable
de La Querencia. Tocamos en el camarín después de una actuación de él, quedamos
amigos, pero la conexión fue de amistad: no me dio trabajos. Gobbi, a quien
llegué poco después, había terminado con su orquesta y estaba medio en
decadencia y con poca plata, entonces empezó a trabajar de noche con su piano,
porque él era un gran pianista, y yo lo acompañaba con mi guitarra.
–Pero Gobbi pasó a la historia como violinista, incluso le
decían “el violín romántico del tango”.
–Es cierto que en la historia figura como violinista, pero
fue un gran pianista. Incluso, yo lo conocí tocando ese instrumento. Fui al
club a acompañar a un cantante, y él se quedó asombrado conmigo, porque yo
metía muchas tonalidades. Iba todas las noches, lo esperaba y nos íbamos a
tomar un café o a comer de madrugada. Me interesaba ese personaje tan grande,
que no era muy reconocido en ese tiempo. No era tan famoso como D’Arienzo o
Troilo, digamos.
Es Gobbi, entonces, un personaje central para desandar esta
historia bañada de músicas y giros que aún tiene para decir. Porque fue vía
Gobbi que Palermo logró grabar su primer disco (todo instrumental), pudo pasar
del orgullo de ser autodidacta y orejero a la seguridad que da el estudio de la
escritura musical y la armonía; ponerse a punto, nada menos, para acompañar a
Edmundo Rivero durante todo 1975 en El Viejo Almacén o, más acá en el tiempo,
arreglar los 14 temas y dirigir la agrupación con que Nelly Omar grabó su disco
de 1997, a los 86 años. “Ojo, yo ya venía con un feeling porque Villa
Guillermina no era en los ’40 lo que fue después como pueblo del litoral. En mi
época casi no existía el chamamé. Había algunas pocas cosas que venían de
Paraguay, pero los compositores correntinos todavía no primaban. Cocomarola,
Montiel, todos esos muchachos estaban tocando pero no tenían la trascendencia
que tuvieron después. Lo que dominaba era el tango y a uno, más cuando sos un
pibe de 12 años, se le pega lo que suena”, dice.
Trazando una elipsis hasta el presente, Palermo es uno de
los guitarristas guía, un referente clave para la generación contemporánea de
guitarristas aplicados al tango. A través de sus diferentes formatos y
formaciones (Palermo Trío, solista, Palermo 5) ha ocupado la década pasada
mostrando sus tangos con ruido a púa por el país y por el mundo. “Es
impresionante. Cuando estuve en Holanda me aparecían guitarristas holandeses
muy jóvenes que tocaban tango. Tocamos en el teatro principal y, cuando fuimos
al hall, había al menos cien parejas bailando tango, y chicas argentinas que
hacían empanadas para vender y bancarse los estudios allá. Esa movida me hizo
acordar mucho a mis principios, porque yo, cuando llegué a Buenos Aires viví
una bohemia tremenda. Había mucho trabajo nocturno, y yo hacía dobletes en
boliches, boliches estables, salidas con cantores, en fin...”
–Terminaba destruido.
–Pero bien, porque era joven, estaba solo y podía estar en
la bohemia, en la pilcha, esas cosas. El tango había invadido el país
completamente en los ’40, como después lo hizo el rock. Se bailaba y se
respiraba tango en todas partes. En Guillermina, que no superaba los cinco mil
habitantes, había una orquesta con cuatro bandoneones, cuatro violines,
cantante y pianista... era completa. El tango me agarró en la adolescencia y se
me metió para siempre.
–Volvamos a la centralidad que tuvo Gobbi para su
trayectoria. Usted dijo que cuando lo conoció estaba en decadencia. ¿No
alcanzaba con que Piazzolla lo “legitimara” como referente principal del género
a través de aquella conmovedora pieza (“Retrato de Alfredo Gobbi”) que registró
en 1967 con el Quinteto?
–Tal vez sí, pero eso fue más bien después de su muerte. En
verdad, Piazzolla no le daba mucha bola. Eran amigos, se conocían, sí, pero no
estaban tanto en el bar. Astor no tenía mucho tiempo, estaba en plena lucha.
–¿Y usted cómo miraba esa lucha de Astor?, ¿en qué “bando”
se ubicaba?
–Yo soy un admirador de Astor Piazzolla, me parece que soy
el más fanático.
–¿Lo era en ese momento o lo asumió después?
–No, desde ese momento. Yo tengo dos ídolos grandes: Astor y
Frank Sinatra. Son mis ídolos máximos. Ahora, lo que nunca hice fue tocar
Piazzolla.
–¿Por respeto?, ¿porque es difícil?
–Por respeto, porque es un estilo tan completo que no podés
sacarle nada. Hay que hacer lo que él hizo, no podés pasarte. Es como la
grabación de Troilo-Grela, un disco que es como un cuadro intocable: todo lo
que puedan hacer un bandoneón y una guitarra juntos ya está hecho. Piazzolla es
lo mismo.. Es como Gardel, o como Rivero ¿no?
–Rivero tendría hoy 100 años. ¿Recuerda cómo empezó a
trabajar con él?
–Estaba trabajando en el boliche de Tania y Discépolo,
Cambalache, todas las noches, y cerrábamos el show acompañando a Tania. Yo
tocaba la guitarra eléctrica...
–¿Como Malvicino y López Ruiz?
–No, en realidad no era eléctrica; era una criolla con
pastilla y se enchufaba a un equipo. Por esos días, entonces, yo había grabado
un disco con el hijo de Rivero, con el Muni, en el que también había
participado José Colángelo con el cuarteto. El Muni se lo hizo escuchar al
padre y Edmundo dijo “qué bueno está esto”. Muni lo cuenta siempre como
anécdota porque pensó que el elogio iba para él, cuando en realidad el elogio
de Edmundo era para las guitarras (risas). Edmundo era un fanático de las
guitarras. Igual, Muni fue el que me presentó al padre, justo en el momento en
que se le habían ido todos los guitarristas de El Viejo Almacén por un juicio
laboral. Entonces, yo llevé al trío y, como con el trío conocíamos todo su
repertorio, “Sur”, “Malón de ausencia”, “Trenza”, en fin, quedé como
guitarrista. Incluso grabé en el disco que Rivero hizo sobre el lunfardo,
porque yo creo que Edmundo y De La Púa son los padres del lunfardo, aunque
Edmundo fue quien lo proyectó, lo cantó, lo estilizó y le hizo la música.
–Generó y desarrolló un estilo.
–Y hoy los chicos están locos con eso. Los pibes de 34
Puñaladas son amigos míos. La verdad es que me llevo muy bien con las nuevas
generaciones y les doy clases de tango a muchos pibes que vienen del rock...
ellos hacen las tonalidades como tiene que ser, usan bien la mano izquierda,
pero el problema lo tienen en la derecha, en el rasgueo. Y yo les digo que el
gran secreto está en la mano derecha, porque es la que tiene que dar con la
síncopa y el swing del género, es una cuestión de práctica y costumbre. Hay que
usar la yema y no la uña del pulgar para darle el color del género. Ese es el
secreto.
Palermo está jubilado pero aún da clases en su casa. Ya no
trabaja de noche, ni toca con púa porque perdió fuerza en las manos, pero
señala que los dedos “andan muy bien”. Agradece a EPSA haber recuperado los 31
temas que registró en su tercer disco editado en 1971 (De aquí y de ahora) y
allí anida el material que muestra en público cada vez que puede. “Fue ese
trabajo, editado aquella vez en vinilo y ahora en CD, el que me permitió poder
girar con mi grupo por Europa y el que me permite seguir trabajando hoy.
Todavía estoy tocando las versiones del ‘68, y hay trabajo porque el
guitarrista que sabe cómo acompañar a un cantante (Palermo ha acompañado a
Floreal Ruiz, Alberto Podestá, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Héctor
Pacheco, Jairo y Oscar Ferrari) siempre tiene trabajo. Incluso entre los ’70 y
los ’80, cuando no había nada y habían desaparecido las orquestas, yo pude
arreglármelas bien”, evoca.
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Lunes, 4 de julio de 2011
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